Unidad de destino en lo musical

por Pablo Batalla Cueto

La buena música transita a veces sorprendentes pasadizos invisibles a través del espacio y el tiempo. En los años ochenta, media Polonia vibraba al ritmo de L’estaca de Lluís Llach. La legendaria canción protesta, emigrada a aquel país y traducida como Mury a su áspera lengua —On natchniony i młody był, ich nie policzyłby nikt, comienza—, vivió una segunda vida en las gargantas de los estibadores anticomunistas del sindicato Solidaridad. «Canto que ha sido valiente siempre será canción nueva», cantaba Víctor Jara y cantó Bruce Springsteen, hace unos días, en su primer concierto en Chile.

Existen casos, aún más curiosos que el del reciclaje de L’estaca, de semillas que son plantadas en un extremo del globo y sólo florecen años más tarde en los humus de inopinadas antípodas. Sobre uno de ellos versa Searching for Sugar Man, la alabada película sueca que el año pasado fue premiada con el Oscar y el BAFTA al mejor documental.

La historia que relata Searching for Sugar Man comienza en Sudáfrica a mediados de los setenta y tiene por protagonista a un tal Rodriguez, un hombre nebuloso de quien de partida sólo se conoce la nacionalidad estadounidense, el hispánico nom de guerre, dos extraordinarios discos de folk rock y música psicodélica editados a principios de los setenta por una pequeña discográfica y un difuso rumor acerca de un espeluznante suicidio público llevado a cabo durante un concierto. La trama, trufada de suspense y poseedora de un asombroso final, prosigue relatando que aquellos dos discos atravesaron sin pena ni gloria el panorama musical norteamericano post-Woodstock, y que el fracaso cosechado fue razón de la decisión de este Rodriguez de retirarse dramáticamente de la circulación.

Nadie sabe y el filme no desvela, porque es imposible saberlo, de qué manera algunos años después las canciones de Rodriguez, desconocidas en América, saltaron el Charco y se hicieron tan famosas en la Sudáfrica del apartheid, entonadas por jóvenes opositores al régimen, como para acabar convirtiendo allá al misterioso Rodriguez en músico de culto, banda sonora de una generación y adjudicatario de un disco de platino. Searching for Sugar Man es la crónica de la investigación que dos sudafricanos emprenden acerca del origen, los pasos y el paradero de su ídolo.

Hay algo reconciliador con el mundo en las imágenes de ardorosos manifestantes entonando I wonder que incluye la película, pero ese primer efecto balsámico puede no tardar en dar paso a una amarga constatación: todas las revoluciones, todas las eras de cambio social que en la historia han sido, ardieron acompañadas de un himno galvanizante y unisonizador; sin embargo, la necesaria y pendiente revolución española no tiene quien la cante, y la esperanza de que alguna de las protestas del momento sea la chispa que inicie el incendio regenerador muere nonata en el instante en que se constata que no hay una estaca o un I wonder en las marchas educativas baleares, que ninguna Grândola, vila morena ha acompañado las astracanadas del 15-M ni las últimas huelgas generales, que no hay Jarchas ni Serrats que siembren de acordes libertarios la segunda transición que aún no ha comenzado, que sólo consignas dispersas y pobres emanan de las gargantas de los revoltosos.

Todo está tan por hacer como ese cántico que tal vez deba ser un rap o una bachata, o tal vez deba ser, en una de esas justas retribuciones que también son habituales en la historia de la música, una vieja canción polaca —propongo Ballada o Janku Wiśniewskim— traducida al castellano.

Tengamos las orejas bien alerta: el momento en que se perciba al fin la imprescindible unidad de destino en lo musical será el de desempolvar las antorchas y el bote de queroseno.

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