Cabo Norte

Mi mundo no es de este reino.

Presagio

Se podría pensar, se piensa a veces, de una manera inconsciente que revela la fuerza de cierta propaganda, que la gente acomodada es o suele ser más refinada, más culta, más elegante. Tendría mucho sentido que así fuera: el dinero, además de la felicidad, también compra una mejor educación y una mejor salud, ambientes más confortables, alimentos más nutritivos y jornadas laborales más benignas, todo lo cual priva al millonario de las excusas que el pobre puede esgrimir para explicar su ignorancia, su bastedad o su chabacanería.

Y sin embargo, no. Gentes hay a quienes el oro les mana de las orejas cuyas vidas, en cambio, son prodigio de paletismo, de un paletismo caro, nada más que una versión de Champions del paletismo a secas, cuantitativa pero no cualitativamente distinto del paletismo proleta de quienes nunca pudieron estudiar ni pueden permitirse una academia de piano. El dinero, si acaso, convierte en más paleto a quien lo es. Quod natura non dat, Salmantica non præstat a esos migueles blesas y juanantonios rocas que prefieren rodearse, y rodear a sus hijos, de Ferraris amarillos que de maestros de latín, o aun de maestros de elegancia que les enseñen, ya que no a ser, al menos a parecer; que les inculquen un necesario gentlemanismo que casa mal con las maneras estrafalarias de tantos ejemplares de esa especie de ilustres hijos de puta. Ni tan siquiera la seda es hermosa en esas monas que se atiborran de bótox y moreno de solárium, visten chillón, hablan mal y decoran sus mansiones con jirafas disecadas.

Los viejos aristócratas dirían que esa clase de cosas sólo es propia de nuevos ricos, hijos de la plebe sin formación ni refinamiento pero con ansia desaforada de restregar su opulencia a sus antiguos paisanos. Pero la revelación de las prosaicas intimidades de Miguel Blesa ha coincidido con la de algunas muy parecidas del en absoluto nuevo rico ni plebeyo rey Juan Carlos: un rifle de oro y diamantes, marca Swarovski, y un pabellón de caza, sito cerca de La Zarzuela, construido en 2007 al precio de dos millones de euros pagado por todos y diseñado con techos altos para poder albergar animales disecados de gran tamaño, jirafas y elefantes concretamente.

El palacete de caza del rey es un poco como España: un cortijo personal con techos altos a fin de guardar en él cadáveres disecados de dimensiones aparatosas, como la Monarquía. Y esas jirafas y paquidermos y esa escopeta son el tipo de evidencias de un obsceno despilfarro —escopetas de oro para un rey que tiene súbditos muriéndose de intoxicación por comer basura— que, en una revolución, la turba de rebeldes saquea y más tarde expone a la curiosidad y la ira de las hambrientas masas, que quizás seguidamente se diviertan pinchando al soberano con los colmillos de marfil del elefante u obligándole a bailar disparando a sus pies con la escopeta.

Tal vez ese rifle esté destinado a ser al mismo tiempo los pasteles y la guillotina de estos nuevos Borbones derrochones, descendientes de aquéllos que dijeran «Si el pueblo no tiene pan, que coma pasteles» y acabaron sus días con sus cabezas en sendos cestos; el desencadenante y a la vez la conclusión de una tercera y definitiva aplicación de aquella orden que Ortega y Gasset diera en El Sol en 1930: Delenda est Monarchia. La Monarquía debe ser destruida.

Decía Robespierre que no hace falta probar que un rey —o un multimillonario, podríamos añadir— haya cometido algún delito, pues su mera existencia ya es un crimen. Unos científicos franceses acaban de reconstruir en tres dimensiones su rostro basándose en diversos documentos y en la máscara mortuoria que le hiciera Madame Tussaud.

Tal vez esa reconstrucción sea un presagio. Ojalá lo sea.

