El zumo y la naranja

por Pablo Batalla Cueto

Hay frases, certeras como saetas, capaces de arruinarle a uno el día; sentencias cuya virtud no es revelar una verdad nueva, sino sacar a la luz y dar forma a una escondida en el magma de lo inconsciente, donde borbotan los pensamientos ya tenidos pero aún no reflexionados, como óvulos por fecundar. Acabo de leer una de esas frases en uno de esos fotomontajes que se comparten en Facebook, sobreimpresa en la imagen de un teléfono móvil que extiende hacia el espectador un hombre en disposición de tomar una fotografía con él. Dice así: «Orwell no predijo que las cámaras las compraríamos nosotros». Un tal Keith Lowell es su autor.

En su novela, publicada en 1948, 1984 —a eso, por supuesto, se refiere la frase—, el escritor inglés George Orwell predijo una distópica sociedad futura llena de cámaras y micrófonos, regida opresivamente por una figura difusa y todopoderosa llamada Gran Hermano, capaz de monitorizar cada segundo de las vidas de sus atribulados súbditos. Y no. Orwell no predijo, en aquello que nació como sátira sobre el estalinismo pero que cada vez parece más una caricatura del mundo libre del siglo XXI, que las cámaras las compraríamos nosotros. No predijo —bastante predijo el hombre—, los smartphone, ni YouTube, ni Instagram, ni las 217 fotos personales que, de media, cada usuario publica en Facebook. Tampoco predijo Facebook. Orwell no profetizó una estructura perfecta de vigilancia total, de seguimiento diario y omnímodo hasta los rincones más recónditos de la intimidad, que hubiera humedecido los sueños del mismo Stalin. Pero sobre todo no profetizó la genialidad neoliberal consistente en lograr que toda esa estructura sea pagada, como los sueldos de los camareros a través de las propinas en el Nuevo Orden mundial, por los propios incautos clientes vigilados. No predijo, santo Dios, que esos clientes se abalanzarían con avidez perruna sobre cada nuevo gadget, sobre cada nueva cámara dotada de nitidez más refinada que la anterior; de un discreto reloj y un GPS encargados de registrar, con precisión nanométrica, la hora de toma, el tiempo de exposición, la apertura de objetivo y la geolocalización de cada fotografía; de upload automático a Instagram, Flickr y Facebook; y de un detector de rostros capaz de deducir, por anteriores etiquetados, la identidad —¡con nombre y dos apellidos!— de cada individuo retratado en la instantánea. Orwell no auguró la retorcida habilidad del sistema para crear autodetectives, solícitos espías de sí mismos que cumplimentan con alegría el formulario biográfico de Facebook explicando públicamentes sus creencias religiosas y políticas, sus currículum laborales, las ciudades en que han vivido, sus direcciones y compañeros de piso en ellas, los viajes que han hecho y los nombres de sus parejas con sus fechas de aniversario; que a través de los «megusta» y los «soyfande» detallan los pubs en los que paran, sus cantantes, películas y escritores de referencia, sus clubes deportivos, sus platos favoritos, su sentido del humor, sus principales miedos; que en chats de imposible borrado registran cada una de sus conversaciones; que en público pregón comunican sus estados de ánimo diarios; que a través de perfeccionadas aplicaciones conectadas a Google Earth informan en tiempo real de a qué parque van a hacer footing, de a qué hora, de qué itinerario siguen, de cuántas calorías han gastado, de a qué coqueta cafetería del centro van después a tomar qué tipo de café o qué marca de cerveza con qué amigo del barrio de siempre.

No hay, seguramente, espías de la Stasi hurgando en la bandeja de entrada de su cuenta de Hotmail, cuya capacidad ilimitada le ha permitido dejar de borrar mensajes desde el año 2005, ni agentes de la CIA revisando el álbum cibernético de fotos de sus recientes vacaciones en Matalascañas. Pero podría haberlos, agazapados tras una ciberpared que, como las de los cuartos de interrogar en las comisarías de las series americanas de policías, son un espejo para aquéllos que están dentro, pero un cristal transparente para aquéllos que están fuera.

Podría haberlos. Y ya dijo Aristóteles, hace mucho, que el acto y la potencia son una misma cosa. Que toda naranja será zumo algún día, más tarde o más temprano.

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