Cabo Norte

Mi mundo no es de este reino.

Catalonia calling

Los Estados-nación troquelan nuestras mentes de maneras en las que no reparamos. Lo hacen día a día, en un sibilino proceder que Michael Billig describió hace años en un influyente ensayo titulado El nacionalismo banal. Decía Billig que, en la era posmoderna, la nacionalización de las masas ya no se efectúa, o se efectúa cada vez menos, a través de instrumentos clásicos de la construcción nacional como la educación reglada o el servicio militar, sino que son plataformas minúsculas, variopintas y aparentemente inocuas quienes se ocupan hoy de albergar la propaganda nacionalista y de recordar a los ciudadanos, diaria, constantemente, que forman parte de una nación. Por ejemplo, los mapas meteorológicos en los cuales los Estados-nación vecinos al propio aparecen oscurecidos y sin información incluso aunque su territorio caiga íntegramente dentro del encuadre; o las pequeñas banderitas que acompañan los ingredientes en varios idiomas de una caja de cereales. Una nación, un territorio. Una nación, una lengua.

Conocidas las entretelas del asunto después de leer a Billig, y también a Hobsbawm, a Anderson y a otros que se han ocupado de desvelar lo poco de inmemorial y lo mucho de contingente y artificioso que todas las naciones tienen, la independencia de Cataluña o del País Vasco sólo puede preocupar tan poco como a Steven Spielberg, Oprah Winfrey o cualquier otra de las celebrities internacionales a quienes Artur Mas ha enviado un librito titulado Catalonia calling, en el cual se explica con profusión el ardoroso anhelo de independencia que embarga al pueblo catalán. «En el mundo de hoy, la única libertad posible es la indiferencia», dice y dice bien el personaje Max Costa en El tango de la Guardia Vieja de Arturo Pérez-Reverte. También de las naciones se puede pensar, y es de hecho lo más saludable, que gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones; y que si españa qu’españe, que dicen nuestros asturianistas haciendo un juego de palabras con el significado del verbo españar («explotar»), pero que españe lejos, para que el ruido no nos despierte. Por lo demás, reconozcamos que hay Españas de las que es imposible no querer independizarse, y que tan atractiva resulta la idea de ser compatriota de Salvador Espriu o Blas de Otero como la posibilidad de dejar de serlo de Paco Marhuenda o Carlos Iturgaiz.

«Si la madre España cae —digo, es un decir—, ¡salid, niños del mundo! ¡Id a buscarla!», escribió César Vallejo, pero era peruano. Todo es más hermoso y más luchable en la distancia. A Francisco Vázquez de Coronado, explorador en el siglo xv de lo que hoy es Nuevo México, una pobre aldea de casas de adobe alumbrada por un sol de atardecer, vista de lejos, le pareció la legendaria ciudad de oro de Cíbola. Sucede lo mismo con España. Pero también con la libertad de los pueblos oprimidos. Encogen al hervir.

La unidad indivisible de la nación española me es, en suma, tan indiferente como el dret a decidir de las naciones en lucha sojuzgadas por Madrit. Y sin embargo, si los anunciados divorcios finalmente se producen, yo no podré evitar sentir una leve amargura adánica de paraíso perdido: el de esas casas grandes que, cuando las habitan compañeros de piso civilizados que friegan los platos al día y se reúnen a charlar en el salón, son como experiencia más enriquecedoras que refocilarse en la individualidad narcisista de un estudio. Conocemos a Espriu porque vivimos con él, y conocemos Aigüestortes y San Clemente de Tahull por los pósteres adheridos a la pared de nuestro salón, pero no conocemos a Miguel Torga ni la ciudad vieja de Marvão, porque un grueso tabique nos separa de la casa en la que moran.

La única libertad posible es la indiferencia, también, quizás sobre todo, en lo nacional. Pero qué bonito sueño era aquél de los comunistas de los años treinta de fundar una Unión de Repúblicas Socialistas Ibéricas. Y cuánto sentiría no haber conocido a Espriu.

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La guerra chilena de los clones

El próximo noviembre se celebrarán elecciones presidenciales en Chile, y de Arica a Punta Arenas todo el país se halla ya empapelado de carteles a los que se asoman los rostros ufanos de nueve candidatos. Tal arcangélico número, 9, supone el récord de concurrentes a unos comicios desde el restablecimiento de la democracia en 1990, pero el bipartidismo chileno está lejos de resquebrajarse. Dos candidatas, Evelyn Matthei y Michelle Bachelet, son las únicas que disponen de posibilidades reales de sentarse durante los próximos cuatro años en el trono republicano del Palacio de la Moneda. Como en una autoparodia sobre el carácter falaz de los sistemas bipartidistas, los nombres de los dos partidos que abanderan se parecen como dos gemelos siameses: la sibilina derecha postpinochetista que abandera Matthei, hija de un ministro de la dictadura, se llama Alianza por el Cambio, pero operó hasta 2012 bajo el nombre de Coalición por el ídem. Por su parte, la pluriforme y desnortada izquierda que se arracima en torno a Bachelet sigue llamándose Concertación de Partidos por la Democracia. Coalición versus Concertación es la guerra chilena de los clones.

Pero también se parecen sus programas: así como Margaret Thatcher respondió en una ocasión «Tony Blair» al periodista que le preguntó cuál consideraba que era el logro más rutilante de su extenso mandato, también el difunto Augusto Pinochet podría haber respondido «la Concertación» a idéntica pregunta. La izquierda chilena, trastornadas sus facultades mentales en las parrillas electrificadas de Villa Grimaldi, salió del túnel abrazada con singular entusiasmo estocolmés al modelo neoliberal auspiciado por la dictadura y muñido para ella por los Chicago Boys de Milton Friedman. Chile, del que se dice que es en la Patria Grande americana el otro extremo de un amplio espectro de posibilidades económicas cuyo otro cabo es Cuba, lo es con la anuencia de esa izquierda desizquierdizada que gobernó el país desde 1990 hasta 2010 y que, según todos los pronósticos, volverá a hacerlo a partir de 2014, cuando la nueva presidenta asuma el cargo. La Cuba neoliberal seguirá siéndolo suceda lo que suceda: Pinochet, como Franco, dejó su legado atado y bien atado.

Pese a todo ello, los carteles diseñados para Matthei y Bachelet por los mejores publicistas del país no podrían ser más diferentes. Matthei esboza en su afiche una sonrisa cálida de anuncio de Indasec al lado de su nombre escrito en letras de colores caprichosos y brillantes, que incluyen el fucsia y el azul aguamarina. Bachelet, en marcado contraste, se rodea exclusivamente en el suyo del rojo, el blanco y el azul de la bandera chilena. La intención está muy clara en ambos casos: en el primero, se trata de conjurar la imagen de dureza, grisura y estiramiento asociadas a la derecha con un diseño que rezume el dinamismo juvenil que siempre ha sido propio del campo progresista. En el segundo, de desprenderse del sambenito de antipatriota e irresponsable que la derecha cuelga siempre del cuello de la izquierda.

La derecha quiere ser izquierda y la izquierda quiere ser derecha, todo es cada vez más lo mismo y la desgracia de Chile es la de España, y la del Springfield invadido por los marcianos en el séptimo especial de Halloween de Los Simpsons. En ese capítulo, dos extraterrestres idénticos procedentes del mismo planeta, Kang y Kodos, irrumpen en la campaña electoral estadounidense de 1996, secuestran a los candidatos demócrata y republicano —Bill Clinton y Bob Dole— y se presentan ellos mismos a las elecciones. En la antológica escena final del episodio, Marge y Homer desfilan en una corvea de esclavos arrastrando grandes rocas para construir una gigantesca torre de rayos láser con la que destruir un distante y desconocido planeta. Marge lamenta el absurdo de la situación, y entonces Homer le responde:

«A mí no me mires, nena, yo voté a Kodos».

Unidad de destino en lo musical

La buena música transita a veces sorprendentes pasadizos invisibles a través del espacio y el tiempo. En los años ochenta, media Polonia vibraba al ritmo de L’estaca de Lluís Llach. La legendaria canción protesta, emigrada a aquel país y traducida como Mury a su áspera lengua —On natchniony i młody był, ich nie policzyłby nikt, comienza—, vivió una segunda vida en las gargantas de los estibadores anticomunistas del sindicato Solidaridad. «Canto que ha sido valiente siempre será canción nueva», cantaba Víctor Jara y cantó Bruce Springsteen, hace unos días, en su primer concierto en Chile.

Existen casos, aún más curiosos que el del reciclaje de L’estaca, de semillas que son plantadas en un extremo del globo y sólo florecen años más tarde en los humus de inopinadas antípodas. Sobre uno de ellos versa Searching for Sugar Man, la alabada película sueca que el año pasado fue premiada con el Oscar y el BAFTA al mejor documental.

La historia que relata Searching for Sugar Man comienza en Sudáfrica a mediados de los setenta y tiene por protagonista a un tal Rodriguez, un hombre nebuloso de quien de partida sólo se conoce la nacionalidad estadounidense, el hispánico nom de guerre, dos extraordinarios discos de folk rock y música psicodélica editados a principios de los setenta por una pequeña discográfica y un difuso rumor acerca de un espeluznante suicidio público llevado a cabo durante un concierto. La trama, trufada de suspense y poseedora de un asombroso final, prosigue relatando que aquellos dos discos atravesaron sin pena ni gloria el panorama musical norteamericano post-Woodstock, y que el fracaso cosechado fue razón de la decisión de este Rodriguez de retirarse dramáticamente de la circulación.

