Glasear la mierda

por Pablo Batalla Cueto

Cerca de Bloemfontein, en Sudáfrica, en medio de un gran complejo de hoteles y spas de lujo llamado Emoya Luxury, se levanta un hotel singular, que lleva el nombre de Shanty Town. Así podemos traducir la presentación en inglés que el propio hotel ofrece en su sitio web: «Millones de personas viven en asentamientos informales a todo lo largo de Sudáfrica. Estos asentamientos consisten en miles de casas conocidas como shacks, shantys o makhukhus. Un shanty consiste habitualmente en placas viejas de hierro corrugado o cualquier otro material impermeable amontonadas para formar una pequeña “casa” o refugio donde sus habitantes pueden hacer una vida normal. Una lámpara de queroseno, velas, una vieja radio, una letrina externa (conocida como long drop) y un cilindro conocido como donkey donde hacen fuego para cocinar son normalmente parte de su estilo de vida [lifestyle]. Ahora, usted puede vivir la experiencia de habitar un shanty en el ambiente seguro de un parque natural privado. ¡Ésta es la única shanty town en el mundo equipada con calefacción subterránea e Internet wifi! Shanty Town es ideal para fomentar el espíritu de grupo, hacer braais [barbacoa típica sudafricana] y extravagantes fiestas temáticas y, en suma, vivir una experiencia única. Nuestros shantys pueden acoger hasta 52 huéspedes y son completamente seguros y aptos para los niños [child-friendly]». Una noche en uno de estos shantys, anuncia también la web, cuesta 82 dólares, es decir, la mitad del salario promedio de un trabajador sudafricano.

Está en Sudáfrica, pero no es inverosímil pensar que Shanty Town podría haberse montado en cualquier otro lugar del mundo desarrollado. Lejos de constituir una perversión aislada, Shanty Town no es más que un ejemplo entre otros de una tendencia mayor que lo trasciende y que afecta al conjunto de Occidente: la edad dorada de un marketing neoliberal consistente en glasear de rosa y perfumar las fétidas boñigas que el trote del sistema deja a su paso, de manera que se maten dos pájaros de un tiro y no sólo se esconda la porquería, sino que se la convierta en algo trendy y productor de dividendos.

No hay producto invendible, sólo marketing mal enfocado. El producto, en este caso, es la miseria chabolista, y el marketing presentarla no ya como manifestación superficial de la injusticia radical de un sistema que debe ser subvertido en sus cimientos más profundos; no ya, siquiera, como fatalidad irremediable que sólo puede ser paliada con limosnas y beneficencias que no ataquen ni cuestionen la estructura de explotación que genera la desigualdad; sino como un lifestyle, un pintoresco estilo de vida no sólo tan digno como otro cualquiera, sino incluso envidiable para yuppies de ciudad fácilmente deslumbrables por la muy publicitaria etiqueta de lo «auténtico». Ellos son los suertudos y las vallas y concertinas de las Melillas del mundo no son para mantenerlos lejos de nuestros iPads y nuestros iPhones, sino para evitar nuestra propia tentación de saltar hacia el Tercer Mundo a vivir vidas intensas en letrinas tupidas por la mierda de dos milenios. Las cajas de kaláshnikovs o de paquetes de arroz atraviesan las fronteras en sentido equivocado: son ellos si acaso, los dichosos habitantes de las paradisiacas favelas, quienes deben ayudarnos a nosotros, moradores infelices de rascacielos con agua corriente, a reparar nuestras existencias vacías y sin sentido.

En el otro confín del mundo ocioso, en Detroit (Estados Unidos), una exitosa empresa llamada Extreme Kidnapping, dirigida por un exconvicto de nombre Adam Thick, ofrece a clientes ansiosos por experimentar situaciones límite la posibilidad de ser secuestrados, en una experiencia hiperrealista que puede contratarse como regalo para un amigo y que incluye ser abordado por sorpresa, electrocutado con una pistola paralizante, amordazado, metido en un furgón y llevado a un zulo, donde el cliente recibe una paliza durante cuatro (500 dólares), diez (1500 dólares) o tantas horas o días como desee (precio a acordar), e incluso puede rodar un vídeo de solicitud de rescate a su familia con un revólver auténtico apuntándole a la sien.

Dioses, qué falta nos hace una guerra. Y cuánto nos merecemos perderla.

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