La mesa siempre puesta

Allá por los años veinte del siglo antepasado, Simón Bolívar y otros próceres de la independencia americana recién consumada alumbraron el proyecto de una gran América federal, que habrían de componer todas las nuevas naciones latinoamericanas emancipadas de España y tendría su capital en el istmo de Panamá. Llegó a convocarse un congreso en Panamá al que acudieron representantes de casi todas las jóvenes repúblicas, y llegó a aprobarse un Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua, pero la idea naufragó rápido, batida por inquinas interiores, rechazos exteriores e intereses oligárquicos. Desde entonces, la hermosa quimera de la Patria Grande no ha cesado de latir en el continente, resucitada cada tanto por nuevos empuñadores de la espada de Bolívar que se llamaron Martí, Alfaro, Sandino, Mariátegui o Guevara y aspiraron a prender revoluciones continentales que, sin embargo, siempre murieron jóvenes.

América Latina no existe. No, al menos, en sus librerías, cuyas secciones de literatura latinoamericana son siempre brevísimos anaqueles anexos a las grandes estanterías de novelas europeas y nacionales y están rellenos con un puñado testimonial de libros de Cortázar, Vargas Llosa y así, cuando no de novelas españolas. Hijo de hombre, la obra cumbre de la literatura paraguaya, es imposible de hallar en Chile. En Paraguay no conocen el Martín Rivas, la obra cumbre de la literatura chilena. Y ni chilenos, ni paraguayos, han oído hablar de Juan de la Rosa de Nataniel Aguirre, la obra cumbre de las letras bolivianas. Un número uno de ventas en un país latinoamericano puede ser, y de hecho suele ser, absolutamente desconocido en la nación vecina, que, sin embargo, siempre conoce bien los best sellers nuevos y antiguos de la lejana España. La América Latina cultural es un extenso archipiélago de islas que no se conocen, compartimentos estancos anegados en su propia mismidad y en un punzante complejo de inferioridad hacia la Europa idealizada que se imita, se desea y se consume con reverencia servil y acrítica, que manifiesta su fuerza en la insistencia con que todos los descendientes de europeos anuncian al mundo el pedigrí de un bisabuelo croata o asturiano con ostentosas Santinas o vírgenes de Medjugorje que cuelgan de cuellos cuya blancura preservan con mimo obsesivo y racismo mal escondido. Viven como de paso, siempre de punta en blanco y con la maleta sin deshacer, cuidadosos de no mancharse de tierra americana los bajos del pantalón y prestos a correr a agarrar el primer barco en cuanto el dios de la fortuna los premie con las riquezas que les permitan volver a la Tierra Prometida que no conocen. América es su casa, pero no su hogar, y los vecinos de puerta no interesan, porque no lo serán por mucho tiempo.

Este efecto isla que acogota la vida cultural de Hispanoamérica no sólo se manifiesta en la estrechez de las secciones de literatura latinoamericana en las librerías, sino también en la inexistencia de congresos y festivales culturales panhispanoamericanos. España es nuevamente la referencia, la Meca a cuyos foros acuden a conocerse los aislados escritores del Nuevo Mundo. Lo hacen con avidez de presidiario de permiso, felices de librarse por un tiempo de la asfixia de sus muy endogámicos circuitos nacionales, y por completo ignorantes de que los verdaderos afortunados son esos modestos eventos españoles a los que su presencia engrandece, otorga prestigio internacional y permite dar de sí las estrechísimas costuras de las partidas municipales y el cerrilismo paleto de los celtíberos.

América necesita a España, España necesita a América y, así vistas las cosas, a esos festivales españoles no se los puede ver como intrascendentes caprichos sujetos a contingencias de la política ultralocal, sino como ejercicios inexcusables de responsabilidad universal para con esa hambrienta América que nunca debería no encontrar en España la casa de una madre y el calor de unos hermanos en torno a una mesa siempre puesta.

Me cuenta Ángel de la Calle que la preparación de la XXVII Semana Negra de Gijón ya está en marcha. Qué gran noticia es ésa.

