Cabo Norte

Mi mundo no es de este reino.

1998. Seres para la muerte

Omagh

En el coche de la foto hay una bomba.

La mañana del 15 de agosto de 1998, el IRA Auténtico, una escisión desgajada del Ejército Republicano Irlandés en protesta por el final de la actividad armada de la organización pactado aquel mismo año, dio mal el aviso de que una bomba estaba a punto de estallar a aproximadamente doscientos metros del palacio de justicia de Omagh, una de las capitales católicas de Irlanda del Norte. El mayor atentado de la historia del conflicto norirlandés lo fue porque, al final, la bomba explotó no a doscientos, sino a trescientos metros. Las labores de evacuación, efectuadas con arreglo a la distancia advertida por los terroristas, acercaron en vez de alejar a los viandantes del Vauxhall Cavalier C en cuyo interior tictaqueaba la muerte. Las calles de Omagh, por lo demás, eran a las dos de la tarde de un hermoso día de verano un hervidero de gente que hacía sus compras en una calle significativamente llamada Market Street. Conscientemente o no, el IRA Auténtico se presentó al mundo perpetrándose a sí mismo la carnicería perfecta; la matanza dantescamente indiscriminada que impediría para siempre a los defensores del asunto alegar una política de objetivos concretos y calculados y opositar al título de combatientes por una causa en vez de al de psicópatas sin medida ni disculpa. En el atentado murieron irlandeses y turistas; adultos, ancianos, niños y bebés; católicos, protestantes y un mormón, e incluso una mujer embarazada de gemelos.

Existen familias tocadas por una particular forma de desgracia pertinaz y monotemática. Al padre de Fernando Blasco Baselga un atentado de ETA estuvo a punto de costarle la vida en 1992. Seis años después, al pequeño Fernando, de doce años, un curso estival de inglés en el lugar más inapropiado le costó la suya: Fernando fue una de las veintinueve víctimas mortales del atentado de Omagh. Con otra española, Rocío Abad, quedó cubierta la pequeña cuota de heroísmo cinematográfico que es de rigor encontrarse entre los escombros de todas las catástrofes: Rocío, estudiante de intercambio de veintitrés años, murió tratando de proteger a los niños españoles e irlandeses, el propio Fernando entre ellos, cuyo cuidado se le había encomendado. La cuota de tragedia personal evitable, que también existe, la cumplió Brenda Logue, una chica de diecisiete años que murió cuando salió de la tienda de su familia al ver a la gente correr, y que se hubiera salvado si hubiera permanecido, como sus padres, dentro del local.

En el Vauxhall Cavalier C de la foto, robado en la República de Irlanda y rematriculado con placas norirlandesas para no levantar sospechas, hay una bomba. El hombre de la foto y su hija están fotografiándose a apenas unos centímetros de una bomba de 230 kilos, a la que faltan poco más de sesenta segundos para estallar. El dato otorga a la fotografía una pátina siniestra. Las alrededor de veinte personas que quedan encerradas en el fatal encuadre adquieren la cualidad de fantasmas andantes, de muertos vivientes, de dead men walking; la misma versión extrema de la condición heideggeriana de «seres para la muerte» que un hombre a quien sabemos aquejado de un cáncer terminal pero cuyo aspecto externo no delata en absoluto el mal y en quien éste es tan sibilino que no le impide pasear por la calle y tomarse un café con los amigos, solo que llevada aún más allá, a la delirante concreción de un temporizador. La muerte como sorpresa, las antípodas de la vieja cama y el confesor y los familiares alrededor del lecho y las últimas palabras solemnes y largamente meditadas. El tempus fugit y el carpe diem concentrados, como toda la materia del Universo en la canica primigenia del Big Bang, en el ingestionable lapso de un segundo.

Pero lo más turbador es el coche, el Vauxhall en cuya extraña soledad, en cuyo extraño mal aparcamiento en la calle más concurrida de la ciudad nadie parece reparar, y que parece haber atraído hacia sí, como un imán, a todas las sombras de la imagen, que no existen en otro lugar que en los bajos del vehículo y que velan éstos como un pasamontañas. Y los ojos. Los faros delanteros, que por un lado son neutros, planos, como de limpio y discreto asesino a sueldo, pero en los que por otra parte quiere atisbarse un vago brillo de locura. Parece como si el faro derecho, más oscuro que el izquierdo, fuese el ojo más cerrado que el otro del clásico estereotipo del demente con tics nerviosos. Los dos asientos delanteros, erguido el del piloto y abatido el del copiloto, refuerzan esta idea de desequilibrio; y las líneas de la rejilla delantera, con sus extremos muy levemente curvados hacia arriba, remedan una disimulada sonrisilla malévola.

Un coche cualquiera, al que nadie más que su dueño habría dedicado jamás un solo segundo de contemplación si Omagh no hubiese a su vez dejado de ser un pueblo cualquiera. Cuántos seres humanos no nos rodearán que, como él, anodinos en apariencia esconden en el humus de sus entrañas la semilla del mal, tal vez ya el brote a una micra de milímetro de asomar la cabeza, y nadie se dé cuenta.

«Era un coche muy normal. Siempre saludaba.»

Cuando preguntaron a John Hume, líder de la vertiente moderada del nacionalismo irlandés en el Ulster y premio Nobel de la paz, qué opinaba de lo sucedido, Hume respondió llamando a los terroristas «undiluted fascists», que en inglés quiere decir algo así como puros fascistas, pero cuya traducción literal es «fascistas sin diluir». Es una buena comparación, pero aterra pensar que el mundo pueda ser una especie de frasco de agua de mar en cuyo interior floten, diluidas, invisibles, minúsculas partículas de sal fascista, a las que un sencillo proceso de decantación —la aplicación progresiva del calor de una crisis, por ejemplo— baste para ir reconvirtiendo en una presencia cada vez más real. Que pueda llegar el momento en que el intruso, la sustancia extraña, lo undiluted, sea el agua y no la sal. Quizás, después de todo, debamos preferir los fascistas undiluted que los fascistas diluidos, por aquello de poder monitorizarlos mejor.

El hombre de la foto y su hija eran turistas españoles y sobrevivieron al atentado, invalidando la superstición de que el color amarillo trae mala suerte.

1923. La última rosa de ayer

Modotti

Una de las técnicas más comunes de la prospección arqueológica —el conjunto de métodos de detección que permite detectar yacimientos subterráneos sin necesidad de excavar— es la fotografía aérea. Diferentes evidencias permiten, a partir de tales fotografías, adivinar los tesoros contenidos en las entrañas profundas de la tierra. Una de ellas es la altura de la vegetación: ésta crece más allí donde sus raíces no encuentran obstáculos para hundir sus dedos en la tierra; cuando sí los hay —por ejemplo, los muros de una ciudad enterrada—, las raíces no crecen, y en consecuencia tampoco lo hacen los tallos a los que alimentan. Este crecimiento diferencial permite que, a determinadas horas del día y bajo determinadas condiciones de luz, los juegos de sombras capturados revelen, en ocasiones con asombrosa exactitud, no sólo el punto donde se encuentra, sino el plano exacto de la Pompeya subterránea sobrevolada por el fotógrafo.

Tina Modotti era estéril. En 1923, cuando Edward Weston inmortalizó la celestial desnudez de sus veintisiete años tendida como un arcángel durmiente en el suelo de la azotea de un hotel de México DF, aún no lo sabía. La fotografía aérea tampoco existía o existía muy embrionariamente a tales alturas del siglo corriente: el gran espaldarazo lo recibiría, como casi todo, después de la segunda guerra mundial, reconvertida a la vida civil después de años de estricto uso militar. En 1923 era, pues, imposible que alguien apuntase, tal vez con mal gusto, que la evidencia de la esterilidad de Tina estaba ahí, silenciosamente reflejada en las anfractuosidades de su subyugante orografía femenina. La superficie terrestre de Tina Modotti es más feraz justo allí donde el interior que oculta lo es menos: en el pubis, un pubis rotundo y opulento, coquetamente selvático, perfecto en su turbadora manera de circunscribir su arborescencia a los límites de su minúscula parcela y de no desparramarla por las inmediaciones. Salvaje y domesticado al mismo tiempo, como nacido de un pacto de no agresión entre el reino de lo hirsuto y el dominio de lo terso.

Y sí, el horror vacui controlado marca el epicentro del vacío sin riendas, como una equis roja en un mapa al revés, que en vez de señalar el lugar del tesoro delatase el único punto de toda la isla en el que no hay un tesoro escondido.