Nadie sabe y el filme no desvela, porque es imposible saberlo, de qué manera algunos años después las canciones de Rodriguez, desconocidas en América, saltaron el Charco y se hicieron tan famosas en la Sudáfrica del apartheid, entonadas por jóvenes opositores al régimen, como para acabar convirtiendo allá al misterioso Rodriguez en músico de culto, banda sonora de una generación y adjudicatario de un disco de platino. Searching for Sugar Man es la crónica de la investigación que dos sudafricanos emprenden acerca del origen, los pasos y el paradero de su ídolo.

Hay algo reconciliador con el mundo en las imágenes de ardorosos manifestantes entonando I wonder que incluye la película, pero ese primer efecto balsámico puede no tardar en dar paso a una amarga constatación: todas las revoluciones, todas las eras de cambio social que en la historia han sido, ardieron acompañadas de un himno galvanizante y unisonizador; sin embargo, la necesaria y pendiente revolución española no tiene quien la cante, y la esperanza de que alguna de las protestas del momento sea la chispa que inicie el incendio regenerador muere nonata en el instante en que se constata que no hay una estaca o un I wonder en las marchas educativas baleares, que ninguna Grândola, vila morena ha acompañado las astracanadas del 15-M ni las últimas huelgas generales, que no hay Jarchas ni Serrats que siembren de acordes libertarios la segunda transición que aún no ha comenzado, que sólo consignas dispersas y pobres emanan de las gargantas de los revoltosos.

Todo está tan por hacer como ese cántico que tal vez deba ser un rap o una bachata, o tal vez deba ser, en una de esas justas retribuciones que también son habituales en la historia de la música, una vieja canción polaca —propongo Ballada o Janku Wiśniewskim— traducida al castellano.

Tengamos las orejas bien alerta: el momento en que se perciba al fin la imprescindible unidad de destino en lo musical será el de desempolvar las antorchas y el bote de queroseno.

Heterodoxo, no disidente. Entrevista a Leonardo Padura

(Versión completa y transcripción literal de una entrevista al escritor cubano Leonardo Padura realizada durante la XXVI Semana Negra de Gijón y publicada, resumida, en el último número de la revista asturiana de información y pensamiento Atlántica XXII).

Leonardo Padura Fuentes

Leonardo Padura (La Habana, 1955) llega al hotel Don Manuel de Gijón ataviado con una vaporosa camisa de lino blanco que contrasta con su tez morena y con la grisura pertinaz del verano gijonés. En medio del trajín de conferencias y entrevistas que es su participación en la XXVI Semana Negra, encuentra un hueco de una media hora para trazar para Atlántica XXII unas rápidas pinceladas de sus últimas novelas y de la encrucijada cubana.

El título de su próxima novela es Herejes, y es un título interesante porque de alguna manera resume toda su obra: ese ya antiguo interés suyo en la figura del hereje. ¿Por qué ese interés?

Ésta es una novela que yo pensé mucho a la hora de comenzar a escribirla qué sentido iba a tener. Ésta es una novela que fundamentalmente habla de la búsqueda de la libertad individual, y los riesgos que asume la persona cuando decide optar por esa libertad individual. Tiene un antecedente, y es que hace unos años había intentado empezar a escribir una novela que no estaba suficientemente madura en mi cabeza como para empezar a escribirla, y tenía un personaje que era un judío que había llegado a Cuba, que vivía en Cuba como un cubano normal y corriente. Y ese personaje se me quedó en la mente. Y a partir de crearle una historia a ese personaje creé la historia de la novela, que es una historia bastante complicada en el sentido de que en el tiempo comienza en 1642 en Ámsterdam, en el estudio de Rembrandt, con un judío que quiere ser pintor y su herejía es precisamente desobedecer una ley judaica que no le permitía pintar. A partir de la idea del segundo judío creé esta idea, pero me di cuenta de que unas herejías que estaban alejadas en el tiempo no me complementaban lo que yo quería decir con esta novela, y por eso creé una tercera historia que es la de una joven emo cubana en el presente. Las tres historias tienen una cuarta parte, que es un poco la solución, el desenlace, y el enlace, de estas tres historias que han estado conectadas todo el tiempo por una pequeña obra de Rembrandt, que es el rostro de este joven judío, que es una serie que hizo Rembrandt en los años cuarenta y principios de los cincuenta, que le llamó Rostro de joven judío, Retrato de un judío o Retrato de Cristo. ¡Es una de las mayores herejías que podía hacer un judío: servir de modelo para pintar a Cristo! Te lo podrás imaginar… (Risas). La historia de esta obra es lo que conecta las tres historias de los tres personajes. Y Mario Conde aparece en la segunda, la del judio asquenazí que vive en Cuba y se va a los Estados Unidos a partir de que el hijo viene a Cuba a buscar esa historia. Y la tercera es la de esta muchacha que se ha perdido y sobre la que Conde decide investigar. La novela me la planteé como un reto en el sentido de que, si en El hombre que amaba a los perros había hablado sobre todo de un proyecto colectivo, del fracaso de un proyecto colectivo, en ésta quería hablar de historias muy individuales, de personajes muy típicos o atípicos en su momento, según se mire, pero que encarnaran esta necesidad del individuo de reafirmarse a sí mismo en un momento determinado y en sociedades, además, donde se dice que las personas han disfrutado de gran libertad. En unos casos religiosa, en otros casos política… Ése fue un poco el propósito que me llevó a escribir esta novela.

Es cierto que el fondo de El hombre que amaba a los perros es el fracaso de un proyecto colectivo, pero la trama pivota en torno a dos personas muy concretas: León Trotski y su asesino, Ramón Mercader. Hay una reflexión interesante que se puede hacer y es que Trotski, que es el hereje en ese dúo, es un personaje conocidísimo, de quien está documentado prácticamente cada minuto de su vida; mientras que Mercader es algo así como el ortodoxo perfecto al servicio de una idea, un hombre nebuloso de quien nada se sabe con certeza.

Yo creo que, más que un hereje, Trotski fue un fanático, realmente. Y Mercader lo fue, evidentemente. Son dos personajes de características diferentes en cuanto a la posibilidad de construir el personaje por esto que decíamos: un personaje muy historiado y un personaje sin historia. Trotski fue calificado de hereje, pero él se mantuvo siempre absolutamente fiel a un pensamiento al que sacrificó todo, incluso su familia, a esta manera de entender la política. Y ése era uno de mis problemas fundamentales con el personaje de Trotski, que es un hombre que respiraba, expiraba, comía, excretaba política. Era un hombre totalmente obsesionado con la política, con la revolución, y creo que eso lo hace un fanático. De carácter diferente a Mercader, pero también lo hace un fanático. No es así en otras de mis novelas donde más que sobre los totalitarismos escribo sobre las herejías. Mario Conde, evidentemente, es un hereje en una sociedad en la que él incluso decide apartarse de una labor oficial que realizaba, en la cual yo lo tuve durante cuatro novelas a pesar de que él no quería. Pero en El hombre que amaba a los perros, el tema del fanatismo y del miedo son dos temas fundamentales. En ésta, en Herejes, el tema de la libertad del individuo y del coraje para poder enfrentar esta decisión, creo que es lo que la fundamenta.

Un rasgo habitual de la figura del hereje, también muy presente en su obra, es el final trágico. Eso nos conecta con Hemingway. ¿Por qué le interesó Hemingway?

Hemingway, por muchísimas razones. La primera es que Hemingway fue mi primer modelo literario, el primer escritor cuya obra, cuya vida, cuya proyección tuvieron una atracción sobre mí como aprendiz de escritor o como posible escritor. Al principio escribí varios cuentos muy hemingwayanos, muy en el estilo entrecortado de Hemingway, con finales hemingwayanos, personajes hemingwayanos. Y yo iba con mucha frecuencia a la finca Vigía, a la casa de Hemingway en Cuba. Y sentía siempre allí la respiración de la literatura. Si hay una casa ideal para un escritor es la finca Vigía, porque está completamente apartado y está a quince minutos del centro de La Habana; y eso sobre todo en los años cuarenta y cincuenta, cuando La Habana era una ciudad con un movimiento tremendo, era una situación absolutamente maravillosa. Y el espíritu de Hemingway se respira todavía allí, en finca Vigía. Pero con los años fui descubriendo actitudes y acontecimientos en la vida y en la biografía de Hemingway que me fueron haciendo tener una lectura un poco más crítica del personaje, y creo que lo que rebasó la copa fue todo el problema entre Dos Passos y Hemingway en Madrid durante la guerra civil, la historia de Robles. Esto yo lo descubro y escribo Adiós, Hemingway antes de que Martínez de Pisón escriba Despertar a dos barcos. Y después me sentí muy satisfecho de ver que en una investigación más profunda, Martínez de Pisón, que es un escritor muy serio, un poco llegaba a las mismas conclusiones a las que había llegado yo con una información más parcial que tuve en aquel momento. Quise un poco hacer un pase de cuentas, resolver mi problema literario y personal con Hemingway, esta relación de amor-odio. Porque su literatura me sigue gustando; el personaje me gusta menos. Había descubierto que una parte de lo que yo admiraba de él había sido prácticamente un montaje que él había hecho para crearse la figura que se creó. Y todo esto yo tenía que resolverlo de alguna forma, y no podía resolverlo con un ensayo. Un ensayo no era el territorio para resolver eso porque era algo más íntimo, más personal. Y por eso fue que decidí escribir Adiós, Hemingway.

