La guerra chilena de los clones

por Pablo Batalla Cueto

El próximo noviembre se celebrarán elecciones presidenciales en Chile, y de Arica a Punta Arenas todo el país se halla ya empapelado de carteles a los que se asoman los rostros ufanos de nueve candidatos. Tal arcangélico número, 9, supone el récord de concurrentes a unos comicios desde el restablecimiento de la democracia en 1990, pero el bipartidismo chileno está lejos de resquebrajarse. Dos candidatas, Evelyn Matthei y Michelle Bachelet, son las únicas que disponen de posibilidades reales de sentarse durante los próximos cuatro años en el trono republicano del Palacio de la Moneda. Como en una autoparodia sobre el carácter falaz de los sistemas bipartidistas, los nombres de los dos partidos que abanderan se parecen como dos gemelos siameses: la sibilina derecha postpinochetista que abandera Matthei, hija de un ministro de la dictadura, se llama Alianza por el Cambio, pero operó hasta 2012 bajo el nombre de Coalición por el ídem. Por su parte, la pluriforme y desnortada izquierda que se arracima en torno a Bachelet sigue llamándose Concertación de Partidos por la Democracia. Coalición versus Concertación es la guerra chilena de los clones.

Pero también se parecen sus programas: así como Margaret Thatcher respondió en una ocasión «Tony Blair» al periodista que le preguntó cuál consideraba que era el logro más rutilante de su extenso mandato, también el difunto Augusto Pinochet podría haber respondido «la Concertación» a idéntica pregunta. La izquierda chilena, trastornadas sus facultades mentales en las parrillas electrificadas de Villa Grimaldi, salió del túnel abrazada con singular entusiasmo estocolmés al modelo neoliberal auspiciado por la dictadura y muñido para ella por los Chicago Boys de Milton Friedman. Chile, del que se dice que es en la Patria Grande americana el otro extremo de un amplio espectro de posibilidades económicas cuyo otro cabo es Cuba, lo es con la anuencia de esa izquierda desizquierdizada que gobernó el país desde 1990 hasta 2010 y que, según todos los pronósticos, volverá a hacerlo a partir de 2014, cuando la nueva presidenta asuma el cargo. La Cuba neoliberal seguirá siéndolo suceda lo que suceda: Pinochet, como Franco, dejó su legado atado y bien atado.

Pese a todo ello, los carteles diseñados para Matthei y Bachelet por los mejores publicistas del país no podrían ser más diferentes. Matthei esboza en su afiche una sonrisa cálida de anuncio de Indasec al lado de su nombre escrito en letras de colores caprichosos y brillantes, que incluyen el fucsia y el azul aguamarina. Bachelet, en marcado contraste, se rodea exclusivamente en el suyo del rojo, el blanco y el azul de la bandera chilena. La intención está muy clara en ambos casos: en el primero, se trata de conjurar la imagen de dureza, grisura y estiramiento asociadas a la derecha con un diseño que rezume el dinamismo juvenil que siempre ha sido propio del campo progresista. En el segundo, de desprenderse del sambenito de antipatriota e irresponsable que la derecha cuelga siempre del cuello de la izquierda.

La derecha quiere ser izquierda y la izquierda quiere ser derecha, todo es cada vez más lo mismo y la desgracia de Chile es la de España, y la del Springfield invadido por los marcianos en el séptimo especial de Halloween de Los Simpsons. En ese capítulo, dos extraterrestres idénticos procedentes del mismo planeta, Kang y Kodos, irrumpen en la campaña electoral estadounidense de 1996, secuestran a los candidatos demócrata y republicano —Bill Clinton y Bob Dole— y se presentan ellos mismos a las elecciones. En la antológica escena final del episodio, Marge y Homer desfilan en una corvea de esclavos arrastrando grandes rocas para construir una gigantesca torre de rayos láser con la que destruir un distante y desconocido planeta. Marge lamenta el absurdo de la situación, y entonces Homer le responde:

«A mí no me mires, nena, yo voté a Kodos».

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