En 1998, el ayuntamiento socialista de Gijón decidió homenajear a Tina Modotti bautizando con su nombre una de las calles nuevas del extrarradio de la ciudad. Las características de dicha calle harían las delicias de un cabalista. Está en La Calzada, en irónico contraste con los pies descalzos de la infancia proletaria de Tina. Es una típica calle de barrio obrero, flanqueada de fábricas y grandes camiones polvorientos, y Tina, una vez abandonó una rutilante carrera como actriz en el Hollywood mudo, consagró su vida y su salud, ya como fotógrafa, ya como espía, ya como brigadista internacional, ya como miembro del Socorro Rojo Internacional, a la causa obrera. Su código postal, 33211, desglosado en un número 33, un número 2 y un número 11, suma el número 46, que son los agostos italianos que Tina Modotti iba a cumplir el año del frío enero mexicano en el que falleció, fulminada por un más que sospechoso ataque al corazón. Está al lado de una estación de tren, y el tren es símbolo universal del movimiento, por lo menos desde aquel cuadro de Turner, y las estaciones de tren fueron símbolo universal de las despedidas por lo menos hasta que Michael Curtiz rodó Casablanca, y la vida de Tina Modotti es de alguna manera una cadena de viajes y despedidas, una suerte de tren embalado tras cuyos ventanales fueran estirándose, casi sin poder leerlos, carteles que dijeran Hollywood, México, Berlín, Moscú, Gijón revolucionario y agujereado por las bombas del fascismo.

La calle Tina Modotti de Gijón discurre entre la calle Paulina Canga y la calle Aida de la Fuente, y esto también es significativo: Paulina Canga fue una pianista española liberal exiliada en el Reino Unido a principios del siglo XIX; Aida de la Fuente, una joven dinamitera fusilada a los dieciséis años durante los combates del Octubre asturiano de 1934. De ella cuenta la canción más hermosa escrita en lengua asturiana que, cuando la atraparon, y sus captores le preguntaron «¿Tu como te llames, guaja?», ella respondió sin pestañear: «¡Comunista Llibertaria!»

Arte, exilio, revolución y muerte. La intersección exacta entre cada uno de esos cometas es Tina Modotti.

Y qué foto, pardiez. Qué figura acuosa u oleosa más que sinuosa, qué equilibrio más funambulístico entre la fragilidad de la princesa del cuento del guisante bajo las mantas y la cierta dosis de tosca pero hermosa reciedumbre campesina —la nariz, los labios—, entre una figura de porcelana china y el arrapiezo de las calles de Udine que fue. Qué como cola de sirena forman las piernas cruzadas, qué como punta de pluma estilográfica remedan unidas al antedicho pubis. Tina fue libre como una sirena y prisionera como la tinta en un pergamino.

Una de las fotografías más conocidas realizadas por Tina Modotti antes de tomar la nunca bien explicada decisión de abandonar para siempre la fotografía muestra una hoz y un martillo —una hoz y un martillo auténticos, mellados por el uso— apoyados en las alas un ancho sombrero mexicano. Pero todo eso ya estaba ahí, también: la sinuosa pero afilada sombra que proyectan la axila y el pecho derecho de Tina es la hoz; la sombra más delicada y pequeña guarecida en ese otro epicentro del deseo carnal que es el espacio entre el cuello estirado y la clavícula izquierda es el martillo. También el contenido del corazón de Tina podía prospectarse.

Respecto al sombrero, es ella, toda ella. Qué otra función que cobijar de las inclemencias tiene un sombrero y qué mejor lugar en el que cobijarse de no importa qué inclemencia que un cuerpo tan condenada, tan dolorosamente hermoso.

Parece dormir. Tal vez esté durmiendo. Neruda lo niega:

Tina Modotti, hermana, no duermes, no, no duermes; / tal vez tu corazón oye crecer la rosa / de ayer, la última rosa de ayer, la nueva rosa.

1959. El cuchillo y la mercromina

Castro y Nixon

No es, ni mucho menos, la fotografía más conocida de Fidel Castro; a esa altura del pódium aspiran otras: la de Fidel levantando el fusil en el centro de una cohorte de eufóricos jóvenes barbudos; la de Fidel, tocado con una pulcra gorra militar, elevando la vista al cielo con aire de capitán en la proa de su barco; y la de Fidel riendo, cabizbajo, en compañía de un desaliñado Che, componen, seguramente, la terna de candidatas. Pero es la mejor. Fue tomada en abril de 1959. En la monumental Cuba. La lucha por la libertad de Hugh Thomas aparece acompañada del siguiente pie de foto: «Castro se despide del presidente Nixon en Washington».

Su composición, vertical, es sencilla: Fidel en el lado izquierdo, Nixon en el derecho, ambos de perfil, sus manos derechas entrelazadas en el centro; tras éstas, llenando el espacio entre el presidente cubano y el estadounidense, un tipo en traje de gala mirando a Nixon con una sonrisa burlona. Lo complejo de explicar en pocas palabras, porque en ellas debe caber nada menos que un siglo o dos y un tercio de la tierra emergida, son los rictus de ambos mandatarios: el de Fidel es serio, penetrante, dominado por dos ojos paradójicamente gélidos a la vez que repletos de fuego, de magma volcánico, y se parece bastante al que esbozaría uno de esos típicos macarras con pitbull una fracción de segundo antes de atizarle un cabezazo en los morros a otro macarra con pitbull. Respecto al de Nixon, lo característico en él no son los ojos, que han sido retratados cerrados, sino la boca, la sonrisa: una sonrisa leve, levísima, subatómica, infinitesimal; una sonrisa no formada por la contracción de un músculo sino por la de un píxel de músculo. Una sonrisa unicelular. Ladina, desconfiada, con un punto de maliciosidad; el grado inmediatamente superior al cero absoluto en la escala de temperatura de la cortesía realpolitik.

Los dos hombres son, en realidad, todos ellos sus mutuos reversos. Un espejo invisible parece interponerse entre ambos; cada una de las facciones y elementos que componen las dos figuras encuentran su estricto opuesto al otro cabo del mismo meridiano. Barba desgalichada y cabello rizoso desordenado a babor; el más escrupuloso barbilampiñismo y el más gentlemaniano uso de la gomina a estribor. Camisa y pantalones militares, probablemente verde oliva, Fidel; discretos traje y corbata Richard Nixon. Arrugada la ropa del primero, lisa y planchadita la ropa del segundo. La ropa, la tez curtida en los combates de Sierra Maestra y el pelo confieren al retrato de Fidel Castro una tonalidad general más oscura que al de Nixon, resplandeciente en la suma de su rostro WASP con su traje color claro.

Un par de notas biográficas permiten rizar el rizo de la reversibilidad: la procedencia de Nixon es humilde, un matrimonio de agricultores cuáqueros de Ohio emigrados a California; la procedencia de Fidel Castro es sin embargo acomodada, un terrateniente de origen gallego. La dirección de sus trayectorias vitales es por lo tanto opuesta. Nixon irá primero de abajo arriba y después de arriba abajo: será catapultado desde los maizales de Yorba Linda hasta los cojines del Despacho Oval, y de allí descenderá más tarde a los infiernos de la ignominia pública cuando deba dimitir después del Watergate. Fidel, al revés: de arriba abajo primero y de abajo arriba después. De los cojines de la mecedora del porche de la casa colonial de un sacarócrata a los espesos manglares de la Cuba profunda para liderar el incierto combate de un puñado de guerrilleros contra una dictadura con sólidos apoyos internacionales; y de ahí nuevamente hacia arriba hasta convertirse en uno de los personajes capitales de un siglo repleto de ellos.

De alguna manera, Fidel Castro y Richard Nixon se encuentran y se dan la mano en la misma exacta altura de sus respectivas líneas ascendentes. Ambos descansan a la mitad de las laderas de sus respectivas montañas biográficas. Fidel, es cierto, ya ha salido, triunfante, de la selva, pero su posición en el momento de la imagen dista de ser estable: el edificio de la revolución cubana, a cuya cúspide se encarama Fidel, es, cuatro meses después de la irrupción de los barbudos en La Habana, un precario esqueleto mecido por el viento, a escasos cien kilómetros del ventilador de dimensiones continentales que lo aviva con creciente furia. Nadie apostaría entonces que el edificio se sostendría en pie por lo menos medio siglo. Nixon, por su parte, aún no es presidente; no lo será hasta 1969. De momento es sólo vice de Eisenhower.