Sale a fumar.

Volviendo a Trotski y a Mercader, ¿qué fue más difícil? ¿Cribar a Trotski o llenar las lagunas de Mercader, en ese proceso de documentación?

Creo que fue más difícil escribir a Trotski, porque toda esta cantidad de información que yo tenía, que puede tener cualquiera que busque, significaba un reto. ¿Cómo sintetizar, dejar en la esencia de lo que yo quería, sin que El hombre que amaba a los perros se convirtiese en una novela de mil páginas, o de las dos mil páginas en la que podría haberse convertido? Pero lo más difícil realmente no fue ni siquiera trabajar con la información, sino trabajar con la mente de Trotski. Yo empecé a escribir una novela… Yo escribo dos versiones: yo escribo la historia, llego hasta el final, vuelvo al principio, la vuelvo a escribir, y así sucesivamente. Y entre versión y versión, la leen algunos lectores que yo tengo, que me ayudan mucho con esta mirada desde fuera con respecto a la novela. Y comprobé… Bueno, cada versión es realmente más de una versión. En la séptima versión, lo vi hace poco porque un universitario de los Estados Unidos me pidió algo sobre este tema, que Trotski todavía estaba en primera persona. Toda la línea de Trotski estaba narrada en primera persona. Y hubo un punto en el que me di cuenta de que yo no podía ponerme dentro de la mente de Trotski. Era un hombre de una cultura, de un origen era judío de origen, y aunque no lo practicara, eso tenía mucho que ver con su personalidad), de un pensamiento, de una época, de un contexto que es muy complejo poder reproducir en primera persona. Y por eso fue que decidí pasarlo a una tercera persona. En el caso de Mercader, lo difícil fue poder imaginar qué cosa había pasado en los vacíos. Pero eso eso se convierte en fácil cuando tú tienes ya una idea general del personaje. Que también me costó trabajo poder establecerlo por la falta de información y por la imposibilidad de conversar con personas que me dieran esa información porque se negaron, algunos de ellos, a hablar conmigo. Entonces fue un proceso diverso en uno y otro caso, pero pienso que sí, que Trotski me resultó mas complicado de escribir.

¿Se siente usted mismo un hereje?

Más bien un heterodoxo (risas). No sería un hereje en la medida en que siempre he sido bastante descreído. Igual que cuando, a veces, me califican de disidente. Bueno, ¿disidente de qué? Yo no he pertenecido, no tengo por qué disentir en el sentido que se le da políticamente al término disidente. Y la herejía, igual. Yo creo que mi literatura es una literatura que trata, y mi periodismo, de dar una imagen lo más cercana posible a la realidad de Cuba de la manera en que yo entiendo la realidad de Cuba. Hay formas muy antagónicas de ver Cuba que van desde hablar del paraíso comunista hasta el infierno comunista que puede ser Cuba. Y yo trato de verlas desde una persepctiva interior, desde una perspectiva personal pero muy ligada  a las expectativas de las personas. Cuando, por ejemplo, ahora, el trabajo periodístico que yo estoy haciendo, que desde hace más de quince años lo estoy haciendo con la agencia de prensa IPS, y hago unas crónicas mensuales para ellos, para el servicio, de IPS Cuba y para el servicio de columnistas de IPS Roma, que es la central. Y los de IPS Cuba salen en una parte de la web que se llama «La esquina de Padura». Y no es porque esté en una esquina de la página, sino porque están escritos desde la perspectiva de un hombre que se para en la esquina de un barrio a ver la vida. Y trato de escribir desde esa perspectiva, desde la esquina de un barrio de La Habana, tratando de entender cómo piensa la gente, cómo siente la gente, cuáles son sus frustraciones. Y cuáles son sus esperanzas, por supuesto. Y eso hace que tal vez sea una mirada bastante heterodoxa con respecto a las ortodoxias positivas o negativas que abundan tanto sobre Cuba.

Le habrán hecho muchas veces la pregunta de qué piensa que va a ser de Cuba después de Fidel Castro; y alguna otra la pregunta de qué debería ser de Cuba después de Fidel. Yo le voy a hacer otra pregunta: ¿qué no debería ser la Cuba de después de Fidel? ¿Qué no debe ser sacrificado de la Revolución Cubana?

Yo creo que en Cuba, en estos años en que hemos vivido un proceso muy complicado, muy difícil, en el que ha habido desgarramientos muy grandes como por ejemplo la división de la familia cubana, también ha habido logros muy importantes como la eliminación de la discriminación racial, la igualdad de la mujer, los altos niveles de educación… Es decir, que no se puede hablar en blanco y negro de qué cosa ha sido Cuba. Siempre digo que mi gran esperanza con el futuro cubano es que las personas puedan vivir dignamente de su trabajo. Eso hoy en Cuba es bastante difícil. Es bastante complicado porque el propio gobierno ha reconocido que los salarios no alcanzan para vivir. Un médico con lo que gana, con su dinero, no tiene suficiente dinero para mantener a su familia. Y en muchos casos trabajan mucho. Si este futuro lograra que estas personas que durante tantos años han tenido carencias, han pasado necesidades, pero han seguido trabajando, han seguido manteniendo una actitud ética, pueden vivir decentemente de su trabajo, eso para mí sería positivo. Por supuesto, no quisiera que la sociedad cubana volviera a sufrir problemas como discriminaciones, problemas por el color de piel, o de creencias religiosas, o incluso discriminaciones de carácter político. Eso es lo que quisiera que pudiera ser de alguna forma el futuro de Cuba.

¿Tuvo problemas en Cuba con El hombre que amaba a los perros?

Afortunadamente, no. Fue una novela que cuando la terminé pensé que difícilmente se iba a publicar en Cuba. Pero se publicó; salió editada por la editorial que publico siempre los últimos años, la de la Unión de Escritores. El libro ganó ese año el premio de la crítica, se hizo una revisión y creo que fue un libro que por lo que significó para Cuba y por lo que ocurrió fuera de Cuba, por los premios que ganó, en Grecia, en Francia, en Italia, fue el libro que de alguna manera hizo imposible que se dilatara más, que me concedieran el Premio Nacional de Literatura. Y ha sido muy satisfactorio ver que puede haber y que de hecho hay personas que piensan que es un libro que incluso lo catalogan abiertamente de contrarrevolucionario, pero que la mayoría de las personas con las que me he encontrado en Cuba y que me han hablado del libro por una u otra vía me han dicho que me agradecen que yo haya escrito ese libro. Porque ese libro ha significado para ellos la posibilidad de conocer una historia que ellos no conocían y de saber hasta qué punto ésa era su propia historia. Y eso es muy satisfactorio, cuando logras esa relación con un lector bastante capaz como el lector cubano, eso te dice que, bueno, que lo que te has propuesto lo has conseguido y que lo has conseguido de la mejor manera posible.

¿Hasta qué punto es cierta la imagen de la propaganda anticastrista de que Cuba es una inmensa cárcel? ¿Hay lugar a la crítica y a la disensión? ¿Hay ahora más que antes?

Ahora, en estos momentos, hay mucho más espacio para la disensión. Mucho más espacio. No deja de ser cierto que Cuba es un país donde políticamente sólo puede haber asentada una postura, una militancia, es un país de partido único, el Partido Comunista, y las disidencias políticas pueden traer riesgos para las personas que las practican. Pero el hecho de que ahora mismo exista por ejemplo un grupo de blogueros, la más conocida es Yoani Sánchez, que hacen una actividad que es de cierta forma de oposición al sistema, demuestra que las cosas han cambiado, igual que que exista una novela como El hombre que amaba a los perros que se publique y se difunda, o que me concedan el Premio Nacional de Literatura. En el año ¿2007? pasó algo que es sintomático de hasta qué punto las cosas empezaban a cambiar e iban a cambiar en Cuba, y fue que aparecieron en la televisión tres personajes muy ligados a toda la política represiva con el mundo de la cultura que se practicó en los años setenta. Inmediatamente hubo una reacción masiva de los intelectuales cubanos, y esto llevó incluso a que el ministro de Cultura se reuniera con un grupo de intelectuales y les dijera que no se preocuparan porque las cosas no iban a volver a lo que había ocurrido en ese pasado de los años sesenta. Creo que ahora mismo, existen toda una serie de espacios inimaginables quince o veinte años atrás en los cuales se vierten opiniones diferentes. Hay por ejemplo dos revistas de la iglesia católica que se titulan con bastante abundancia, una se llama Palabra Nueva y sobre todo la otra que se llama Espacio Laical, que por ejemplo en el último cuatro intelectuales cubanos hablamos sobre lo que ha ocurrido con las reformas y cómo vemos el ritmo y el destino de las reformas que están ocurriendo en Cuba. Y son posturas realmente muy críticas las que mantenemos todos. Hace tiempo hubo una mesa de una revista que se llama Criterio, que es una revista de teoría literaria y estética fundamentalmente, sobre el espacio público en Cuba, y allí, en un espacio público, se dijeron cosas realmente muy fuertes, que en otros momentos hubieran sido causa de muchos problemas para las personas que las decían. No hay toda la libertad de expresión necesaria, creo que es necesario aumentar esas cuotas igual que es muy importante generalizar y facilitar el acceso a internet de las personas. No sólo por el sentido de la información, que es una parte de lo que ofrece internet, sino por toda la posibilidad de conocimiento, de encuentro, de reflexión que te puede permitir tener un acceso a otras miradas posibles de la realidad o del mundo. Pero bueno, creo que sí, que las cosas han cambiado en Cuba y espero que sigan cambiando, que sigan mejorando y que los espacios sigan creciendo.

