Tres condenados a muerte en Tazones

por Pablo Batalla Cueto

En 1887 gobernaba España don Práxedes Mateo Sagasta, el imperio británico invadió el Beluchistán y en Tazones fueron plantados tres árboles, tres hermosos plátanos, a fin de engalanar la calle principal y poner la guinda a la inauguración de la carretera que desde entonces une al pueblo con la capital municipal, Villaviciosa. 126 fiestas de San Roque después, los árboles siguen ahí, al lado del restaurante La Sirena y enfrente de la casona conocida como de Doña Mercedes, de los Leones o de Francisco el Coxu. Nunca, que se sepa, han molestado a nadie: antes bien, han sido punto de encuentro y de juegos de cinco generaciones de chavales tazoneros. Hasta hoy. De pronto, un pequeño movimiento vecinal ha comenzado a clamar, con cierto ardor, por la tala de los tres árboles.

Los pretextos que esgrimen estos vecinos son pobres: explican, por ejemplo, que los árboles generan ramas caídas que molestan el tránsito, pero, aparte de que exageren, son los mismos que reclaman, con no menor ardor, la peatonalización de la calle central del pueblo. Otro argumento es curioso por cuanto supone la aplicación, a la minúscula escala de una aldea, de una triquiñuela política muy de los tiempos: la apropiación de la palabrería característica del rival a fin de volverla contra él. Así como Esperanza Aguirre puede decir de los sindicatos que son «reaccionarios», o un militante de izquierda acusar a la derecha española de «antipatriota», los taladores de Tazones echan mano de argumentario ecologista para explicar su postura, y arguyen que los tres plátanos no son «autóctonos». En este caso, la argucia no es hábil: ningún ecologista apoyaría la tala de tres árboles aislados en una acera, sin contacto alguno con el humus del entorno, que nutre, por lo demás, decenas de eucaliptos e incluso varias palmeras. Hay otros argumentos de enjundia algo mayor, como el de que las gruesas raíces de los árboles provocan pequeños reventones en el asfalto de la carretera, pero siguen resultando insuficientes para excusar la destrucción de lo que no deja de ser parte del patrimonio histórico de Tazones, y siguen teniendo el tufo de una coartada facilona buscada sobre la marcha. No faltan, tampoco, quienes atacan con el inevitable, sempiterno y universal soniquete de que «hay cosas más importantes de las que preocuparse»: la farmacia, el cajero automático y el parque infantil que los tazoneros demandan con insistencia.

Tiene que ser otra cosa, una pulsión más humana y menos local, más difusa y menos concreta, de la que tal vez ni los mismos tazoneros sean conscientes, la que explique que los árboles, de los cuales los ancianos del lugar aseguran que ya eran tan grandes como hoy en los años veinte, hayan sobrevivido a eras de furor desarrollista y ausencia de escrúpulos ecológicos, y haya sido en cambio hoy, tan solo hoy, cuando se haya colocado la mira sobre ellos. Algo como la envidia y la arrogancia del ser humano en lo que toca a su relación con la naturaleza, cuya impasible inmortalidad es un recuerdo constante e insoportable de nuestra propia condición de seres mortales. Los árboles de Tazones, sencillamente, se han pasado de viejos: han tenido la osadía de superar en edad al ser humano más viejo jamás registrado —la francesa Jeanne Calment, que murió en 1997 a los 122 años—, y es por eso que deben ser cortados. El género humano es, también en Tazones, el malvado emperador de cuento de hadas que manda asesinar a los más guapos, más listos o en este caso más viejos que él en el reino a fin de ser él mismo el ganador. Los tres plátanos embocan el corredor de la muerte al mismo tiempo que, a apenas unos metros, se yergue un monumento en homenaje a las pescaderas, éste sí, llamado a durar centurias.

No todos están a favor de la tala. José del Valle García, Coque, lidera en las redes sociales una campaña informal en contra de ella. Suyas son las palabras más concisas y certeras pronunciadas en torno a este asunto: «Yo estoy en contra de cortar la vida de tres vieyos que son del pueblu». Tres vieyos que son del pueblu. Eso es.

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