Un explutócrata entronizado por el pueblo, y un antiguo hombre del pueblo entronizado por la plutocracia. Un dictador democrático y un demócrata dictador. Un hombre del que un enemigo dijo: «Más allá de las diferencias ideológicas, y nunca lo hemos negado, Fidel es uno de los muchos símbolos de este mundo hispánico que tantas veces fue glorioso, estuvo dividido, fue despreciado injustamente y es un símbolo de independencia». Y un hombre del que un amigo dijo: «Nixon es un bastardo embustero bueno para nada, capaz de mentir por los dos lados de la boca al mismo tiempo, y si alguna vez se pillara a sí mismo diciendo la verdad, volvería a mentir aunque sólo fuese para no perder comba».

Y entre ellos, las dos manos. Un vistazo atento revela que no se trata de un apretón canónico: la mano de Nixon aferra el puño de Castro como el papel a la piedra en el famoso juego; parece tenerlo bien agarrado. Un vistazo aún más atento revela que no es así: la mano de Nixon está relajada; el puño del Comandante, empero, se muestra crispado, los huesos metacarpianos marcados en el dorso con viveza.

Con los ojos cerrados, Nixon no percibe la inminencia potencial del cabezazo, ni la del puño cerrado al que un leve impulso en línea recta bastaría para convertir en un certero cañonazo al bajo vientre vicepresidencial.

Y tras ellos, ese hombre que se ríe, no se sabe si yanqui o si cubano, ese misterio riente, esa sonrisa etrusca, ilustre antecedente de aquel tipo de bigotes brotado como una cara de Bélmez justo detrás de Mourinho y Vilanova en la foto del famoso incidente del dedo en el ojo. ¿De qué se ríe, pues? Faltan aún doce años para que Eduardo Galeano publique Las venas abiertas de América Latina, por lo que es imposible que esté riéndose de la feliz ocurrencia de estar contemplando al cuchillo y a la mercromina apretarse las manos.

La vendetta de Thatcher

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{Versión larga de una reseña que será publicada en El Cuaderno n.º 45}

En algún momento a finales de los años noventa, a Margaret Thatcher, ya exprimera ministra del Reino Unido, le preguntaron cuál consideraba que había sido el logro más importante de su largo mandato. Iron Maiden respondió sin pestañear: «Tony Blair

Varios años antes, a otro primer ministro conservador británico, Harold Macmillan, le habían hecho la pregunta de si realmente existía la lucha de clases. Su respuesta fue muy parecida a la que en parecidas circunstancias pronunció el multimillonario estadounidense Warren Buffett: «Sí, por supuesto que hay lucha de clases, pero, es mi clase, los ricos, la que hace la guerra, y la estamos ganando».

Si quien esto escribe hubiera de redactar una sinopsis de Chavs. La demonización de la clase obrera de no más de cien palabras, los dos párrafos anteriores serían probablemente la más adecuada. Las apreturas de espacio no son, afortunadamente, tantas; es posible meterse más en profundidad en harina y explicar, por ejemplo, que la palabra chav, que en el argot inglés hace referencia a un joven de barriada pobre típicamente vago, conflictivo y ataviado con chándales chillones y joyas doradas, no procede de la sigla Council Housed And Violent («inquilino de piso de protección oficial y violento»), sino que tiene la misma etimología romaní responsable de nuestro «chaval»; y que Owen Jones, el jovencísimo periodista —veintiocho años— autor de este ensayo se ha propuesto demostrar con una catarata de pruebas que tal figura no es más que un estereotipo falaz sin demasiada relación con la realidad, diseñado por los capitostes del elitista sistema británico y aventado por las hojas parroquiales conservadoras y el silencio cómplice de las laboristas a fin de convertir a la clase trabajadora en motivo de escarnio y vergüenza y justificar las amputaciones al Estado del bienestar más salvajes del último siglo.

A Jones, sus críticos conservadores lo han acusado de sufrir una obsesión malsana por la figura de Margaret Thatcher. Le han llamado osoleto y trasnochao, que son dos adjetivos que en este país también nos cuelgan a muchos del cuello los gurús del escondimiento del pasado tras las mamparas de la modernidad tecnológica. Jones se defiende explicando una evidencia: la historia reciente de Gran Bretaña propende hacia Thatcher como limaduras hacia un imán. A ningún ensayo sobre la Gran Bretaña moderna puede faltarle un capítulo sobre la década larga de gobierno de Maggie.

El relato de Jones es desoladoramente extrapolable. A Margaret Thatcher, explica Jones, los mineros trataron de tumbarla al poco de comenzar su gobierno con una larga huelga. Thatcher soportó estoica el embate y derrotó a los sindicatos, que, desanimados y abandonados por una izquierda desnortada y dividida, ya no pudieron oponer en lo sucesivo resistencia alguna a los ataques del neoliberalismo. Libre de ataduras, Thatcher, aun poseedora de una exigua mayoría en comparación con las rutilantes victorias conservadoras de otros tiempos, tuvo vía libre para poner en práctica un calculadísimo programa. Cerró minas e industrias en torno a las cuales se arracimaban comunidades proletarias que, perdido el Sol en torno al cual giraban y no siendo sustituido éste por nuevos centros proporcionadores de puestos de trabajo, fueron ahogadas por un tsunami de paro que a su vez arrastró consigo a los jinetes del alcoholismo, la drogadicción y la delincuencia. Promulgó las leyes antisindicales más duras de Occidente, llegando hasta el extremo de prohibir las huelgas de solidaridad. Se propuso desarbolar aún más la identidad de clase de la working class lanzando una ambiciosa campaña de créditos fáciles a fin de que los trabajadores se convirtiesen en endeudados pero infulosos propietarios de los pisos de protección en los que vivían. Comenzó a convertir, a través de los mass media, los restos pobres que quedaban del viejo proletariado en el conjunto de parodias televisivas, reportajes distorsionados y chistes de mal gusto que conforman la figura chav. Obligó a los aturrullados laboristas a pasar por el aro de la dialéctica mentecata de los emprendedores hechos a sí mismos en la tierra de las oportunidades y devolvió a sus enemigos el golpe recibido en los cincuenta, cuando fueron los laboristas quienes obligaron a los conservadores a asumir los códigos de la socialdemocracia triunfante. Institucionalizó la idea de que quien no encuentra trabajo o lo encuentra mal pagado y explotador tiene, por vago y por parásito, lo que se merece.

Veinte años después, cuando un miembro del parlamento propone que se esterilice a las madres solteras con más de cinco hijos que perciban prestaciones del Estado del bienestar, nadie o casi nadie se escandaliza. Nadie, tampoco, replica al eugeneta restregándole en el rostro la estadística que demuestra que el fraude fiscal emprendido por los trajeados responsables de la crisis económica supone al fisco británico pérdidas billonarias setenta veces mayores que el fraude al Estado del bienestar realizado por los denostados proletarios de hoy que sostienen, ahogados por sueldos de miseria y jornadas draconianas, como necesarios limpiadores, camareros y cajeros de supermercado el mundo hostil que los desprecia.

Imposible no acabar el libro con dos certezas flotando en el líquido cefalorraquídeo. Uno: si Marx y Engels vivieran hoy, escribirían sobre trabajadores de las grandes compañías telefónicas hacinados en enormes salas mal ventiladas con cascos que hacen imposible la interacción y normas que les privan de descansos siquiera para ir al baño; sobre proletarios del sector servicios cuyo diseminamiento en pequeños centros de trabajo desperdigados impide la unión sindical que en la industria hacía la fuerza. Dos: si Margaret Thatcher fuera española y periodista, dirigiría La Razón y diseñaría sus portadas.

Las cuatro tragedias de Vasili Grossman

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{Publicado en NEVILLE, 04/IV/2013}

Vasili Grossman nunca se perdonó no haber hecho lo suficiente por salvar a su madre. Cuando Grossman murió, sus allegados encontraron dos cartas entre sus papeles personales. Ambas comenzaban de la misma manera: «Querida mamá». Sin embargo, estaban fechadas en 1950 y 1961: Grossman había escrito aquellas misivas nueve y veinte años después de la matanza de Berdíchev, en la cual los nazis habían asesinado a Ekaterina Grossman junto con otros treinta y cinco mil judíos de la ciudad.

Algunos de los pasajes de estas dos cartas privadas —incluidas por Galaxia Gutenberg en un librito titulado Sobre «Vida y destino» publicado en 2008— hacen buena la aseveración de José María Pemán de que todos somos niños cuando se nos muere la madre: a sus 45 y 56 años, Grossman muestra hacia la suya una ternura infantil sobrecogedora, escribiéndole líneas como ésta: «Durante toda la vida he creído que todo lo que había de bueno en mí, todo lo honesto, todo lo bondadoso, mi amor por los otros, todo venía de ti. Todo lo que hay de malo en mí no viene de ti. Pero tú, mamá, me amas, a pesar de todo lo malo que tengo. Tu amor está conmigo, y el mío estará contigo por toda la eternidad».