Recordará la manifestación que hubo ayer en la Semana Negra; ese grupo de manifestantes que irrumpieron en la carpa en la que hablaba Joe Haldeman. En algún momento los manifestantes dijeron algo así como «Estáis aquí hablando de novela finlandesa mientras en está sucediendo lo que está sucediendo». ¿Hay parte de verdad en esto? ¿Es la literatura un poco la orquesta del Titanic, que toca mientras el barco se hunde?

Puede ser la orquesta del Titanic pero puede ser también la banda que toque La Marsellesa. Y creo que una parte de la cultura que se hace en estos momentos es la banda de La Marsellesa aunque la mayor parte es la orquesta del Titanic. Creo que en su libro sobre la cultura del espectáculo, Vargas Llosa reflexiona mucho sobre este tema a lo largo de varios años, y bueno, reunió estos trabajos en ese libro, sobre todo en lo que toca a la banalización de la cultura. O algo como lo que Paco Ignacio Taibo hablaba ayer de cómo en el mundo de la novela policial social norteamericana terminó triunfando el bestseller sobre la auténtica novela social. Pero siguen existiendo manifestaciones de la cultura que hablan de la realidad y lo hablan en términos que pueden resultar muy incisivos. En los mismos Estados Unidos, por ejemplo, una serie de televisión como The wire es de las cosas que yo he visto de las más desgarradoras y de las más desesperanzadoras sobre qué cosa es la vida en la sociedad norteamericana. Y creo que en todas las culturas siempre hay manifestaciones que de alguna forma están tocando La Marsellesa, porque aunque ya cueste trabajo hablar de escritor comprometido, o de artista comprometido, o del carácter social del arte, aunque suene un poco démodé, creo que esta función sigue existiendo, y que el artista se tiene que comprometer con su realidad y que el arte tiene que tener un carácter social. Yo creo que si me pones en la disyuntiva de calificar en estos momentos la mayor parte de la creación artística y literaria que se hace en Cuba, hablaría de una creación que de alguna manera está tocando La Marsellesa, que está hablando de la realidad, que se está introduciendo en los temas de la realidad, a veces con más profundidad, a veces con menos profundidad, a veces con más rigor, a veces con menos rigor, pero con la pretensión de que la cultura participe del debate nacional que se está sosteniendo. Esto pasa en la pintura, pasa mucho en el teatro, está pasando también en la literatura, en el cine, y tal vez menos en los medios de difusión porque son medios que pertenecen al Estado y que por supuesto responden a los intereses del Estado. Pero por ejemplo todo prácticamente el nuevo cine que se está haciendo en Cuba hubiera sido calificado hace unos años de contestatario, porque todos estos jóvenes realizadores tienen una mirada muy crítica con respecto a la realidad que se está viviendo en Cuba. Es decir, creo que todavía es posible que el arte toque La Marsellesa y no un vals mientras se hunde el Titanic.

Ya para acabar, recomiéndeme un libro. Uno que haya leído recientemente, o que le haya marcado en su vida; lo que prefiera.

De los libros que he leído en los últimos años, hay uno que me lo he leído dos veces a pesar de que tiene mil páginas, que me ha conmovido profundamente, que es Vida y destino, de Vasili Grossman. Creo que es uno de los libros más reveladores y contundentes que he leído en toda mi vida, y a pesar de que me lo leí hace cuatro años y me lo volví a leer hace dos, es un libro que me sigue palpitando dentro. Y afortunadamente, lo leí después de haber terminado de escribir El hombre que amaba a los perros, porque si no me hubiera complicado mucho la versión final de El hombre que amaba a los perros (risas).

1936. Tetas de monja con tomate

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El año 1936 aterrizó en España con toda su destructiva carga sutilmente profetizada en los trazos de sus cuatro cifras arábigas: en la irreconciliable simetría del 6 y del 9 aquello que Hegel llamaba la identidad de los opuestos, el enemigo mortal que todos somos en el interior de nosotros mismos; también la chiquita pero contundente elocuencia del rabo que apunta hacia arriba y el rabo que apunta hacia abajo, como resumiendo lo que sería un combate entre un arriba-Dios bajo el que postrarse y un abajo-tierra sobre la que erguirse —el cielo aquí y ahora—, pero también entre un arriba-sueños de redención y un abajo-cementerio de libertarios. En el 1 y el 3, torrentes de ideología condensados en el minúsculo espacio de un lema, con idéntica indefinición especular: el 1 podría ser el unilema Dios y el 3 el trilema Libertad, Igualdad, Fraternidad tal como el 1 podría ser el unilema Libertad y el 3 el trilema Dios, Patria, Rey. O el 1 podría ser la unificación forzosa de las distintas y con frecuencia enemigas fuerzas profascistas impuesta por el ya gobierno de Franco en 1937 y el 3 la insujetable pluriformidad del bando republicano, que perdió la guerra contra el fascio porque primero la tuvo contra sí mismo, y a todo a la vez no se puede estar.

El problema era de orden culinario. El progreso humano es un kilo de garbanzos; la historia de España, una colección de ollas mal cerradas. Unas, por lo poco: la excesiva rendija que deja escapar el vapor y duras las legumbres. Otras, por lo demasiado: el tupimiento del agujerillo por el que el vapor debe escapar y que provoca que éste, privado de sumidero por el que colarse, presione con creciente furia las paredes metálicas que lo constriñen y pueda provocar estallidos tremebundos y desgraciados si el incauto cocinero no lo evita. En 1936, cinco siglos de anticlericalismo mal drenado produjeron el último. Casi un siglo más tarde, los manchones de oscurantismo religioso siguen adheridos a un techo que nunca fue lavado.

Cuando la Segunda República Española fue proclamada en abril de 1931, corrió como la pólvora entre el pueblo alborozado una versión satírica del nuevo himno nacional: «Si las monjas y curas supieran / la paliza que les van a dar, / subirían al coro gritando: / “¡Libertad, libertad, libertad!”». Cinco años después, ya comenzada la guerra civil española, apareció en las paredes de un monasterio de San Adrián de Besós, en Cataluña, un curioso menú del día, pintado durante la noche por un anónimo miliciano de alguna de las organizaciones de izquierda que conformaban el bando leal al gobierno republicano. De primero se ofrecían tetas de monja con tomate o fascistas estofados. De segundo, salchichón de frailes o filetes de obispo. «Todo —maliciaba deliciosamente una indicación al final— a 0 pesetas». El cambio operado en tan solo un lustro era notable: el tono jocoso y eufórico no había cambiado, pero la propuesta de una simple paliza había dado paso a una perturbadora apología del descuartizamiento y el canibalismo. Sirviendo como enésimo argumento de la teoría de que el socialismo, en muchos casos, tan solo reemplazó de forma mimética al catolicismo —la procesión por la manifestación, la misa por el mitin, la Biblia por el Manifiesto, el cielo en el Más Allá por el cielo en el Más Acá—, el autor de la pintada se apropiaba del inmemorial tremendismo típicamente católico para hacerlo rebotar contra sus propios autores, amenazándoles con las refinadas torturas que éstos, a su vez, habían proferido siempre contra los infieles, los herejes, los apóstatas y los malos pagadores del diezmo. El infierno en el Más Allá por el infierno en el Más Acá. Aquí y ahora.

En otros lugares fusilaban santos de madera, o habilitaban cuadras y burdeles en las naves vacías de los templos requisados («Los templos no servirán más para favorecer alcahueterías inmundas. Las antorchas del pueblo las han pulverizado», proclamaba Solidaridad Obrera, el órgano de la anarquista CNT). Se hozaba en el sacrilegio con el mórbido placer de una violación en grupo a una reina destronada, y la innombrable ansiedad de emplear la cuchillada o la embestida sexual o el terror que relaja los esfínteres para demostrar al mundo, pero sobre todo para demostrarse a uno mismo —tal vez porque nunca llegara a creerse del todo—, que el interior revelado del monarca contiene y derrama los mismos fluidos esenciales que el del campesino o el obrero fabril que lo despresa. La misma creatividad latía en todo el espectro entre lo sádico y lo chirigotero: se crucificaba a sacerdotes coronados de espinas y se empleaban los cálices como aguamaniles para mojar la brocha de afeitar.