La lata gibraltareña

En Gibraltar existe una de esas tradicioncillas habituales en todo el orbe británico, análoga a la de los cuervos de la Torre de Londres, según la cual Gibraltar seguirá siendo británico mientras sus famosos monos habiten el Peñón. Los llanitos los cuidan con mimo, no vaya a ser. En 1942 se alcanzó el punto de organizar una traída de monos norteafricanos a fin de engrosar la entonces mermada población gibraltareña de siete macacos. Hoy la preocupación es menor: el número de monos del Peñón se estima en unos doscientos. Para probable desconsuelo de José Luis, el protofriki que en los sesenta se hiciera famoso cantando con su guitarra que «Gibraltar será siempre español», y de Torrente,  y el alcalde alicantino que encendiera hace unos meses las iras gibraltareñas fotomontando el toro de Osborne y un desfile de la Legión a la imagen del Peñón, y el gaditano indignado hecho famoso en YouTube al grito de «¡Hibrartá ep-pañó, caraho!», no parece que Gibraltar vaya a cambiar de manos en un futuro próximo.

Hace unos meses el diario ABC publicó un reportaje titulado «Por qué Gibraltar siempre será español», pero el Peñón ha sido, es y seguirá siendo británico porque Gran Bretaña, a diferencia de España, supo llegar pero también ha sabido mantenerse. El 6 de diciembre arribó al Peñón James Dutton, el nuevo gobernador, un frío y adusto teniente general veterano de las Malvinas, Iraq y Afganistán. Lo hizo en un buque de guerra de nombre Bulwark, contundente palabro inglés traducible al castellano como «baluarte» o «bastión», y lo hizo en el día de nuestra Constitución. La historia nos enseña que Inglaterra conserva sus imperios con alardes detallistas como ése, o como el referéndum que hace once años permitió a los habitantes del Peñón proclamar su voluntad de seguir siendo británicos por un abrumador 99% de los votos; mezclas de bravata y precaución que son serenos bramidos de aquel lema de Sildavia: «Eih bennek, eih blavek», «Aquí estoy, y aquí me quedo». También del de ETA —sabido es que todo lo anti-España es inflexiblemente ETA—: «Bietan jarrai», «Seguir en las dos», el hacha de la guerra y la serpiente de la política. Ganar con las palabras además de con la espada. Nuestros Reyes Católicos tenían la misma idea, tan del Renacimiento, tan del maquiavelismo: «Tanto monta, monta tanto, cortar como desatar».

Gibraltar es inglés porque España, desde Utrecht, no ha sabido combatir a Inglaterra con sus armas: ni el hacha, ni la serpiente; ni el corte, ni el desamarre; ni la fragata, ni el referéndum. Con un ejército bananero, la peor diplomacia de Europa y los yonquis del Cádiz profundo como señuelo propagandístico —otro gallo cantaría si las ventanas gibraltareñas no diesen a Callejeros sino al Guggenheim de Bilbao—, cortadas pues las tres vías por las cuales España habría podido recuperar el Peñón —las armas, la diplomacia y una quinta columna de entusiastas llanitos—, España nunca ha sido rival en Gibraltar para la patria de Wellington, Churchill, John Lennon y Lady Di. Tan solo quedan entonces la rabieta, el lloriqueo a mamá ONU y el frikismo youtubero o asumir con dignidad la victoria del mejor y el hecho consumado de que tres siglos después, guste o no guste y diga lo que diga el ABC, Gibraltar ya no es La Línea, ni Andalucía, ni España, sino un pequeño país con una cultura propia y una historia separada; una Andorra meridional cuya mano es más rentable estrechar con elegancia que porfiar en aherrojar con grilletes oxidados.

Stop giving me the tin, traducción literal y pachanguera de «Deja de darme la lata», es una frase común en el Peñón, donde se habla un confuso estofado idiomático a medio camino entre el inglés, el español, el maltés, el portugués, el ligur, el caló, el árabe y el francés que ha estudiado mejor que nadie un tipo que se llama Tito Vallejo Smith.

Quieran los dioses que algún día impere la cordura y a todos nos dejen de give the tin.