La primera tragedia de Grossman fue la que nadie ha sabido reflejar mejor que Art Spiegelman en Maus. En aquella aclamada novela gráfica sobre el Holocausto, Spiegelman tuvo la original idea de representar a sus personajes al modo de dioses egipcios, con cuerpos antropomórficos pero cabezas animales. Cada personaje de Maus es dibujado con una cabeza de animal diferente dependiente del grupo étnico o nacional al que pertenece: todos los nazis tienen cabeza de gato y todos los judíos tienen cabeza de ratón, del mismo modo que todos los suecos tienen cabeza de ciervo o todos los rusos cabeza de oso. El propósito de Spiegelman era expresar, de la manera más vistosa y descarnada, la terrible despersonalización, y la terrible imposibilidad de escapar a las etiquetas raciales, que caracterizó a la era del nacionalsocialismo. En algunas partes de su obra, también Grossman dará fe de los padecimientos de ciudadanos alemanes defenestrados por el régimen de Hitler tras descubrírseles la mácula de un abuelo judío. Como ellos, y como los ratones de Maus, Grossman no pudo escapar en vida al estigma del judaísmo, a pesar de que había nacido en una familia asimilada que había abandonado por completo las prácticas religiosas y el uso de la lengua yidis. Cuando tenga noticia del martirio de su madre, Grossman no podrá evitar que lo asalte el pensamiento de que él podría, o incluso debería, haber sido uno de aquellos treinta y cinco mil judíos de su Berdíchev natal. Pero antes de eso ya habrá entrado, como corresponsal de guerra junto al Ejército Rojo, en el Treblinka recién liberado, y habrá enmudecido a la vista de los barracones y las cámaras de gas a los que más tarde llevará a varios de sus personajes, y se habrá convertido en uno de los primeros denunciadores del Holocausto judío porque habrá escrito El infierno de Treblinka, que será utilizado como prueba durante los juicios de Núremberg. Y aun antes de eso, su peregrinaje por los frentes de la Gran Guerra Patriótica lo habrá hecho tropezarse con las montañas de cadáveres de los guetos, los pogromos y el colaboracionismo, y Grossman ya habrá sido sacudido por el pensamiento de que él podría haber sido uno de esos esqueletos. Los tiempos que corren obligan a Grossman a enfrentarse a la realidad de su judeidad, adormecida por el bálsamo del internacionalismo obrero, y a cargar con el peso de dos banderas: la deseada, con la hoz y el martillo, y la inevitable, con la estrella de David. Le obligan a decirle que sí a Ilya Ehrenburg y al Comité Judío Antifascista y a participar en la recopilación y redacción de las truculencias judeófobas de El libro negro.

La segunda tragedia de Grossman fue que, pronto, también la bandera deseada dejaría de serlo. Las páginas de Vida y destino, pero también ya, de manera tímida, las de Por una causa justa, atestiguan igualmente la existencia de viejos bolcheviques caídos en desgracia por el pecado de un abuelo terrateniente o un bisabuelo aristócrata. Grossman, estrella rutilante de las letras soviéticas, miembro de la Unión de Escritores Soviéticos nominado varias veces al premio Stalin, reputadísimo cronista del órgano oficial del Ejército Rojo, Héroe de la Unión Soviética, miembro de la Orden de la Estrella Roja y de la Orden de la Bandera Roja, también acabará viéndose abocado a cargar con el estandarte de la disidencia cuando haga la amarga constatación de que los dos grandes totalitarismos del siglo XX son una corbata reversible, y vierta tal constatación de manera magistral a las páginas de Vida y destino a través de la conversación entre el nazi Liss y el bolchevique Mostovskói que es el corazón de la novela.Grossman, como Koestler y a diferencia de Solzhenitsyn, no nace disidente. De alguna manera nunca llega a serlo del todo: Grossman, como el propio Koestler o como Orwell, forma parte de esa clase especial de disidentes que diside del Terror, pero no del marxismo ni de la idea de revolución proletaria. Y en cualquier caso, Grossman, a diferencia de Koestler, no sale del armario de la disidencia de manera brusca y decidida, sino que remolonea y dubita en el interior del mueble. Entreabre la puerta, ve de refilón los cuerpos esqueléticos de las víctimas del genocidio ucraniano de 1932, una bocanada de aire gélido invade el armario, y vuelve a cerrarlo. Le muerde la curiosidad, vuelve a entreabrir la puerta en 1937, esculca discretamente el exterior, huele los cadáveres de amigos y conocidos devorados por las purgas estalinianas, siente una vez más el puñetazo del frío, y vuelve a cerrar. Por un lado, Grossman es un estómago agradecido, que no olvida que debe al Estado revolucionario el aupamiento desde las profundidades de las minas de la cuenca del Donbás, donde fungía como ingeniero químico, a las alturas del Parnaso literario soviético. Por el otro, Grossman quiere salir del armario, o más bien sabe, porque ha leído a Chéjov, que debe salir de él, pero está cómodo en el calor del interior del mueble, cobijado por la toga de ilustre propagandista. Ni siquiera se decide a salir después de la guerra, cuando Stalin arroja a los supervivientes del nazismo a las simas del Gulag acusándolos de traidores a la patria y arruina con ello el espejismo de la redención del sistema soviético en las trincheras de Stalingrado. Tampoco sale Grossman cuando el Vozhd imprime un volantazo antisemita al timón del Kremlin orquestando la farsa del complot de las batas blancas. La tercera tragedia de Grossman, y la mayor de todas, fue la cobardía. Una cobardía parcial, cierto es: no hay que olvidar que hablamos de un corresponsal de guerra que vive cuatro años de su vida tentando a la muerte en Kiev, en Kursk, en Moscú, en Stalingrado y en Berlín; y una cobardía comprensible en el contexto del Gran Terror, por supuesto, pero una cobardía no por ello menos causante de dolorosas llagas en la piel de la conciencia. Grossman no sólo permanece dentro del armario, sino que se aferra a él cuando tiene que hacerlo: firma, como su alter ego Viktor Shtrum en Vida y destino, un manifiesto conjunto reclamando la pena de muerte para Kámenev, Bujarin y Zinóviev; y se abstiene de mover hilos para tratar de conmutársela a su propio tío y a dos amigos escritores después de haberse arriesgado excesivamente moviéndolos a favor de su propia esposa, salpicada por el fusilamiento de su primer marido.

A diferencia de la Unión Soviética, Grossman sí logrará redimirse. Escribirá Vida y destino y Todo fluye, y clavará en esas dos cumbres literarias del siglo XX todos los demonios que le corroen —la Gran Hambruna Ucraniana, la Gran Purga Estaliniana, la Gran Cobardía Grossmaniana—, pero sólo osará hacerlo cuando el Ojo que Todo lo Ve se cierre. Y sin embargo, al hacerlo se dará de bruces con su cuarta tragedia.

La cuarta tragedia de Vasili Semiónovich Grossman fue la ingenuidad, si bien cabe decir en su descargo que su candidez fue la candidez del mundo entero. Grossman, como el mundo, se deja ilusionar en demasía por el Deshielo desestalinizador de Nikita Jruschov, y envía el manuscrito de Vida y destino a una conocida revista, Znamia, para que ésta lo publique. Sobre lo que sucede después, además del registro del apartamento de Grossman por el KGB y el secuestro de los originales, de los borradores e incluso de las cintas de máquina de escribir utilizadas, el mejor documento es una transcripción hecha por el propio Grossman de una entrevista mantenida con Mijaíl Suslov, concertada en respuesta a una carta de Grossman a Nikita Kruschov en la que reclamaba a éste libertad para su libro. Merece la pena leer un generoso extracto, algunos de cuyos momentos recuerdan al rotundo «Verdad es lo que es útil; mentira, lo que es nocivo» de El cero y el infinito de Koestler:

«En su carta solicita que se publique su novela, Vida y destino. Eso es imposible. Usted dice que su libro está escrito con sinceridad, pero la sinceridad no es el único requisito para la creación de una obra literaria en nuestros días. Su novela es hostil al pueblo soviético; su publicación perjudicaría no sólo a nuestro pueblo y al Estado soviético, sino a todos los que luchan por el comunismo fuera de la Unión Soviética. La novela beneficiaría a nuestros enemigos.