Para regocijo de quienes desde entonces comenzaron a utilizar términos aparatosos como genocidio u holocausto para nombrar lo sucedido, y a alimentar la mitología martirial que está detrás de la canonización industrial de miles de sacerdotes españoles por sucesivos pontífices vaticanos, dice el intachable historiador inglés Hugh Thomas que «en ningún momento de la historia de Europa, y quizás incluso del mundo, se ha manifestado un odio tan apasionado contra la religión y todas sus obras», y probablemente no mienta.

Pero existe en las selvas ecuatoriales sudamericanas un sorprendente pájaro, el colibrí picoespada, dotado de un vertiginoso y finísimo pico de diez centímetros de longitud, más grande que el propio cuerpecillo del ave, que no alcanza el decímetro. El caso hubiera fascinado a Darwin: la razón de semejante desbarajuste es la pasionaria trinervia, una esbelta flor de pétalos rosáceos de cuyo néctar se alimenta el colibrí, y que a lo largo de los milenios ha ido siguiendo una lenta evolución paralela a la de su Némesis. Sus pétalos, muy largos y estrechos, se cierran para formar un angosto tubo en cuyo fondo descansa el néctar, y son un negativo perfecto del pico del pájaro. Cada centímetro evolutivo arañado por el pico ha provocado una paralela ganancia de otro centímetro por los pétalos de la pasionaria trinervia. La flor explica al pájaro, y el pájaro explica a la flor, en un hermoso ejemplo de cómo funciona el universo. Un observador avispado podría deducir al pájaro contemplando la flor, y deducir la flor contemplando al pájaro. Cabe, y podría replicársele a Thomas, preguntarse qué deduciria un observador avispado de la imagen del menú del día de aquel monasterio aquella mañana de 1936 en San Adrián de Besós. Cuál es el negativo.

Buscarle vueltas a la pasmosa serendipia de que la flor testaruda e indomeñable se llame pasionaria sólo debe considerarse un banal entretenimiento. Más miga filosófica la tiene la pregunta de si es más violento el picotazo succionador del pájaro o la capacidad intrínseca de las flores de matar de hambre a toda una generación de colibríes picoespada aumentando al unísono y sin avisar la longitud de sus pétalos en un nuevo puñado de milímetros.

1908. La bisagra Tolstói

1908. Tolstói

Colocadas la una sobre la otra, la lista de novelas escritas por Lev Tolstói y la de películas basadas en su obra, con los años de publicación o rodaje marcados entre paréntesis, producen un curioso efecto óptico. Las dos listas tienen extensiones muy similares; y en la primera lista, todos los años comienzan por el número 18, tal como en la segunda todos los años comienzan por el número 19. La última novela publicada por Tolstói, Resurrección, lo fue en 1899. La primera película basada en alguna de sus obras —un cortometraje mudo, británico, de doce minutos de duración— fue la propia Resurrección, en 1909. Las dos listas, pues, remedan una especie de bisagra en la que Resurrección fuera el gozne, y los dos siglos más trepidantes de la historia humana las dos hojas. Partiendo del gozne, los años de la lista de novelas parecen despeñarse hacia atrás: 1899, 1898, 1894, 1891, 1889…; y los años de la lista de películas parecen despeñarse hacia delante: 1909, 1911, 1914, 1915, 1918… Como si hubiera sabido que algunos hombres ilustres dan en convertirse al mismo tiempo en box y en jinete del siglo que cabalgan y contienen; como si hubiera sabido que él mismo estaba llamado a ser uno de esos hombres-siglo, Tolstói dejó de escribir en el mismo preciso instante en que su siglo expiraba, y en que en el salón indio del Grand Café, en el bulevar de las Capuchinas de París, los hermanos Lumière iniciaban la explotación comercial de su cinematógrafo proyectando para una maravillada concurrencia imágenes de obreros saliendo de una fábrica. Probablemente nadie previese entonces que aquel intrascendente divertimento iba a ser el gran tótem cultural de la centuria que comenzaba, tal como la novela lo había sido de la centuria agoniante; sin embargo, los acontecimientos se desarrollaron tal como si hubiese sido así: la edad del cinematógrafo sucedió a la edad de Tolstói con la caballerosidad de un joven ambicioso e impaciente que, en cambio, tuviera la delicadeza de aguardar fuera y sin apremiarle a un predecesor anciano que, sabiéndose acabado, hubiera dimitido para no endosar a nadie el mal trago de despedirle, y con melancólica parsimonia fuera guardando en una caja de cartón sus objetos personales a fin de desocupar el despacho que aquél fuese a heredar. El cinematógrafo esperó a que Tolstói falleciese para declarar abierta la veda de las adaptaciones, a pesar de que Tolstói viviese todavía para ver los primeros diez años del siglo nuevo. En este acto de elegancia simétrica, Tolstói cumplió su parte del trato recluyéndose a esperar la muerte en una discreta clausura de papa emérito, entre los grandes árboles del jardín de la casa de campo en la que había escrito Guerra y paz y Ana Karénina.

Un día recibió una carta. La escribía el científico e inventor Serguéi Prokudin-Gorski. Decía: «La fotografía “en color natural” es mi especialidad; tal vez usted conozca mi nombre por la prensa. Después de años de estudio de las propiedades del bromuro de plata he alcanzado excelentes resultados en la correcta representación de los colores. Ahora que mi método fotográfico no requiere más que uno o dos segundos, me permito solicitarle permiso para visitarle durante uno o dos días (teniendo en cuenta su estado de salud y el tiempo) a fin de tomar varias fotografías en color de usted y de su mujer. Considero que fotografiarle a todo color, en su ambiente natural, proporcionaría un gran servicio al mundo entero. Estas imágenes son eternas. No cambian. Ningún otro proceso puede alcanzar estos resultados. Lev Nikoláyevich, si desea hacerle este favor, no sólo a mí, sino a todos sus innumerables admiradores, permítame entonces visitarle antes del 2 de abril, pues el 5 de abril debo acudir a un congreso químico en Londres. Si fuera imposible, tal vez podría llegar durante la primera mitad de junio. Como ya he mencionado, sólo necesito entre uno y tres segundos para tomar la fotografía, por lo que no será muy fatigoso para usted.».

La primera fotografía en color de la historia de Rusia, tomada el 23 de mayo de 1908, demuestra que Tolstói, tal vez espoleado por un leve pinchazo de vanidad, accedió a la petición; pero los ojos del ya octogenario escritor, que miran a cámara con malhumorada desconfianza, e incluso una cierta impaciencia que como apremia al fotógrafo a que acabe rápido y se largue, parecen evidenciar, a su vez, que más tarde se arrepintió de haber permitido a Prokudin aquella pequeña invasión de su enclaustramiento.

La carta de Prokudin, por otro lado, prueba que las primeras veces de todo, sabiéndose aquejadas del vértigo de la inmortalidad, se escogen con el mismo tiento con que se seleccionan los objetos que se guardan en esas urnas de metacrilato que solemnemente se colocan, a modo de primera piedra, en los cimientos de los edificios. Somos lo que queremos ser en una cápsula del tiempo. En una encontrada en Madrid en 2009, que databa de 1835, había una magnífica edición del Quijote, pero no la gruesa almohadilla con forma de dónut que, cuentan, el rey Fernando VII, aquejado de una severa elefantiasis genital, debía colocarse en la base del pene para no empalar a sus cuatro reinas en los fragores del fornicio; ni las enaguas manchadas en las que, cuentan, la jovencísima María Amalia de Sajonia —dieciséis años— se orinó y se defecó encima durante su noche de bodas a causa del terror provocado por la contemplación del monumental badajo del rey de las Españas.

Así, no es casual que en la primera película francesa hubiese obreros y una fábrica, ni que la primera fotografía rusa en color fuese el retrato de un gran literato. Y por supuesto, tampoco lo es que la primera película española fuese la salida de los feligreses de la basílica del Pilar de una misa de doce.

1990. Un punto azul

1990. Punto pálido azul

A más de quince mil millones de kilómetros de distancia —quince millones de veces mil kilómetros, vertiginosos cuando uno se imagina multiplicados por quince millones aquellos viajes de diez horas entre Gijón y Benidorm apretujado entre sus hermanos en la parte de atrás de un viejo Renault 5 de maletero rebosante—, la sonda Voyager 2 continúa, sin prisa pero sin pausa, flotando lánguida y solemne contra un fondo negro cuajado de estrellas, un solitario viaje sin rumbo ni final hacia las profundidades abisales del universo conocido. Chapotea ya en la heliofunda, la cáscara de gas cuatro veces más ancha que la órbita de Neptuno que es la frontera última de nuestro sistema solar, y que Ed Stone, científico del proyecto Voyager, compara con el flujo del agua de un grifo en el interior de un fregadero. «El punto donde el flujo de agua impacta contra el fondo —explica Stone—, eso es el Sol. Desde allí, el agua fluye hacia el exterior formando una fina y perfectamente radial extensión de agua: eso es el viento solar. A medida que la capa de agua (o el viento solar) se expande, se hace más y más delgada, y ya no puede presionar con la misma energía. De repente, se forma un flojo anillo turbulento. Ese anillo es la heliofunda».

Ahí, en ese Benidorm galáctico que la luz emitida desde la Tierra tarda unas veinte horas en alcanzar, bracean los dos Voyager, monitorizados por la decena de investigadores de la NASA que aún se ocupa de escuchar sus cada vez más débiles emisiones. Para 2020, calculan, las Voyager habrán enmudecido definitivamente, pero seguirán viajando, mecidas como veleros abandonados por ignotas galernas interestelares.

