La marea caqui

por Pablo Batalla Cueto

El asunto de la derogación de la doctrina Parot ha comenzado a desangrar al PP por su derecha. El otro día fue anunciado el nacimiento de un nuevo partido político, formado por disidentes populares indignados con la tibieza del rajoyismo frente a ETA. Este partido aspira, dice, a «acabar con la infame y bochornosa actuación extendida en la vida política, plagada de deslealtades y conspiraciones, donde los principios, los valores y la lealtad son una excepción y no una obligada norma de conducta». Ha sido llamado Democracia y Libertad Popular.

El nombre recuerda, en su estructura y aspecto, al de otros partidos de alumbramiento reciente: la Sociedad Civil y Democracia de Mario Conde y, por supuesto, la ínclita Unión, Progreso y Democracia de Rosa Díez; también a los de otros menos conocidos como el zamorano Democracia y Regeneración Política y a los de algunos extranjeros, como el polaco Ley y Justicia. Todos ellos son parejas o tríadas de ampulosos sustantivos arracimados en torno a una «y». Los bautismos de partidos políticos, como los de bebés, también están sujetos a modas y tendencias. La del día es huir, como de la peste, de cualquier elemento que evidencie que el flamante partido representa una ideología concreta y delimitable: la misma denominación de «Partido» o el denostado sufijo «-ista», que en tiempos pasados, tal vez no exactamente mejores pero indudablemente más sinceros, sirviera para concretar toda la necesaria complejidad, pero a la vez la feroz singularidad, de un proyecto político en un solo palabro de rotundidad tetrasílaba y carácter personal e intransferible. Las Rosas Díez de hoy juegan al despiste; rastrean la paleta Pantone en busca de colores inéditos para teñir sus camisas —marea magenta, santo Dios— y se queman las huellas dactilares con fuego de vocablos amables y rimbombantes —«libertad», «democracia» y así— que son una especie de profecías de Nostradamus o de instrucciones de Ikea sujetas a mil interpretaciones. La guerra política sigue siendo, siempre lo ha sido, no puede ser otra cosa, debe serlo, una guerra de trincheras entre maneras radicalmente diferentes de comprenderlo todo, pero esas trincheras se camuflan con ramas y rastrojos. El mantra upeidiano, falaz como todos los mantras upeidianos, de que es preciso «No tener ideologías, sino ideas», la famosa transversalidad que UPyD comparte con Foro Asturias, Falange Auténtica, los frikis italianos de Beppe Grillo y otras ilustres bestias pardas, es hoy la consigna, que sólo puede parecer nueva a quien no sepa algo de historia. «Si en las viejas edades era la peste el epílogo de toda guerra, en la nuestra lo son los encalabrinados “ismos” diversos puestos en mangas de camisa de distintos colores. Epílogo de la guerra y prólogo de un vivir a toque de corneta, sometidos a la obligación de marcar el paso y saludar, el brazo en alto al correspondiente tiranuelo». Esto lo escribió Santiago Vinardell en La Vanguardia del 15 de julio de 1934, dos años antes de ser fusilado en el Madrid republicano, pero podría haberse bramado, con nada más que un rápido aggiornamento, en el último congreso de UPyD o en el micrófono abierto de un campamento del 15-M.

La cosa está empezando, claro. «Libertad», «unión» o «sociedad civil» aún significan algo, aunque signifiquen poco. Pero aún se puede ir más lejos.

En uno de los mejores capítulos de Cómo conocí a vuestra madre, Barney Stinson sugiere a su amiga Robin Scherbatsky, que debe encontrar empleo urgentemente para que no la expulsen de Estados Unidos a su Canadá natal, que modifique por completo su currículum vítae, eliminando de él toda referencia biográfica y laboral, y lo convierta en una vaga autodescripción consistente en palabras inventadas pero biensonantes como linkativity, connectitude o transformitation —algo así como «enlacitividad», «conectitud» y «transformitación»— a fin de deslumbrar a sus eventuales contratadores, en la idea de que en los tiempos que corren las formas son mucho más importantes que el contenido, y aun de que aquéllas deben servir para encubrir la ausencia o la pestilencia de éste.

La sátira precede a la realidad muchas veces. Vislumbro una Enlacitividad, Conectitud y Transformitación (ECyT), la marea caqui. Y si no, al tiempo.

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