»Estamos restableciendo las normas de la democracia fijadas por Lenin. Pero esas normas no son las de la burguesía. Considera usted que en su caso hemos violado el principio de libertad. Si es así, entiende la libertad en el sentido burgués. Pero nosotros tenemos otra noción de libertad. No entendemos la libertad del mismo modo que los capitalistas, como el derecho a hacer todo lo que a uno le venga en gana sin tener en cuenta los intereses de la sociedad. Esa libertad sólo es necesaria para los imperialistas y los millonarios. Nuestros escritores soviéticos deben producir sólo lo que el pueblo necesita, lo que es útil a la sociedad. Todos los que han leído su libro coinciden en su valoración: lo consideran políticamente nocivo para nosotros. ¿Por qué deberíamos añadir su libro a las bombas atómicas que nuestros adversarios preparan contra nosotros? En su libro aparecen comparaciones directas entre nosotros y el fascismo hitleriano. Ofrece una descripción falsa e incorrecta de nuestra gente, los comunistas. ¿Cómo habríamos podido ganar la guerra con una gente como la que usted describe?

»En su libro habla favorablemente de la religión, de Dios, del catolicismo. En su libro defiende a Trotski. Está repleto de dudas acerca de la legitimidad de nuestro sistema soviético. Usted sabe cuánto daño nos hizo el libro de Pasternak. Todos los que han leído el suyo coinciden en observar que el daño que causaría Vida y destino sería infinitamente mayor que El doctor Zhivago. Tengo en mucha estima sus libros Stepán Kolguchin, El pueblo es inmortal y Por una causa justa. Le invito a volver a las posiciones que mantenía cuando escribió esos libros.»

Jruschov había deshelado las cárceles y las estatuas de Stalin, pero no los icebergs de la censura. Lo que sucedió después es una trama cinematografiable al más puro estilo siglo XX: : una red de disidentes entre los que se encuentran Vladimir Voinóvich y Andréi Sajárov consigue fotografiar un original de Vida y destino cuya custodia había tenido Grossman el cuidado de encargarle a un amigo, y logran sacar de contrabando los microfilms del país. Copian con algunos errores y lagunas el manuscrito a partir de estos microfilms, y lo publican en Suiza en 1980. Alcanza un éxito enorme (en España se publica por primera vez, traducido del francés, en 1985), y ocho años más tarde, en 1988, la glásnost gorbachoviana le abre finalmente a Vida y destino las puertas de la Unión Soviética. En 1989 se desclasifican nuevos borradores del libro, esta vez sí, completo, y también es publicado Todo fluye. Grossman es ya un clásico moderno.

Lamentablemente, Vasili Semiónovich Grossman había fallecido en 1964 de un cáncer de estómago. Tenía cincuenta y ocho años.

La gran prosopagnosia

Una de las enfermedades psiquiátricas más terribles que existen es la prosopagnosia. Explicada en términos pedestres, la prosopagnosia (prosopon, aspecto; agnosia, ignorancia) consiste en una alteración del cerebro, generalmente debida a un accidente, que provoca que la persona afectada no sea capaz de reconocer rostros; que tenga perfectamente sanas las facultades oculares, y vea los ojos, la nariz, las orejas, etcétera, pero que los vea como elementos aislados, sin ser capaz de establecer las conexiones adecuadas para percibirlos como sumandos de un ente mayor que los comprende a todos: una cara.

La Wikipedia en inglés incluye una lista de prosopagnóticos ilustres: el físico y premio Nobel Paul Dirac, el filósofo estadounidense Hubert Dreyfus, el actor francés Thierry Lhermitte, el lingüista Frederick Newmeyer, etcétera. La lista es breve; ninguna personalidad de primera línea. Las estimaciones más generosas de los estudiosos establecen el porcentaje de seres humanos que padece la enfermedad, incluyendo a cuantos sufren versiones leves de la misma, en apenas un 1 ó 2%.

Pues bien, yo sostengo que el porcentaje es mucho, muchísimo mayor. Ochenta, noventa por ciento. Tal vez más.

Mi eureka del asunto tuvo lugar el otro día, mientras participaba en uno de esos debates calurosos, pasados de decibelios y empañados por los vapores de un par de pintas de cerveza, que siempre atruenan en Semana Santa y que siempre comienzan cuando alguien sugiere que las procesiones deberían ser prohibidas por ser atentatorias contra los principios laicos que se le suponen al Estado y por constituir una forma de exaltación de la barbarie y el atraso intolerable a estas alturas de la era cristiana, y entonces levanta la voz otro tertuliano que ha agarrado del suelo la bandera del talante y la tolerancia, le menta los muertos al primero y cumple solícito con el precepto de pronunciar el cliché estándar:

—¿A ti qué te molesta de que haya gente que se flagele? Allá ellos y sus espaldas.

Yo a esto respondí lo que acostumbro: que el problema no es que los flagelantes se flagelen, sino lo que esa estupidez tiene de símbolo, de muestra, de ramificación, de una estupidez mucho mayor, entretejida en los cimientos de la sociedad moderna, permitida y aplaudida e institucionalizada a través de los permisos y el aplauso y las institucionalizaciones más pequeños de sus miniestupideces constituyentes, invisibles o insignificantes en sí mismas pero monumentales y ahogadoras cuando son amontonadas, como los copos de nieve que forman un alud. Que el hombre que se flagela o camina descalzo sobre cristales y la mujer que llora desconsolada ante un ídolo de madera pintada existen más allá de la procesión, y que las pulsiones de idiocia que palpitan en sus cerebros y los llevan a agarrar el látigo de siete cabezas y a abrasarse las carnes no dejan de vibrar súbitamente cuando votan o cuando emiten opiniones que engrosarán las encuestas y las estadísticas con las que se justifican las leyes nuevas y las viejas dejacedes que componen los grilletes que aferran los tobillos del progreso, y que ellos transmitirán a sus hijos y predicarán a amistades que si deciden secundarles harán lo propio.

«¿Cómo se llama esa enfermedad en la que el paciente distingue los elementos que forman una cara pero no es capaz de percibir el rostro que componen?», pregunté entonces a mi amigo, que es psicólogo.

Prosopagnosia, me dijo.

La casa de Cesáreo

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Agoniza el año 1937. Asturias se desangra acuchillada por los fragores de la guerra de España. Los fatigados milicianos, comandados por el coronel vasco Juan Ibarrola, entonan el canto del cisne resistiendo al siglo XV en El Mazucu, constreñidos entre sendas hileras de silenciosos y gigantescos centinelas pétreos. La metralla rebota en la piel caliza de los montes de la sierra de Cuera, más vieja y más fuerte que la ignominia humana. El día, por lo demás, es espléndido.

Mientras esto sucede, ajeno a todo esto no lejos de allí, en la zona ya conquistada por las huestes de Torquemada, un hombre excava un pozo en el jardín de su casa. Tiene el propósito de habilitar una conejera. Hunde la pala en la húmeda tierra, apoya un pie en la pieza metálica de la herramienta y haciendo presión con aquél la inclina para extraer una palada que después arroja a la montonera que crece a unos pasos de él. De tanto en tanto seca el sudor que perla la frente con el brazo desnudo; se ha remangado la camisa. Tigre, su perro, un can menudo y vivaz, descansa apacible cerca de su amo.

La casa es una maciza vivienda de piedra y ladrillo de dos pisos, escondida en lo alto de una pequeña colina entre la feraz espesura boscosa con que las lluvias atlánticas han sembrado de todos los matices del verde los alrededores de la parroquia de Lledías, unos pocos kilómetros al interior del concejo de Llanes, en el extremo oriental de Asturias.

Ocho décadas después, en la catarata de resultados con que Google Imágenes desagua la búsqueda «Cesáreo Cardín», sólo resplandece un rostro humano. Se trata de una pintura. Muestra a un hombre joven de piel pálida y aire desgarbado, que mira con ojos grandes y fijos y cejas arrugadas en un gesto de concentración a un punto indeterminado en el horizonte. El cabello levemente desordenado es más oscuro que el poblado bigote pelirrojo aferrado a la cornisa del labio superior, pero menos que la también espesa barba que sombrea el cuello mas no las mejillas. Pero no es Cardín. Google, tal que el cerebro de un poeta surrealista, ha efectuado una extraña conexión. El retrato es un autorretrato y el autorretratado es Renoir.

Si Cesáreo Cardín se parecía a su estatua —en realidad, si la estatua de Cardín representa realmente a Cesáreo Cardín—, debemos colegir, más bien, que el rostro de Cardín, enmarcado por un cabello tupido y corto peinado hacia adelante a la manera de los bustos de los emperadores romanos, era ancho y mofletudo alrededor de una nariz chata como de boxeador y de unos ojos pequeños y muy juntos, y tenía un bigote espeso pero fino cubriéndole el estrecho bozo sobre una boca cuyo labio inferior era mucho más grueso que el superior; una suerte de híbrido imposible de Víctor Jara, Vicente Álvarez Areces y José Sazatornil.