En el interior de las dos sondas fueron colocados dos discos gramófonos de oro, con grabaciones de sonidos e imágenes de la Tierra seleccionadas por un comité de expertos dirigido por el popular cosmólogo y divulgador Carl Sagan.

La Música de las esferas de Kepler, La consagración de la primavera de Stravinsky, la quinta sinfonía de Beethoven, El cóndor pasa, el Johnny B. Goode de Chuck Berry, una selección de percusión senegalesa, una canción de iniciación para las niñas pigmeas, varios cantos tribales polinesios, la sirena de un barco, el rugido de un tractor, los balidos de un rebaño de ovejas, el aullido de un lobo, la risa humana y un mensaje en código Morse fueron considerados adecuadamente representativos de la riqueza sonora de nuestro planeta e incluidos en los discos. Respecto a las imágenes, fueron elegidas ciento dieciséis, entre ellas la de una abarrotada calle paquistaní, la de la construcción de una casa amish, la de una vendimia francesa, la de un ciclista soviético, la de Jane Goodall y sus chimpancés, un mapa anatómico de los órganos sexuales humanos, y una hermosa estampa de un río de Wyoming corriendo entre bosques de pinos ante una fila de cumbres nevadas recortadas contra un cielo cuajado de nubes de tormenta. Jimmy Carter y Kurt Waldheim, presidente de los Estados Unidos y secretario general de la ONU en aquel momento respectivamente, grabaron sendos discursos dirigidos a las hipotéticas sociedades extraterrestres que podrían encontrar el mensaje. El de Carter dice: «Éste es un regalo de un pequeño y distante mundo, una muestra de nuestros sonidos, de nuestra ciencia, de nuestras imágenes, de nuestra música, de nuestros pensamientos y de nuestros sentimientos. Esperamos que algún día, después de haber resuelto los problemas que enfrentamos, podamos unirnos a una comunidad de civilizaciones galácticas». El de Waldheim es una declaración de paz que algunos denunciaron como siniestramente incoherente con el pasado nazi del speaker.

Los buenos días en más de cincuenta idiomas vivos y muertos —de la a de acadio a la uve doble de wu— y una declaración en esperanto de la voluntad de vivir en armonía con todos los pueblos del cosmos redondearon lo deliciosamente absurdo de la selección. Here comes the sun, de Los Beatles, no fue añadida a ella porque, aunque los componentes del ya exquinteto se mostraron entusiasmados con la idea, la discográfica EMI se opuso. Parece ser que los derechos de autor sobrevivirán a la humanidad.

Veintitrés años y nueve mil millones de kilómetros después, detenido en la primera de las tres o cuatro aduanas astronómicas que marcan la frontera entre los dominios del Sol y los del resto del universo, el Voyager se detuvo y se dio la vuelta, como un Orfeo de hojalata, para fotografíar un amplio sector del cosmos en el centro del cual titilaba tímidamente una minúscula luciérnaga azul, de 0,12 píxeles de diámetro. La imagen fue tomada con el filtro más oscuro y la exposición más corta posible (unos cinco milisegundos) a fin de que la luz solar, poderosa aun a tales distancias, no la velase. En aquel mismo momento, en el velódromo de Horta, en Barcelona (España), la quinientosbillonésima parte de dicho punto azul —la quinientosbillonésima parte de la décima parte de un píxel— deleitaba a los asistentes a su concierto arrancando un famosísimo guitarreo antes de comenzar a cantar que en lo más profundo de Luisiana había una cabaña hecha de tierra y de madera en la que vivía un chico de pueblo que nunca en su vida aprendió a leer ni a escribir, pero que podía tocar la guitarra como quien repica una campana.

1961. Uróboros

1961. Tristan da Cunha
En la página 50 del diario Abc del 13 de octubre de 1961, un anuncio grande y llamativo ocupa toda la columna central. Los nombres de Dean Martin, Jerry Lewis y Anita Ekberg, marcados en negrita, se disponen uno sobre el otro bajo un llamativo titular que dice: «PRÓXIMAMENTE», y «UN GRAN ACONTECIMIENTO». Debajo de los nombres hay un dibujo en el que dos caras masculinas, las de Martin y Lewis, ríen aparatosamente al lado de una escultural mujer representada de cuerpo entero, Ekberg, que se agarra la melena con una mano y la cadera con la otra y esboza con los labios y los ojos un gesto provocativo. Debajo de éste, el título de la película está escrito en español en gruesas letras de molde: «LOCO POR ANITA», y en inglés en letra chiquitita: «Hollywood or Bust». Director, Frank Tashlin. Technicolor. Vistavision. Autorizada a mayores de dieciséis años.

A ambos lados de dicha columna se disponen otras dos, éstas con texto. Toda la columna izquierda la ocupa una única noticia: «Bodas de plata episcopales de monseñor Modrego». La segunda columna se abre con el final del artículo sobre Modrego y se completa con tres pequeños breves: «El cardenal Ottaviani en el Valle de los Caídos» y «Jefe de prensa del concilio ecuménico» —referente al reciente nombramiento de monseñor Fausto Vallainc para tal cargo— cierran la información religiosa del día y redondean lo divertidamente inapropiado de la presencia del trasero respingón y los morritos fruncidos de la Ekberg en medio del asunto. El espacio sobrante, apenas veinte líneas de seis palabras cada una, se rellena con la siguiente información: «LA ISLA TRISTAN DA CUNHA, EN TRANCE DE DESAPARECER. Ciudad del Cabo 12. Los 300 habitantes de Tristan da Cunha, sacudida por la erupción del volcán, se dirigen hacia tierra firme, para ponerse a salvo a bordo del trasatlántico holandés “Tjisadane”. Tienen muy pocas esperanzas de poder regresar nunca a su isla. La lava amenaza con destruir la isla y se halla a punto de alcanzar ya a las casas. Noticias no confirmadas señalan que la parte oriental de la isla se está resquebrajando. Son muchas las cabezas de ganado vacuno y ovejas que han quedado abandonadas en la isla. Los evacuados se han visto obligados a abandonar también la mayor parte de sus bienes. Efe.»

Mientras tanto, aquel mismo día, la catedral de Saint George de Ciudad del Cabo (Sudáfrica) se ve incapaz de acoger a la multitud de hombres, mujeres y niños que se agolpa en su interior. Varios feligreses se ven obligados a quedarse fuera. Los que han conseguido entrar, sentados o arrodillados, oran con fervor. Algunos son anglicanos; otros, católicos, pero lo desesperado de la situación torna irrelevante el quítame allá esas pajas de Enrique VIII y Clemente VIII. Reunidos en el dolor y la incertidumbre compartidos —vienen de abandonar, en medio de la noche, sus casas de siempre y de abalanzarse sobre un trasatlántico holandés con toda la prisa de quien corre ante un reguero de lava—, los habitantes de la isla habitada más remota del planeta Tierra rezan juntos, ajenos al fotógrafo de la revista Time Life que, discretamente apostado en un lateral del templo, captura una instantánea, de cierto aire apocalíptico, de un mar de cabezas inclinadas estirado hacia un punto de fuga truncado por uno de los muros de la catedral. Ninguno de los rostros llorosos escapa al ocultamiento por un par de manos crispadas, y ello parece subrayar que, como en una Fuenteovejuna o en unas Termópilas atlánticas, los trescientos de Tristán, atacados por un agresor externo que los desborda en envergadura y que no es tanto el volcán como el mundo exterior cuyos vaivenes desconocen y al que acaban de ser arrojados, han fusionado sus personalidades particulares en una única alma, en un único ser que reza y que suplica.

Entre todos suman sólo siete apellidos, pero una ley isleña no escrita prohibe los matrimonios entre primos hermanos, y un aporte regular de náufragos ha permitido ir refrescando de tanto en tanto el acervo genético de la isla. Los Lavarello y los Repetto descienden de dos marineros genoveses que dieron con sus huesos en Tristan da Cunha a finales del siglo XIX, cuando su bergantín hizo aguas en un punto indeterminado del Atlántico sur. De Estados Unidos habían llegado en 1850 los iniciadores de las sagas Hagan y Rogers, y a otro náufrago decimonónico, este holandés, deben su origen los Green. Ni Jonathan Lambert, el pirata fugitivo que, en busca de un legendario tesoro escondido, inició la colonización de la isla autoproclamándose emperador de Tristan da Cunha allá por 1811, ni ninguno de sus seis hombres, dejaron descendencia, porque los mató una desaforada afición al ron, pero sí lo hicieron dos de los soldados que llegaron a la isla en 1816 con el fin de apresar a Lambert, y que decidieron quedarse a vivir allí: William Glass, oriundo de Escocia, y Thomas Swain, de Hastings (Inglaterra), que fallecería en 1862 a la venerable edad de ciento dos años. La comunidad tristaniana es una especie de balsa construida con pedazos de madera regurgitados por el océano, provenientes de barcos de todas las banderas; algo como el «rompeolas de todas las Españas» que decía Miguel Hernández que era Madrid, pero a otra escala que fuera al mismo tiempo más grande y más pequeña: grande como el mundo y pequeña como un islote volcánico de doscientos kilómetros cuadrados a tres mil kilómetros de Ciudad del Cabo y a otros tantos del Río de la Plata. En 1961, la conforman esos trescientos tristanianos. Concentrados en un único asentamiento denominado Edimburgo de los Siete Mares, obtienen su subsistencia de la pesca y del cultivo de los huertecillos de patatas que se arraciman contra el extremo occidental de la isla, al borde de una costa en la que no es inusual encontrar focas y pingüinos y sobre la estrecha rasa litoral que se extiende al pie del volcán. A éste, los tristanianos, como los bulneses al legendario Naranjo de Bulnes, lo llaman sencillamente The Peak. El Pico.

