Nunca con las víctimas

por Pablo Batalla Cueto

Hay lemas afortunados, concisos y biensonantes, que de tanto repetirse pasan a no cuestionarse jamás; a librarse del cartesiano deber de ser dudados. Se transforman en verdades oficiales, comodines en el póquer de la oratoria política, argayos que cierran el paso a los discursos obligando a quienes quieran discutir éstos a dar un largo rodeo por caminos comarcales para llegar, agotados, a ellos. En estos días de zapatiesta desatada en torno a la derogación de la doctrina Parot, un buen ejemplo de esto abarrota las páginas de los periódicos conservadores. Así, por ejemplo, el sábado pasado, uno de los humoristas gráficos del diario La Razón publicaba una tira en la cual un hombre y una mujer, con aspecto de gente bien, el hombre sujetando una bandera rojigualda, aparecían dibujados bajo el siguiente eslogan: «Siempre con las víctimas del terrorismo».

La frase evidencia dos cosas. Una, su cristalina intención en este país de trinchera fácil y amor al maniqueísmo: transmitir el mensaje de que quien no está a todos los efectos con las víctimas está indefectiblemente contra ellas, y, por lo tanto, con sus verdugos. La otra, un principio muy judeocristiano, cosido al forro de la cultura católica que es la nuestra, según el cual el sufrimiento ennoblece y otorga a quien lo soporta la condición automática de referente moral y ético. Las víctimas del terrorismo, sufrientes por excelencia en esta España en la que ETA ha sido por tanto tiempo la encarnación absoluta del Mal, disponen, en cuanto al título de voces infalibles, de una especie de hidalguía universal, que pasa por encima de que la víctima sea una niña de diez años, un fontanero de Baracaldo, un concejal socialista, Luis Carrero Blanco o el Torturador de Irún. Todos son angelitos condecorables de Dios.

Pero hay que dudar. «En todas las actividades es saludable, de vez en cuando, poner un signo de interrogación sobre aquellas cosas que por mucho tiempo se han dado como seguras», decía Bertrand Russell. «Hablan mucho de la belleza de la certidumbre como si ignorasen la belleza sutil de la duda. Creer es muy monótono; la duda es apasionante», decía Oscar Wilde. «La duda es uno de los nombres de la inteligencia», decía Borges. ¿Debe estarse siempre con todas las víctimas? ¿El sufrimiento ennoblece al sufriente y lo convierte en una voz autorizada en el debate jurídico, o más bien nubla para siempre con el humo del deseo de venganza el valor de sus opiniones, y hace de éstas las que menos en cuenta deban tener quienes redacten las leyes? ¿Puede considerarse más justa la comprensible vendetta personal que la exigencia de que el Estado de derecho se ataque a sí mismo quebrando un principio básico de la justicia democrática como es la no retroactividad de las condenas? ¿Pueden los biliosos pareceres de las víctimas sobre lo que debe hacerse ser un buen indicativo de lo que no debe hacerse? ¿Es posible que, salvo en sus funerales —y no en los de todas—, no deba estarse nunca con las víctimas?

Por cierto que en todo este asunto hay singulares paradojas. Dicen las malas lenguas que la suavización del código penal emprendida por el franquismo en 1973, bajo la cual fueron juzgados esos mismos etarras y violadores a los que ahora la decisión del tribunal estrasburgués permite excarcelar, no tuvo por propósito, como se dijo entonces, cribar de resabios fascistas el código de 1944 para adecuarlo a los usos democráticos de la Europa Occidental por la cual aquella España anhelaba ser admitida, sino asegurar a los gerifaltes de la dictadura que, en una eventual transición democrática completa, con juicios y condenas a los cómplices del tirano, sus penas fuesen benignas.

También para esto, rediós, la sombra de Franco es alargada. A más de un franquista iracundo de los de «¡Muera Europa, hijos de puta!», camuflado tras la masa de seráficas plañideras de la AVT, le convendría saberlo.

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