En un momento dado, la tierra se abre bajo la pala de Cardín y se precipita a un oscuro vacío, entrevisto a través de un pequeño agujero. Cardín halla aire en vez de más tierra, del mismo modo que los niños que horadan pozos en la playa acaban por encontrar agua cuando han cavado mucho y deben tenderse boca abajo y estirar mucho los dedos para arañar con las yemas el fondo. Cardín agarra una piedra y la arroja al abismo. Tarda unos segundos en escuchar un sonido hueco, amplificado por el eco, al que suceden otros tres o cuatro, delatadores de la condición rocosa de las paredes del agujero, antes de que el morrillo deje de rebotar. Hay algo allí, una sima.

Se sabe menos de Cesáreo Cardín de lo que se sabe de quien fue su jefe, Don Ricardo Duque de Estrada y Martínez de Morentín, aristócrata navarroastur estellés de nacimiento y llanisco de pación, conde de la Vega del Sella y apasionado de casi todo a quien la ciencia arqueológica debe el descubrimiento del estilo asturiense, la Real Sociedad Española de Historia Natural una presidencia fructífera y el concejo de Llanes el ferrocarril y la línea telefónica. Cardín era su aparcero y un fiel participante en las campañas de excavación de la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas, que el conde emprendió en Asturias con la ayuda de ilustres arqueólogos internacionales como el alemán Hugo Obermaier o el abad francés Henri Breuil. En 1916, el propio Cardín fue el Colón de la cueva del Buxu, en Cangas de Onís, una obra maestra del arte solutrense que el aparcero se topó por accidente al confundirla con la cueva de Las Inxanas, que se le había encargado explorar.

Cardín excava febril a fin de ampliar el hueco; una vez abre una entrada suficiente al paso de un hombre, corre a su casa y coge velas. Después prende una de ellas y penetra en la sima. Camina despacio, pisando con cautela el suelo húmedo —chap, chap— y aferrando con la mano libre las anfractuosidades de una de las paredes, en las que cabriolea la luz tremolosa de la llama. Tigre trota alegre a su lado. Cuando al cabo de varios metros —exactamente debajo de la casa, calcula Cardín— la luz revela el firmamento de ciervos y caballos rojos que constela el rugoso techo, los animales parecen moverse, vivos, como si cabalgasen un galope eterno sobre la cinta de correr de un gimnasio.

Hay decenas, centenares de mamíferos de formas gráciles y largos cuernos. Cardín ha encontrado debajo de su casa una Capilla Sixtina de la religión de los primeros sapiens dibujada con el pulgar manchado de ocre por un Michelangelo Picapiedra con un realismo inédito. Aquel fresco catedralicio relega a la altura de meros retablos de iglesia rural a Altamira, al propio Buxu y a los todavía bellos durmientes Lascaux y Tito Bustillo. Entusiasmado después que absorto y paralizado, Cardín deja caer la vela y sale corriendo de la cueva, apareja una yegua —una yegua hermosa, fuerte, como los équidos pintados en la cripta—, se monta en ella, la arrea y galopa siete kilómetros a Nueva, al encuentro del conde, que tiene allí su palacio.

—¡Don Ricardo, Don Ricardo, venga a ver!

El palacio es una hermosa y amplia casona encalada de blanco y acariciada por la hiedra, rodeada de un inmenso jardín pulcramente segado, en el que refulgen con la luz de lo inusual el par de palmeras datileras traídas de América. El punzón de la guerra parece haber sido incapaz de penetrar la estrecha cáscara de aquel idílico remanso de paz. El conde disfruta del sol de septiembre cerrando los ojos y echando hacia atrás la cabeza debajo de un ancho sombrero de paja y se mesa las puntas de los afilados bigotes acomodado en uno de los bancos apoyados en la pared frontal del edificio.

Duque de Estrada ensilla su propio caballo y galopa junto a Cardín.

—Debajo de mi casa, sí, ¡justo debajo! ¿No es increíble?

El conde, contagiado de la emoción de su aparcero, tira de agenda, y varios estudiosos de todas las naciones acuden sucesivamente a Lledías a fin de estudiar el hallazgo. Cardín recibe en su finca, pro lo demás, un flujo moderado pero constante de visitas. A fin de agradarlas, limpia y adecenta su jardín. Lo allana y lo siembra de plantas y flores exóticas, y planta setos de boj a fin de marcar el camino a la entrada de la caverna, bien protegida con una puerta metálica. Comienza, también, a tallar unas toscas estatuas de alrededor de un metro de altura hechas de pegotes de cemento, que ubica asimismo en el jardín. Empieza por esculpir a Tigre; lo representa en un gesto divertido, mostrando los dientes como si rugiera, con las orejas hacia atrás y la pequeña colita erguida, atado a un árbol cercano con una fina cadena.

Cesáreo Cardín es una celebridad.

En 1944, los estudiosos acaban por otorgar a la cueva de El Cuetu-Lledías el pasaporte a las alturas del Parnaso paleolítico. Pero no todo el mundo las tiene todas consigo. El padre Breuil recela.

—Quiero ver esa cueva, Cesáreo —dice a su viejo conocido, imprimiendo a sus palabras un tono levemente paternalista.

Henri Breuil ha llegado a Lledías en un magnífico automóvil negro. Breuil es ya viejo, aunque conserva una envidiable corpulencia y el característico tono grave y algo aguardentoso de la voz. El «papa de la prehistoria» —así le llaman socarronamente—, descubridor de las cuevas de Combarelles, de Font-de-Gaume, de Solana del Pino y de Fuencaliente y primer describidor de la de Lascaux, camina levemente encorvado a sus setenta y tantos, apoyado en una gruesa cachava, y resguarda su venerable calva ya en una recia boina, ya en un gracioso sombrero verde de alas anchas.

—Como guste, padre. Sígame.

Cardín acompaña al abad a la entrada de la cueva; una vez allí, Breuil deja su bastón apoyado en la reja metálica y se agarra del brazo del dueño de la finca para no resbalar, sin dejar de sostener la colilla que humea entre sus labios. Caminan con cuidado; una vez bajo la sobrecogedora cúpula, los ojos expertos del padre, despojados de los anteojos redondos corridos hasta la punta de la nariz, radiografían las figuras.

Breuil frunce el ceño, pero calla sus reticencias.

—Realmente hermoso —dice, escueto.

Su veredicto, el papa lo hace público en el medio científico unos días después, ya de regreso en Francia: «El aspecto de cosa hecha recientemente que presentaban las figuras invita a pensar que se trata de una falsificación».

Leída la encíclica, todos los estudiosos pasan automáticamente a revisar sus conclusiones. Deciden, sí, que se trata de un engaño. Que fue Cardín, con admirable maestría por lo demás, quien pintó los bisontes, los ciervos y los caballos.

Cardín cae en desgracia. El flujo de visitas se detiene, y el impostor, avergonzado, se encierra en su casa. Poco a poco, el mundo le olvida. Se convierte en un hombre huraño. Apenas se deja ver por el pueblo, y al cabo de un tiempo comienza a evidenciar síntomas de una incipiente locura. Cardín mata el tiempo llenando su jardín de esculturas de animales. Talla monos de gruesos labios, pelícanos, cocodrilos; a medida que la insania va carcomiendo su cerebro, comienza a desdibujar los límites canónicos de la taxonomía de Linneo y a diseñar delirantes mezclas quiméricas y singulares entes antropomórficos, como un guerrero con el corazón en la mano. También se esculpe a sí mismo en la estatua que ya conocemos.

Cesáreo Cardín se apaga en silencio. Fallece en algún momento de la década de los ochenta.

La casa queda abandonada, transformada en una silente heterotopía de tiempo detenido con el interior tapizado por varios estratos de polvo. En su interior, al otro lado de una puerta cerrada sin llave que chirría ruidosamente al ser abierta, una nevera oxidada preserva aún varias botellas de vino y un banquete de insectos de pútridos restos de comida; en el piso de arriba, una mesa de madera apolillada sostiene todavía una taza de café, un par de manojos de llaves y una postal enviada desde Torremolinos y escrita con pulso infantil. Un calendario de 1981 anuncia bajo una hermosa vista de pájaro de la playa de San Lorenzo de Gijón, profesional, los lunes y las lunas del año de Tejero ignorante del siglo nuevo que crece más allá de la basta alambrada que rodea la vivienda y del cartel descolorido y semirroto que, abajo en la falda de la pequeña pero empinada colina sobre cuya cumbre se asienta el solar, prohíbe la subida en los términos más expeditivos, y convierte este conocimiento de los secretos de la casa de Cardín en una pequeña ilegalidad.