Pronto, los atribulados tristanianos serán nuevamente evacuados. Los montarán en un barco correo británico, el Stirling Castle, los llevarán a Gran Bretaña y los ubicarán en un pequeño poblado de cabañas de madera levantado ex profeso en Calshot, un pueblecito a las afueras de Birmingham. Permanecerán dos años allí, pero jamás lograrán adaptarse. En abril de 1963, una primera tanda de tristanianos decidirá ignorar las severas reconvenciones de las autoridades británicas —la idea era que el traslado a Calshot fuera permanente—, abandonar la metrópoli y regresar a casa, dispuestos a levantar una nueva Arcadia subantártica sobre los escombros humeantes de la anterior. El barco que los devuelva a casa trazará con su estela una línea nueva en la ancestral enumeración de reediciones humanas del mito del eterno retorno, la cíclica cadena de muerte y resurrección que los antiguos griegos representaban como una serpiente mordiéndose la cola a la que llamaban uróboros, pero que tal vez sería más apropiado relacionar con esa misma lava que destruye construyendo, pues cuando se enfría pasa a ser el material a partir del cual se tallan los adobes de la reconstrucción. Sin embargo, la epopeya tristaniana la glosará el Abc con la misma brevedad con que convirtió su tragedia en un telegrama prendido de la sotana del cardenal Ottaviani. En la época de la reconstrucción de Alemania no comprenderá, porque jamás ha comprendido el ser humano las leyes de la proporcionalidad, que una hormiga arrastrando una miguita de pan por el canto de un bordillo tan admirable es como Sísifo y su piedra y su colina.

Cuando muchos años más tarde, tantos como cincuenta, Sarah Glass, la hija del bebé que mira el entorno con ojos desconcertados en la esquina inferior izquierda, obtenga una beca para estudiar periodismo en las islas Malvinas, y una compañera del Tristan Times le pregunte en una entrevista si volverá, Sarah explicará mejor que nadie todo esto. Lacónica, solemne, contestará: «You can take an islander off an island, but you can’t take an island out of an islander», que en castellano quiere decir: «Puedes sacar a una isleño de una isla, pero no puedes sacar a una isla de un isleño».

1978-1993. La virtud y el pecado

1983 y 1987. Wojtyla, Cardenal y Pinochet

En 1993 hubo elecciones generales en España. En aquella convocatoria, una vez más —sería la última—, el desbordante carisma andaluz de Felipe González se bastó a sí mismo para imponerse a las predicciones de todas las encuestas y a las decenas de casos de corrupción que salpicaban al gobierno socialista, y añadir una legislatura más a las tres que el abogado de Sevilla —la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta— llevaba ya instalado en el palacio de la Moncloa. Aún así, nadie gobierna impunemente, ni siquiera en España: aquélla fue una victoria ajustada, 159 escaños que no amarraban la mayoría absoluta que el parlamento español concede a quien obtenga al menos 176. Tal y como suele suceder, en 1993 el desgaste de la izquierda gobernante en creciente descafeinamiento trajo aparejado el engorde de otras opciones rivales y más puras. Izquierda Unida, el feliz conglomerado tipo táctica de la sandía («verde por fuera, rojo por dentro») a cuyo abrigo hiberna el Partido Comunista de España, alcanzó aquel año, con otro desbordante carisma andaluz como timonel, un techo electoral sólo superado en 1996, cuando, esta vez sí, Felipe González fue descabalgado por José María Aznar. Como segunda reacción, también muy frecuente en momentos en los que España no es una nación por la que sea fácil sentir orgullo, varias regiones del país enviaron a Madrid un nutrido ejército de diputados representantes de diversos grados de autonomismo. Uno de ellos fue un veterano sindicalista vizcaíno llamado Jon Idigoras. Su partido, Herri Batasuna, constituía la vertiente más radical del nacionalismo vasco y pasaba por ser el brazo político de ETA, la activa banda terrorista cuyos secuestros y asesinatos turbaban el sueño de los españoles desde finales de los años sesenta. Su siniestra edad dorada había pasado con el primer lustro de los ochenta, varios éxitos policiales y la pérdida de apoyo social provocada por masacres como la del Hipercor de Barcelona de 1987 —veintiún muertos—, pero en 1993 ETA seguía estando muy viva: sus víctimas mortales sumaban ya once —siete de ellas en un único atentado contra un furgón militar— en julio de 1993, cuando, unas semanas después de las elecciones, el rey Juan Carlos I inició, como decreta una de esas intrascendentes formalidades que todas las constituciones ordenan, una ronda de contactos con los portavoces de cada uno de los partidos políticos que habían alcanzado representación parlamentaria. Jon Idigoras era uno de ellos.

El encuentro tenía su morbo, y no defraudó las expectativas en este sentido: El País del día siguiente no desaprovechó la oportunidad de recalcar que, si bien tal tipo de encuentros solían durar más de media hora, Juan Carlos despachó a Idigoras en menos de ocho minutos, y que el rey advirtió al diputado electo que sólo lo recibía «por mandato constitucional». La postura del monarca fue universalmente aplaudida; concurría a ello el carácter de epítome del Mal que nunca resultó muy difícil otorgarle a ETA y el cierto curiosísimo equilibrismo en la cuerda floja de la contradicción que en el elogio a Juan Carlos siempre ha existido entre alabar al mismo tiempo su neutralidad y sus parcialidades. Si consisten en ponerle cara de perro a Jon Idigoras o a Hugo Chávez, decretan los mismos propagandistas que moderan y matizan ante la barbarie franquista la virulencia sin fisuras que muestran ante la barbarie etarra, las canitas al aire del soberano no sólo son perdonables, sino también aplaudibles. Al rey, explican, no se le puede pedir que sea una máquina sin opiniones y sentimientos; también él tiene su corazoncito que sufre como el de todos cuando se pisotea la democracia que a su labor y a su valor debe España.

Quince años antes de aquello, los reyes de España visitaron Argentina. Corría el año 1978 —el año del mundial de fútbol celebrado en aquel país y al cual algunos futbolistas europeos se negaron a acudir como acto de protesta frente a los crímenes de la dictadura presidida por el general Jorge Rafael Videla— y durante aquella visita, de dos días de duración, la dictadura se cobró las vidas, mediante torturas ilegales según sus propias leyes, de diez prisioneros políticos: Alfredo Antonio Giorgi, Carlos Santiago Mires, Tito Denia, Lucy Laczik de Poblete, Hugo Alberto Merolo, Claudia Victoria Poblete Hlaczik, Pepe Poblete Roa y Marta Inés Vaccaro de Denia.

Del encuentro entre Juan Carlos y Videla se conservan varias fotografías. Una de ellas muestra al dictador concediendo un premio al monarca, que lo recibe devolviendo a aquél una sonrisa cálida y amable. No se tomó ninguna del encuentro con Idigoras, pero sí de una audiencia muy similar celebrada en 2011 tras otras elecciones generales, en las que un nuevo partido independentista vasco relacionado con ETA obtuvo siete escaños. El portavoz en esta ocasión fue Xabier Mikel Errekondo, pero la reacción de Juan Carlos fue esencialmente la misma que la de 1993: una frialdad extrema y un gesto de desprecio perfectamente calculados. También lo fue la de la prensa. Firmeza ante el terror fue, palabra arriba palabra abajo, el titular estándar.

En 1983, otra anécdota sucedida en otra visita oficial a otro país latinoamericano de otro monarca tenido por adalid de la democracia en el santoral oficial fue transformada en otros titulares repletos de derivaciones de la palabra «firmeza» por otros entusiastas periodistas. Sucedió en el aeropuerto de Managua, recién descendido el papa católico Juan Pablo II del avión que lo llevaba a Nicaragua, en uno de aquellos viajes pastorales que lo hicieron acreedor del epíteto de «papa viajero». Nicaragua había dinamitado cuatro años antes una antiquísima dictadura familiar, mediante una de esas coloristas revoluciones tropicales que tantas vocaciones bolcheviques han salvado de la congelación provocada por la frialdad despótica de los experimentos asiáticos. Eran años convulsos y fecundos, y una nueva corriente cristiana, la teología de la liberación, que reunía en su seno a Marx y a Jesucristo en una reivindicación revolucionaria del regreso del cristianismo a la pureza de sus orígenes cuyo poder de seducción nunca ha muerto del todo, recorría de arriba abajo el continente como el fantasma del comunismo en el Manifiesto de Marx y Engels. Una de sus figuras más señeras era un sacerdote nicaragüense cuyo propio nombre —estas felices casualidades existen— era en sí mismo todo un manifiesto: Ernesto Cardenal. Cardenal apoyó la revolución y en 1983 fungía como ministro de cultura del gobierno sandinista, sumergido entonces en un ambicioso proyecto de reformas sanitarias, educativas y agrarias. La humillante imagen de Cardenal agarrando su boina entre las manos con una sonrisilla nerviosa, arrodillado en el aeropuerto de Managua ante su jefe supremo y siendo duramente abroncado por él, dejó perplejo al mundo —era, al fin y al cabo, tanto la imagen de un jefe reprendiendo a un subordinado como la de un monarca absoluto extranjero reprendiendo a un alto cargo de una nación democrática—, pero fue rápidamente justificada por los apologetas del asunto: el papa, nacido en Polonia y buen conocedor de los horrores del comunismo soviético, no podía permitir semejante contubernio con las huestes de Satán de una porción tan grande de su propia iglesia.

