La lata gibraltareña

por Pablo Batalla Cueto

En Gibraltar existe una de esas tradicioncillas habituales en todo el orbe británico, análoga a la de los cuervos de la Torre de Londres, según la cual Gibraltar seguirá siendo británico mientras sus famosos monos habiten el Peñón. Los llanitos los cuidan con mimo, no vaya a ser. En 1942 se alcanzó el punto de organizar una traída de monos norteafricanos a fin de engrosar la entonces mermada población gibraltareña de siete macacos. Hoy la preocupación es menor: el número de monos del Peñón se estima en unos doscientos. Para probable desconsuelo de José Luis, el protofriki que en los sesenta se hiciera famoso cantando con su guitarra que «Gibraltar será siempre español», y de Torrente,  y el alcalde alicantino que encendiera hace unos meses las iras gibraltareñas fotomontando el toro de Osborne y un desfile de la Legión a la imagen del Peñón, y el gaditano indignado hecho famoso en YouTube al grito de «¡Hibrartá ep-pañó, caraho!», no parece que Gibraltar vaya a cambiar de manos en un futuro próximo.

Hace unos meses el diario ABC publicó un reportaje titulado «Por qué Gibraltar siempre será español», pero el Peñón ha sido, es y seguirá siendo británico porque Gran Bretaña, a diferencia de España, supo llegar pero también ha sabido mantenerse. El 6 de diciembre arribó al Peñón James Dutton, el nuevo gobernador, un frío y adusto teniente general veterano de las Malvinas, Iraq y Afganistán. Lo hizo en un buque de guerra de nombre Bulwark, contundente palabro inglés traducible al castellano como «baluarte» o «bastión», y lo hizo en el día de nuestra Constitución. La historia nos enseña que Inglaterra conserva sus imperios con alardes detallistas como ése, o como el referéndum que hace once años permitió a los habitantes del Peñón proclamar su voluntad de seguir siendo británicos por un abrumador 99% de los votos; mezclas de bravata y precaución que son serenos bramidos de aquel lema de Sildavia: «Eih bennek, eih blavek», «Aquí estoy, y aquí me quedo». También del de ETA —sabido es que todo lo anti-España es inflexiblemente ETA—: «Bietan jarrai», «Seguir en las dos», el hacha de la guerra y la serpiente de la política. Ganar con las palabras además de con la espada. Nuestros Reyes Católicos tenían la misma idea, tan del Renacimiento, tan del maquiavelismo: «Tanto monta, monta tanto, cortar como desatar».

Gibraltar es inglés porque España, desde Utrecht, no ha sabido combatir a Inglaterra con sus armas: ni el hacha, ni la serpiente; ni el corte, ni el desamarre; ni la fragata, ni el referéndum. Con un ejército bananero, la peor diplomacia de Europa y los yonquis del Cádiz profundo como señuelo propagandístico —otro gallo cantaría si las ventanas gibraltareñas no diesen a Callejeros sino al Guggenheim de Bilbao—, cortadas pues las tres vías por las cuales España habría podido recuperar el Peñón —las armas, la diplomacia y una quinta columna de entusiastas llanitos—, España nunca ha sido rival en Gibraltar para la patria de Wellington, Churchill, John Lennon y Lady Di. Tan solo quedan entonces la rabieta, el lloriqueo a mamá ONU y el frikismo youtubero o asumir con dignidad la victoria del mejor y el hecho consumado de que tres siglos después, guste o no guste y diga lo que diga el ABC, Gibraltar ya no es La Línea, ni Andalucía, ni España, sino un pequeño país con una cultura propia y una historia separada; una Andorra meridional cuya mano es más rentable estrechar con elegancia que porfiar en aherrojar con grilletes oxidados.

Stop giving me the tin, traducción literal y pachanguera de «Deja de darme la lata», es una frase común en el Peñón, donde se habla un confuso estofado idiomático a medio camino entre el inglés, el español, el maltés, el portugués, el ligur, el caló, el árabe y el francés que ha estudiado mejor que nadie un tipo que se llama Tito Vallejo Smith.

Quieran los dioses que algún día impere la cordura y a todos nos dejen de give the tin.

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