En lo que fue el coqueto jardín, como en un diminuto postapocalipsis, la mano del hombre soporta peor que mejor el avance inexorable de la fuerza cósmica de la naturaleza incontenida. La ruda vegetación autóctona ha irrumpido, con la rabia de un desahuciado que recuperase su casa de siempre, en el lugar, y se ha fundido con los menudos y delicados okupas exóticos, astrosos por el abandono, en un salvaje estupro sin testigos, espoleado por el silencio cómplice del grueso farallón de eucaliptos y abedules que impide que la casa se vea desde la carretera.

La cueva permanece cerrada y las esculturas descuellan con ímpetu de náufragos recientes sobre un océano de ortigas; sus tórax de cemento han sido devorados por una turba de líquenes y musgos, que los cubren como una camiseta ajustada y que al pintarlos de verde los camuflan en el paisaje, imbuyéndoles de una cualidad fantasmagórica y flotante y transformándolos en una suerte de guardianes de Xi’an de un reino onírico de elfos y criaturas mágicas.

Resisten lo irresistible, como los milicianos de El Mazucu. Perderán.

El Mesías prometido. El barco de Prinsi Pilip y el pájaro de John Frumm

Retratos

{Publicado en NEVILLE el 27/III/2013}

Ser Dios es posible.

En 1974, la reina Isabel II de Inglaterra y su marido, Felipe de Edimburgo, hicieron durante una gira una breve parada en las Nuevas Hébridas, un puñado de islotes volcánicos del Pacífico Sur que forman parte del copioso inventario de posesiones de la monarquía británica, y que desde 1980 conforman una nación independiente bajo el nombre de República de Vanuatu. Su capital es Port Vila, un idílico puñado de casas espolvoreado entre palmerales en las comisuras de una bahía de un azul cerúleo e irreal, guarnecida de playas doradas y surcada por pequeños veleros. En aquel puerto atracó el HMY Britannia, el lujoso yate real de 126 metros de eslora en el que viajaban la monarca y su consorte.

En Tanna, otra de las islas del archipiélago, habitaban entonces y habitan hoy los naukulamene, una amplia tribu de unos mil quinientos miembros que obtiene su sustento de una rudimentaria agricultura de subsistencia y de la pesca y la caza de tiburones y cocodrilos, para la cual se sirven de palos y toscos arcos. Los hombres visten unos peculiares taparrabos consistentes en unas vainas vegetales en la que enfundan sus penes; las mujeres, faldas y sostenes que tejen con hojas de palmera. En 1974, su jefe era un hombrecillo achaparrado y barbudo de espeso pelo rizado, que respondía al nombre de Jack Naiva. Todavía vive, octogenario ya. La mayor parte de las fotografías que se le han hecho lo muestran erguido en un rictus de orgullo, desnudo casi salvo por el minúsculo taparrabos y el cuello que envuelve como una bufanda una Union Jack de colores vivos, y sosteniendo un retrato oficial de Felipe de Edimburgo entre las manos.

En Tanna, Felipe de Edimburgo es Dios, y Jack Naiva es su profeta. Todo comenzó, por lo demás, con una hégira: las ciento cincuenta millas náuticas que Jack Naiva, atraído por los rumores, atravesó aquel año 1974 con el fin de allegarse a Port Vila y conocer a los monarcas. Los niños naukulamene crecían desde tiempo inmemorial escuchando a los ancianos de la tribu relatar cómo en la noche de los tiempos, una mujer de Vanuatu se había encontrado una serpiente, la cual se había transformado de pronto en un apuesto hombre, que se casó con ella y que le dio dos hermosos hijos. Los viejos contaban después, y los niños conocían subyugados, cómo la gente del pueblo de la mujer, carcomida por la envidia, había dado muerte a la serpiente-hombre y a los niños, y cómo del rostro del padre se habían desprendido los dos ojos, negros como la noche. Al caer al suelo, contaban los abuelos, uno de los ojos formó un río; el otro un lago. El ojo que cayó al río fue arrastrado por las aguas; en el tráfago, éstas decoloraron aquél y lo volvieron blanco. El ojo que cayó al lago, en cambio, pudo conservar el color negro. Más tarde, los dos ojos se transformaron en dos hombres, hermanos sin saberlo: el uno, de raza blanca; el otro, de raza negra. La chavalería naukulamene escuchaba entonces cómo el hombre blanco allá lejos, en el otro extremo del mundo, había desposado a una bella reina, y cómo la pareja había dado nacimiento a una prolífica progenie. Aquel Hijo pródigo, relataban finalmente los ancianos, regresaría algún día a Tanna en un barco con su reina, y regalaría a los naukulamene un reinado de paz y prosperidad que ya jamás se acabaría.

Cuando llegó a Tanna la noticia de la visita de los reyes de Inglaterra, inevitablemente deformada por el viaje a través de un largo cable de teléfono escacharrao, Jack Naiva coligió que aquel rey y aquella reina debían ser por fuerza los dioses de sus mitos. A fin de comprobarlo, Naiva puso rumbo hacia Efaté, la isla en la que se encuentra la capital vanuatuense.

Naiva logró ver a la pareja, pero sólo de lejos. Esta difuminadora lejanía dio, por otra parte, alas a su imaginación: aquel hombre apuesto y altísimo —Felipe de Edimburgo mide 1,88, los naukulamene nunca más de 1,60—, resplandeciente en un uniforme blanco de oficial de la marina que subrayaba todavía más su palidez sajona, aquel hombre del que parecía emanar un irresistible carisma y a cuyo paso se postraban las gentes, no podía ser otro que el Hijo Prometido. A su regreso al poblado, Naiva, como en el juego del parchís, comió una y contó veinte: dijo a sus convecinos que Prinsi Pilip («Prince Philip») se había fijado en él, y que aquella misma noche había tenido una visión en la cual el Hijo le anunciaba que aún no había llegado la hora de visitar Tanna, pero que pronto visitaría la isla en un barco cargado de riquezas. Que era viejo, porque era viejo como el mundo, pero que una vez en Tanna se tornaría mozo de nuevo, y rejuvenecería al mismo tiempo a todos los naukulamene. El barco de Prinsi Pilip, dijo Naiva, traería con él también el don de la Vida Eterna.

Dos años después de la visita de Felipe e Isabel, las noticias acerca del extraño culto que había nacido en Tanna llegaron a oídos de John Champion, el gobernador británico de las islas, que acababa de reemplazar en dicho cargo a su predecesor, Roger du Bouley. Du Bouley había protagonizado un incidente desagradable que lo había enemistado con los nativos; un error de protocolo tal vez inocente, pero que siendo impensable por ejemplo en una cumbre entre mandatarios occidentales habla bien del menosprecio que las autoridades europeas, aun las incruentas, sentían por principio hacia los habitantes de sus colonias. Du Bouley había sido invitado por los aborígenes a un copioso banquete, durante el cual había sido obsequiado con una de las posesiones más valiosas de la tribu: un cerdo, rollizo y hermoso. El gobernador aceptó el regalo con amabilidad, pero afrentó a los nativos olvidando o no preocupándose de darles alguna cosa a cambio él mismo. La tormenta no amainó cuando en 1975 Roger du Bouley fue sustituido por John Stuart Champion, pero éste, sagaz, halló rápidamente una manera de congraciarse con la tribu. Champion escribió una carta al duque de Edimburgo, informándole con socarronería acerca de su adquirida condición divina, que Felipe desconocía, y solicitándole al dios que le enviase un retrato firmado. Una vez recibido éste, Champion lo regaló a los nativos. Los naukulamene entonces, encantados y reconciliados ya con la autoridad, dieron a Champion un soberbio arco de madera encargándole al gobernador que lo hiciese llegar a Prinsi Pilip. Lo hizo así, y más tarde recibió de Felipe un nuevo retrato para los nativos, en el que el dios aparecía pulcramente trajeado y sosteniendo entre las manos el nal-nal. Los naukulamene conservan con mimo ambos retratos en un pequeño santuario que erigieron en la aldea.

Otro gobernador avispado informó a los nativos de un dato precioso para ellos: la fecha sagrada del cumpleaños del dios. Desde entonces, cada 10 de julio los naukulamene celebran la efeméride ingiriendo kava, un jugo levemente tóxico que extraen de las raíces de unos arbustos que prenden en la isla y entumece los labios al tomarlo. Felipe, complacido, deja hacer. Hace algunos años envió un tercer retrato a los isleños; éstos, entretanto, ensayan concienzudos danzas y rituales y apartan los cerdos mejores, con vistas a obsequiar al dios cuando regrese.