Cuatro años después, Juan Pablo II hizo una visita al Chile de Augusto Pinochet de la que quedan varias fotografías de ambos líderes charlando con aire amable y distendido, como dos apacibles ancianos intercambiando recuerdos, pero ninguna del dedo índice erguido del papa subrayando un apasionado J’accuse contra un Pinochet postrado de hinojos. Ni siquiera ninguna del vicario de Cristo estrechando con asco la mano del asesino de treinta y cinco mil chilenos.

Decía Quevedo que «la hipocresía exterior, siendo pecado en lo moral, es grande virtud política», pero cabe decir en descargo de los retratados que en estas imágenes —que, yuxtapuestas, dos en blanco y negro y dos en color, producen un curioso efecto de simetría—, ni Juan Carlos de Borbón ni Karol Wojtyła están siendo hipócritas en absoluto. «Hipocresía» proviene del griego ὑπόκρισις, que significa «fingimiento», y en ninguna de las cuatro fotografías hay nadie que esté fingiendo.

Hipócritas son los otros. Los propagandistas. Los apologetas del asunto.

1923. La marca del ángel

1923. Amundsen

Existe una antigua leyenda sufí según la cual antes de venir al mundo, cuando nadamos en el feliz aislamiento del vientre materno, los seres humanos conocemos el número exacto de las estrellas del firmamento y el de los granos de arena de todas las playas del planeta; lo sabemos todo acerca de los mares y de los cielos y de la historia del hombre, y poseemos las respuestas a todos los arcanos y misterios que espolean la imaginación de la humanidad desde hace milenios. Somos omniscientes, y lo seguimos siendo todavía durante algún tiempo después de nacer, hasta que arrancamos a hablar. En ese momento, un ángel invisible desciende sobre nosotros, nos sella la boca con su dedo índice y extrae mediante él, como con un aspirador, todo el conocimiento almacenado en nuestras cabecitas, mientras nos susurra al oído: «¡Ssshh! ¡No cuentes lo que sabes! ¡Olvida! ¡Aprende!»

Los sabios sufíes enseñan que esta circunstancia explica dos cosas: la primera, que no seamos capaces de recordar nada de los primeros compases de nuestras vidas; la segunda, la pequeña muesca que todos los hombres poseemos entre la nariz y el centro del labio superior: ahí, cuentan, en esa hendidura tan inútil como un ombligo, es donde el ángel apoyó su dedo.

Cierto día de invierno de 1872 ó 1873, en una pequeña aldea no lejos de Oslo, Gustava Sahlquist Amundsen no vio, mientras mecía la cuna de su hijo de pocos meses, cómo el ángel luterano precipitado sobre ella hubo de emplearse a fondo para lograr callar al pequeño. En 1923, recién sobrepasado el medio siglo de vida, el rostro entre flemático y soberbio del conquistador del polo sur aún llevaba grabadas en el rostro las huellas de aquella primera pelea infantil contra lo imposible. Una leve bizquera, y el párpado derecho mucho más grueso y caído que el izquierdo, señalan el lugar del soberano puñetazo que el enviado de Dios se vio obligado a propinarle al bebé, que se resistía al silenciamiento mordiéndole el dedo al querube. En el mentón, un rosario de surcos delata las heridas recibidas. Y la marca. La marca es angosta, profunda y kilométrica como el paso del noroeste, el peligroso atajo hacia Extremo Oriente cuya apertura a través del helado septentrión de Norteamérica es la línea más desconocida del currículum de Roald Amundsen. El ángel, al fin domeñado ya el rabioso Roald, debió de hundir con auténtica furia el dedo en los labios del niño. La marca, más que una concavidad natural del cuerpo humano, parece una cicatriz.

Las religiones asiáticas fundamentadas en la idea de reencarnación aseguran que siempre quedan trazas de las vidas anteriores sutilmente diluidas en la vida presente; algo así como el regusto a aceite de oliva que imprimiría al aceite de girasol una botella del primero vaciada y rellenada con el segundo. Que quien fue pez siempre tendrá un particular interés por el mar siendo humano; del mismo modo que a quien fue pájaro probablemente le agraden especialmente los espacios abiertos y elevados y tenga mayor propensión de lo normal a acabar fungiendo como aviador. En el budismo lamaísta, la reencarnación del lama muerto es rastreada por todas las reconditeces del Tíbet siguiendo el mecanismo de acercar a cada bebé candidato a nuevo lama objetos vinculados al líder fallecido, y escrutar con atención las reacciones del pequeño a los mismos en la esperanza de que algún gesto característico delate la conexión. De todo queda siempre algo. A Amundsen, sin que él supiera por qué, aquella sabiduría arrebatada con dolor le empañó la personalidad con el aliento de una ansiedad irresistible, temeraria, suicida casi, por conocerlo todo; y estampó en ella el sello de competitividad voraz que tan apetecible haría su figura, décadas más tarde, para directores de campañas de márketing contratados por entidades bancarias y enfrentados al vertiginoso reto de tornar respetables los latrocinios de sus clientes. Amundsen es el paradigma del emprendedor.

En 1909, resuelto a convertirse en el primer ser humano en hollar el hielo del polo norte, Amundsen movió hilos y recaudó fondos a fin de fletar un barco, el Fram, que le permitiese alcanzar tal hazaña, pero cuando Robert Peary anunció, poco después aquel mismo año, que él mismo acababa de plantar las barras y las estrellas de los Estados Unidos de América en el lugar, Amundsen viró bruscamente el timón: el Fram se dirigiría al polo sur. Hoy, Noruega linda con Australia gracias a la insólita conquista de Amundsen, que el 14 de diciembre de 1911 sorprendió al mundo —no había avisado a nadie, ni siquiera a la mayor parte de sus propios marineros, del cambio de planes— venciendo al británico Robert Falcon Scott en una carrera de perros groenlandeses contra caballos mongoles hacia el centro de la Antártida. Como aperitivo de todo esto, tuvo tiempo de abrir, en 1903, el desgraciado y ya mentado paso del noroeste, cementerio canadiense de centenares de exploradores durante el siglo XIX, en otro velero comprado por él. Como postre, hizo lo propio en 1918 con el paso del nordeste, en Rusia, si bien en esta gesta ya lo había adelantado décadas antes su compatriota Adolf Erik Nordenskiöld.

Años más tarde, después de que una densa lluvia de dudas fuera mojando el papel del relato de Peary, e incluso el de su competidor, Frederick Cook, y el premio de hollador del polo norte pasase a declararse vacante, Amundsen tampoco se lo pensó dos veces. En los albores de la aviación, obtuvo el diploma de piloto, fletó un dirigible, el Norge, y a bordo suyo, en compañía de una decena de hombres noruegos e italianos, añadió a su palmarés el título, otro más, de primer visitante de los dos polos de la Tierra. A esa época corresponde la fotografía de su venerable cabeza ya canosa envuelta, casi colocada sobre ellas como un trofeo de caza, en las pieles con las que los esquimales le enseñaron a abrigarse. De vuelta en Europa, Umberto Nobile, uno de los italianos, protagonizó un escasamente elegante cruce de acusaciones con Amundsen al respecto de a quién le pertenecía el honor de haber liderado aquella expedición, y decidió resarcirse de la condición de segundón montando la suya propia. Cuando llegaron a él las noticias de que Nobile se había extraviado y permanecía en paradero desconocido, Amundsen, en el último de sus grandes arrebatos, se arrebalgó al hidroavión Latham y partió en su búsqueda.

Tiempo después, uno de los salvavidas del aparato fue encontrado meciéndose al compás de las olas frente a las costas de Tromso, al norte de Noruega, como un mudo mensajero de la catástrofe. Umberto Nobile fue encontrado sano y salvo y vivió para contarlo nada menos que medio siglo más de vida, pero del cadáver de Amundsen jamás se supo nada. Corría el año 1926 y su caída desde las nubes del círculo polar hasta el infierno helado del mar de Barents, esa reedición ártica del mito de Ícaro que uno no puede imaginarse de otro modo que en slow motion; ese desplome melancólico y solemne que clausuraba, tal vez sin que el propio Amundsen, fulminado por el infarto que dicen que sobreviene cuando uno se despeña, lo supiera, la última página del milenario libro de bitácora de la exploración de la Tierra, tampoco la presenció nadie.

Su madre siempre quiso que estudiara medicina.