La mesa siempre puesta

por Pablo Batalla Cueto

Allá por los años veinte del siglo antepasado, Simón Bolívar y otros próceres de la independencia americana recién consumada alumbraron el proyecto de una gran América federal, que habrían de componer todas las nuevas naciones latinoamericanas emancipadas de España y tendría su capital en el istmo de Panamá. Llegó a convocarse un congreso en Panamá al que acudieron representantes de casi todas las jóvenes repúblicas, y llegó a aprobarse un Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua, pero la idea naufragó rápido, batida por inquinas interiores, rechazos exteriores e intereses oligárquicos. Desde entonces, la hermosa quimera de la Patria Grande no ha cesado de latir en el continente, resucitada cada tanto por nuevos empuñadores de la espada de Bolívar que se llamaron Martí, Alfaro, Sandino, Mariátegui o Guevara y aspiraron a prender revoluciones continentales que, sin embargo, siempre murieron jóvenes.

América Latina no existe. No, al menos, en sus librerías, cuyas secciones de literatura latinoamericana son siempre brevísimos anaqueles anexos a las grandes estanterías de novelas europeas y nacionales y están rellenos con un puñado testimonial de libros de Cortázar, Vargas Llosa y así, cuando no de novelas españolas. Hijo de hombre, la obra cumbre de la literatura paraguaya, es imposible de hallar en Chile. En Paraguay no conocen el Martín Rivas, la obra cumbre de la literatura chilena. Y ni chilenos, ni paraguayos, han oído hablar de Juan de la Rosa de Nataniel Aguirre, la obra cumbre de las letras bolivianas. Un número uno de ventas en un país latinoamericano puede ser, y de hecho suele ser, absolutamente desconocido en la nación vecina, que, sin embargo, siempre conoce bien los best sellers nuevos y antiguos de la lejana España. La América Latina cultural es un extenso archipiélago de islas que no se conocen, compartimentos estancos anegados en su propia mismidad y en un punzante complejo de inferioridad hacia la Europa idealizada que se imita, se desea y se consume con reverencia servil y acrítica, que manifiesta su fuerza en la insistencia con que todos los descendientes de europeos anuncian al mundo el pedigrí de un bisabuelo croata o asturiano con ostentosas Santinas o vírgenes de Medjugorje que cuelgan de cuellos cuya blancura preservan con mimo obsesivo y racismo mal escondido. Viven como de paso, siempre de punta en blanco y con la maleta sin deshacer, cuidadosos de no mancharse de tierra americana los bajos del pantalón y prestos a correr a agarrar el primer barco en cuanto el dios de la fortuna los premie con las riquezas que les permitan volver a la Tierra Prometida que no conocen. América es su casa, pero no su hogar, y los vecinos de puerta no interesan, porque no lo serán por mucho tiempo.

Este efecto isla que acogota la vida cultural de Hispanoamérica no sólo se manifiesta en la estrechez de las secciones de literatura latinoamericana en las librerías, sino también en la inexistencia de congresos y festivales culturales panhispanoamericanos. España es nuevamente la referencia, la Meca a cuyos foros acuden a conocerse los aislados escritores del Nuevo Mundo. Lo hacen con avidez de presidiario de permiso, felices de librarse por un tiempo de la asfixia de sus muy endogámicos circuitos nacionales, y por completo ignorantes de que los verdaderos afortunados son esos modestos eventos españoles a los que su presencia engrandece, otorga prestigio internacional y permite dar de sí las estrechísimas costuras de las partidas municipales y el cerrilismo paleto de los celtíberos.

América necesita a España, España necesita a América y, así vistas las cosas, a esos festivales españoles no se los puede ver como intrascendentes caprichos sujetos a contingencias de la política ultralocal, sino como ejercicios inexcusables de responsabilidad universal para con esa hambrienta América que nunca debería no encontrar en España la casa de una madre y el calor de unos hermanos en torno a una mesa siempre puesta.

Me cuenta Ángel de la Calle que la preparación de la XXVII Semana Negra de Gijón ya está en marcha. Qué gran noticia es ésa.

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