Catalonia calling

por Pablo Batalla Cueto

Los Estados-nación troquelan nuestras mentes de maneras en las que no reparamos. Lo hacen día a día, en un sibilino proceder que Michael Billig describió hace años en un influyente ensayo titulado El nacionalismo banal. Decía Billig que, en la era posmoderna, la nacionalización de las masas ya no se efectúa, o se efectúa cada vez menos, a través de instrumentos clásicos de la construcción nacional como la educación reglada o el servicio militar, sino que son plataformas minúsculas, variopintas y aparentemente inocuas quienes se ocupan hoy de albergar la propaganda nacionalista y de recordar a los ciudadanos, diaria, constantemente, que forman parte de una nación. Por ejemplo, los mapas meteorológicos en los cuales los Estados-nación vecinos al propio aparecen oscurecidos y sin información incluso aunque su territorio caiga íntegramente dentro del encuadre; o las pequeñas banderitas que acompañan los ingredientes en varios idiomas de una caja de cereales. Una nación, un territorio. Una nación, una lengua.

Conocidas las entretelas del asunto después de leer a Billig, y también a Hobsbawm, a Anderson y a otros que se han ocupado de desvelar lo poco de inmemorial y lo mucho de contingente y artificioso que todas las naciones tienen, la independencia de Cataluña o del País Vasco sólo puede preocupar tan poco como a Steven Spielberg, Oprah Winfrey o cualquier otra de las celebrities internacionales a quienes Artur Mas ha enviado un librito titulado Catalonia calling, en el cual se explica con profusión el ardoroso anhelo de independencia que embarga al pueblo catalán. «En el mundo de hoy, la única libertad posible es la indiferencia», dice y dice bien el personaje Max Costa en El tango de la Guardia Vieja de Arturo Pérez-Reverte. También de las naciones se puede pensar, y es de hecho lo más saludable, que gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones; y que si españa qu’españe, que dicen nuestros asturianistas haciendo un juego de palabras con el significado del verbo españar («explotar»), pero que españe lejos, para que el ruido no nos despierte. Por lo demás, reconozcamos que hay Españas de las que es imposible no querer independizarse, y que tan atractiva resulta la idea de ser compatriota de Salvador Espriu o Blas de Otero como la posibilidad de dejar de serlo de Paco Marhuenda o Carlos Iturgaiz.

«Si la madre España cae —digo, es un decir—, ¡salid, niños del mundo! ¡Id a buscarla!», escribió César Vallejo, pero era peruano. Todo es más hermoso y más luchable en la distancia. A Francisco Vázquez de Coronado, explorador en el siglo xv de lo que hoy es Nuevo México, una pobre aldea de casas de adobe alumbrada por un sol de atardecer, vista de lejos, le pareció la legendaria ciudad de oro de Cíbola. Sucede lo mismo con España. Pero también con la libertad de los pueblos oprimidos. Encogen al hervir.

La unidad indivisible de la nación española me es, en suma, tan indiferente como el dret a decidir de las naciones en lucha sojuzgadas por Madrit. Y sin embargo, si los anunciados divorcios finalmente se producen, yo no podré evitar sentir una leve amargura adánica de paraíso perdido: el de esas casas grandes que, cuando las habitan compañeros de piso civilizados que friegan los platos al día y se reúnen a charlar en el salón, son como experiencia más enriquecedoras que refocilarse en la individualidad narcisista de un estudio. Conocemos a Espriu porque vivimos con él, y conocemos Aigüestortes y San Clemente de Tahull por los pósteres adheridos a la pared de nuestro salón, pero no conocemos a Miguel Torga ni la ciudad vieja de Marvão, porque un grueso tabique nos separa de la casa en la que moran.

La única libertad posible es la indiferencia, también, quizás sobre todo, en lo nacional. Pero qué bonito sueño era aquél de los comunistas de los años treinta de fundar una Unión de Repúblicas Socialistas Ibéricas. Y cuánto sentiría no haber conocido a Espriu.

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