Presagio

por Pablo Batalla Cueto

Se podría pensar, se piensa a veces, de una manera inconsciente que revela la fuerza de cierta propaganda, que la gente acomodada es o suele ser más refinada, más culta, más elegante. Tendría mucho sentido que así fuera: el dinero, además de la felicidad, también compra una mejor educación y una mejor salud, ambientes más confortables, alimentos más nutritivos y jornadas laborales más benignas, todo lo cual priva al millonario de las excusas que el pobre puede esgrimir para explicar su ignorancia, su bastedad o su chabacanería.

Y sin embargo, no. Gentes hay a quienes el oro les mana de las orejas cuyas vidas, en cambio, son prodigio de paletismo, de un paletismo caro, nada más que una versión de Champions del paletismo a secas, cuantitativa pero no cualitativamente distinto del paletismo proleta de quienes nunca pudieron estudiar ni pueden permitirse una academia de piano. El dinero, si acaso, convierte en más paleto a quien lo es. Quod natura non dat, Salmantica non præstat a esos migueles blesas y juanantonios rocas que prefieren rodearse, y rodear a sus hijos, de Ferraris amarillos que de maestros de latín, o aun de maestros de elegancia que les enseñen, ya que no a ser, al menos a parecer; que les inculquen un necesario gentlemanismo que casa mal con las maneras estrafalarias de tantos ejemplares de esa especie de ilustres hijos de puta. Ni tan siquiera la seda es hermosa en esas monas que se atiborran de bótox y moreno de solárium, visten chillón, hablan mal y decoran sus mansiones con jirafas disecadas.

Los viejos aristócratas dirían que esa clase de cosas sólo es propia de nuevos ricos, hijos de la plebe sin formación ni refinamiento pero con ansia desaforada de restregar su opulencia a sus antiguos paisanos. Pero la revelación de las prosaicas intimidades de Miguel Blesa ha coincidido con la de algunas muy parecidas del en absoluto nuevo rico ni plebeyo rey Juan Carlos: un rifle de oro y diamantes, marca Swarovski, y un pabellón de caza, sito cerca de La Zarzuela, construido en 2007 al precio de dos millones de euros pagado por todos y diseñado con techos altos para poder albergar animales disecados de gran tamaño, jirafas y elefantes concretamente.

El palacete de caza del rey es un poco como España: un cortijo personal con techos altos a fin de guardar en él cadáveres disecados de dimensiones aparatosas, como la Monarquía. Y esas jirafas y paquidermos y esa escopeta son el tipo de evidencias de un obsceno despilfarro —escopetas de oro para un rey que tiene súbditos muriéndose de intoxicación por comer basura— que, en una revolución, la turba de rebeldes saquea y más tarde expone a la curiosidad y la ira de las hambrientas masas, que quizás seguidamente se diviertan pinchando al soberano con los colmillos de marfil del elefante u obligándole a bailar disparando a sus pies con la escopeta.

Tal vez ese rifle esté destinado a ser al mismo tiempo los pasteles y la guillotina de estos nuevos Borbones derrochones, descendientes de aquéllos que dijeran «Si el pueblo no tiene pan, que coma pasteles» y acabaron sus días con sus cabezas en sendos cestos; el desencadenante y a la vez la conclusión de una tercera y definitiva aplicación de aquella orden que Ortega y Gasset diera en El Sol en 1930: Delenda est Monarchia. La Monarquía debe ser destruida.

Decía Robespierre que no hace falta probar que un rey —o un multimillonario, podríamos añadir— haya cometido algún delito, pues su mera existencia ya es un crimen. Unos científicos franceses acaban de reconstruir en tres dimensiones su rostro basándose en diversos documentos y en la máscara mortuoria que le hiciera Madame Tussaud.

Tal vez esa reconstrucción sea un presagio. Ojalá lo sea.

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