Of course, but maybe

por Pablo Batalla Cueto

Lo confieso: en ocasiones veo chekas. Las veo a menudo, en realidad. Me tengo por un hombre pacífico y demócrata, pero tengo un reverso chekista y quemaiglesias que salta como un resorte de vez en cuando. Escucho, por ejemplo, a Rafael Hernando decir, con esa chulería torera y tabernaria de quienes siempre han tenido cada sartén por el mango y no saben lo que es el miedo, que algunos se han acordado de su padre tan solo cuando había subvenciones para encontrarle, y no puedo evitar, porque lo hace en nanosegundos, que mi cerebro gambetee y se escurra, como atraído por un imán, hacia su lado violento, a un gulag imaginario en el que tipos como Hernando, o como varios obispos y empresarios, lloriquean en la esquina de una fría mazmorra sin ventanas, tenuemente iluminados por el nervioso titilar de una bombilla desnuda colgada del techo, suplicando clemencia con los bajos del traje o la sotana embadurnados en sus propios fluidos elementales. Es una pulsión fugaz, nada más que un chispazo, que no tarda en dar paso al resonar de aquella frase de Voltaire: «Me repugnan sus ideas, pero daría mi vida por su derecho a expresarlas». Pero el primer arrebato está ahí, inignorable, agazapado tras de algún burladero neuronal, sonriéndome con malicia y susurrándome «Al platu vendrás, arbeyu; si nun ye de xoven, yá sedrá de vieyu».

Me tranquilizan, entonces, dos cosas: la primera, darme cuenta de que nunca la pienso muerta a esta gente, sino tan solo aterrada, reducida, desconcertada por la súbita vuelta de la tortilla que nunca esperan —«¿Cuándo querrá Dios del cielo que la tortilla se vuelva, que los pobres coman pan y los ricos mierda, mierda?», cantaban en los montes palentinos en nuestra guerra civil—, en una suerte de justicia sacrílega y kármica, montecristeña, que socialice el terror, cambie de manos los látigos y de testuces los yugos. La segunda tranquilidad es saber que no soy el único. Que usted también, y también Hernando, y Juan Antonio Martínez Camino, y Juan Rosell, sueñan sus propios gulags e inquisiciones, porque a este país la democracia llegó como llega el reboce de harina y huevo a ciertas carnes y pescados mal freídos: parece bien adherido, pero una vez se pincha y se corta el filete el adobo se desprende limpiamente, como una tortilla francesa simplemente superpuesta al testarudo bacalao.

«Todo hombre lleva en sí un dictador y un anarquista», dijo Paul Valéry, pero nadie ha expresado todo este asunto mejor que Louis CK, cómico estadounidense popular por monólogos de un descarnado humor negro. En uno de los más célebres, CK explica que todo su pensamiento consiste en una irresoluble pugna yinyánica entre un of course («por supuesto») y un but maybe («pero quizás») consecutivos, algo así como el ángel y el demonio en miniatura que brotan de los hombros de personajes de dibujos animados aquejados por una duda. «Por supuesto, por supuesto —dice, por ejemplo, Louis CK—, hay que proteger a los niños que tienen alergia a los frutos secos. ¡Por supuesto! Debemos separar los frutos secos de su comida, debemos mantener su medicación accesible en todo momento, y todo aquel que venda o sirva comida debe estar precavido de estas alergias mortales. Por supuesto. Pero quizás… Quizás si tocar una nuez puede matarte, se supone que debes morir. ¡Quizás si todos simplemente nos tapáramos los ojos durante un año, erradicaríamos la alergia a los frutos secos para siempre!».

Hace unos días se dijo algo parecido en una intensa discusión en Internet, en un foro de aficionados a la historia contemporánea. «Por supuesto —algo así decía un tertuliano—  que Paracuellos fue una masacre despiadada, sanguinaria, injustificable, un borrón indeleble en la heroica resistencia republicana durante la guerra civil española. Pero quizás… Quizás con no uno, sino treinta Paracuellos del Jarama, los malos no habrían ganado la guerra, y hoy no tendríamos que aguantar las bravatas de Hernando y compañía».

Maybe, maybe

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