No lejos de allí, también en Tanna, otros hombres devotos idolatran una chaqueta.

Nada se sabe acerca de la historicidad de John Frumm, un hombre de baja estatura, piel pálida y cabello blanco del que los ancianos cuentan que descendió de los cielos montado en un gigantesco pájaro con el vientre repleto de vituallas, y del que los chamanes aseguran que les prometió regalarles aquellos bienes y tantos más como pudieran imaginar a cambio de que los tannenses imitasen al dios pero abandonasen el dinero, el cristianismo y el trabajo en las plantaciones de copra, y regresasen a la observancia de sus costumbres tradicionales. Las conjeturas más atinadas sostienen que la chaqueta perteneció a un soldado estadounidense de raza negra que aterrizó allí con su avión durante la segunda guerra mundial, y que los tannenses, hartos de los misioneros cristianos, de sus prohibiciones y de sus intríngulis teosóficos y de las burlas crueles con las que los vicarios de Cristo ridiculizaban las costumbres de la tribu, se entregaron con pasión al culto de aquel Dios Benefactor que sí existía y que era negro como ellos, enriqueciendo en lo sucesivo la teología del asunto con aportes procedentes de nuevas visitas occidentales. Ansiando, como los prinsipilipistas, el regreso de John Frumm, los nativos construyen rudimentarias pistas de aterrizaje con hojas de palmera, desfilan marcialmente sobre ellas ataviados con pantalones vaqueros y bikinis de flores y las letras «U S A» pintadas en los pechos, y tocan remedos de música country con sus instrumentos tradicionales, y cantan a Jerry y a Jimmy Cowboy, apóstoles del Mesías, y tallan fusiles y radares y radios de madera con antenas de bambú con las que los chamanes aseguran que consiguen contactar con el Divino Redentor.

Son estas religiones los «cultos del carguero», así llamados porque ya los capitanes de los cargos que en el siglo XIX se acercaban a las costas vanuatuenses se encontraron elevados con frecuencia a los altares de bambú de los nativos.

Me dice un amigo cristiano que qué absurdo es todo esto, que cuánta ignorancia en el mundo. Yo callo. Tampoco le cuento que algunos misioneros de Tanna, aplicando el viejo adagio de que si uno no puede con sus enemigos lo mejor es unirse a ellos y la no menos vieja triquiñuela de madre de camuflar de alimentos bonitos los alimentos feos, decidieron inventarse la Iglesia de la Unidad de John en Cristo e integrar a Frumm en la Biblia como apóstol de Jesucristo, a ver si así colaba. Mi amigo no sabe lo de cuando el papa Julio I hizo coincidir la fiesta cristiana del nacimiento del Mesías con la romana del Sol Invicto a ver si así colaba, y me da pena contárselo, porque sí que conoce el cuento del traje invisible del emperador.

Como dijo Cela primero y Makinavaja después, cada uno se corre como puede.

Precario espacio-tiempo

Mi amigo Javier Cayado participó el otro día en una sestaferia. La sestaferia es un trabajo comunal que es milenaria tradición efectuar en los pueblos asturianos una vez al año, con el fin fundamental de limpiar y adecentar los caminos; apenas si se hace ya, pero algunas aldeas lo conservan todavía. Rales, el pueblo de mi amigo —un apacible caserío colgado entre bosques de las escarpaduras que flanquean el meridión del concejo de Villaviciosa como un balcón sobre la costa cantábrica—, es una de ellas. Y decía mi amigo medio en broma, al día siguiente, que había estado tentado de tuitear la sestaferia en tiempo real con su teléfono móvil, pero que finalmente no lo había hecho por el temor de que tuitear una sestaferia pudiese suponer desgarrar el continuo espacio-tiempo.

El mundo moderno tiene estas paradojas, estos extraños casamientos de lo inmemorial con lo efímero, estos curiosos arcaísmos nadando como celacantos en los océanos de la posmodernidad, y no todo el mundo observa el mismo escrúpulo que mi amigo. No lo han tenido, desde luego, los perpetradores de este BOE de hechuras medievales, servido a través de la Red en un cómodo archivo PDF con tipografía Arial y tamaño regulable: «De conformidad con lo establecido en el artículo 63.1 de la Constitución, a propuesta de la Presidenta del Gobierno en funciones, en la reunión del Consejo de Ministros de día 15 de marzo de 2013, vengo en designar a Su Alteza Real don Felipe, Príncipe de Asturias, para que represente a España en la Misa Solemne de Inicio del Ministerio como Pastor Supremo de la Iglesia Universal de Su Santidad Francisco, que tendrá lugar el día 19 de marzo de 2013.» Firma Soraya Sáenz de Santamaría.

En algunos islotes de la Melanesia, hoy todavía, los miembros de tribus prehistóricas que los habitan construyen rudimentarias pistas de aterrizaje con hojas de palmera, sobre las que mas tarde desfilan agarrando toscos rifles de bambú. Tallan radares de madera, se pintan las siglas «USA» en el pecho y se visten con prendas parecidas a las occidentales que ellos mismos tejen utilizando materiales locales. Todo ello es parte de un complejo ritual, destinado a solicitar los parabienes de sus dioses: los pilotos norteamericanos que, durante la segunda guerra mundial, aterrizaban en aquellas islas en aviones repletos de víveres y bienes industriales. En Los pasos perdidos hay un pasaje en el que Alejo Carpentier reflexiona con la singular maestría barroquizante que le era característica sobre estos desarreglos espaciotemporales, en el momento de la novela en el que un avión sobrevuela la aldea del remoto recoveco de la selva amazónica en la que se desarrolla la novela.

Me pregunto que diría Carpentier de nuestro BOE.

Márketing, pardiez

Me caía mejor Benedicto Dieciséis, y sólo en un 20% digo esto por el innegable placer de llevar la contraria a las hordas de palmeros que el papa Paco ha congregado en torno a sí. La explicación es sencilla: Benedicto era un lobo que no se molestaba en simular no serlo, un lobo sincero, un lobo estepario sanguinario, rabioso y de colmillos afilados que a nadie engañaba; Bergoglio es el mismo lobo convenientemente camuflado bajo una piel de cordero lechal, y esos lobos son peores. Bergoglio es uno de tantos; el problema es que el Concilio Vaticano I aprobó en 1870, bajo los auspicios de Pío IX, el dogma de la infalibilidad pontificia, y que desde entonces parece ser pecado dudar de la sinceridad de un papa tal como se duda y se duda bien de las de cualquier otro capitoste político. Dudo, sí, de las intenciones del amigo Pancho; conozco lo bastante a Sancho Pueblo, su analfabetismo y su credulidad, como para saber que le basta la más pueril de las demagogias, el más vacuo populismo pauperista, para aplaudir con las orejas al primer espantajo que esboce un puchero y grite con alguna convicción oh pobres, oh hambre. Vivimos una edad superficial en la que el gesto es todo, y el contenido es nada. Para que el emperador lleve traje no hace falta que lo lleve en realidad; basta con que parezca que lo lleve, con que actúe como si lo llevara.

Márketing, pardiez. En Benidorm hay un ruso, un tal Sergei Protas, que vende aire de la Costa Blanca envasado; en los sesenta, el artista italiano Piero Manzoni se hizo famoso vendiendo latas de sus propias heces por las que se han llegado a pagar veinte millones de las antiguas pesetas. Si es posible vender aire, si es posible vender mierda, se puede vender cualquier cosa, se puede cualquier gato dar por cualquier liebre. La iglesia católica sabe esto por lo menos desde el siglo X, cuando un obispo avispado inventó el sepulcro de Santiago: la iglesia lleva diez siglos cobrando los doblones y aún hoy el vulgo duda de si el engaño es tal.

Si es posible vender aire, si es posible vender mierda, se puede vender el machismo, la homofobia, la guerra santa, la convivencia y la connivencia con el fascismo, rebuznos patibularios que en otros señores disfrazados de otras cosas harían saltar las alarmas; pero que al papa se le permiten, con esa condescendencia entrañable que reservamos para los patinazos de nuestros seres queridos, porque es el papa, qué va a decir. Opera en estas gentes un «pelillos a la mar» selectivo, que permite transigir los terrorismos de Paco («las mujeres son ineptas para la política», verbigracia) pero no, por ejemplo, los terrorismos de Otegi (aunque Otegi sea Otegi, y qué va a decir, si es Otegi).

En Libertad Digital me han llamado masón. Así están las cabezas.