Allende desungulado

por Pablo Batalla Cueto

De Salvador Allende cuentan quienes le conocieron y le admiraron —lo cual hace fiable su testimonio— que su enormidad moral no era incompatible con un cierto punto de vanidad mesiánica. Existe al respecto una famosa anécdota: siempre que encontraba la ocasión, Allende, dicen, se remangaba el brazo, se señalaba el bíceps y proponía a su interlocutor, en tono jocoso: «¡Toca esta carne! Es bronce para la historia».

Lo cierto es que Allende tenía razón. Cuarenta años después de su martirio en La Moneda, su rostro es hoy omnipresente en Chile. Aparece estampado en camisetas, postales, grafitis y afiches callejeros y, repetido hasta una obsesiva saciedad, abarrota las librerías, penetrar en cuyas secciones de historia tiene algo de hacerlo en una cripta de guerreros de terracota y darse de bruces con un mar de inquisitivos ojos pétreos exactamente iguales.  Desde el año 2000, además, Allende, en forma de hermosa escultura, comparte galería de próceres con otros presidentes del país en la plaza de la Constitución, detrás del Palacio de la Moneda. A ambos lados del pedestal que lo sostiene fueron grabados dos pasajes de su último discurso, dictado a Radio Magallanes la mañana del 11 de septiembre de 1973 mientras las bombas de la CIA destruían La Moneda. Para el lado más visible se escogió el siguiente: «Tengo fe en Chile y su destino».

Allende, ciertamente, vive. Pero ninguna inmortalidad se alcanza sin pagar un cierto precio, y el que Allende ha pagado por la suya tiene mucho que ver con el que pagan los gatos para ser admitidos en casas de amos irresponsables: una operación quirúrgica destinada a extirparles sus garras y tornarlos así inofensivos para los caros sofás del salón, aun al precio de arrebatarles la identidad y de causarles severos problemas de salud. Allende ha sufrido su propia desungulación. Despojado de toda concreción ideológica y convertido en un mero dechado de difusas virtudes generales, se parece cada vez más a los santos en los que no creía y a los libertadores americanos del siglo XIX con los cuales comparte panteón: figuras huecas y míticas amigas de todos, cajones de sastre político esgrimibles como argumento para justificar los proyectos y las posturas más dispares.

«Tengo fe en Chile y su destino» es una frase tan bonita como insulsa. Al otro lado del pedestal de la escultura, otra frase, más bonita y algo menos insulsa pero no menos inocua, redondea la castración: «Mucho más temprano que tarde de nuevo se abrirán las grandes alamedas, por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor». En aquel legendario discurso Allende también dijo: «Quiero que aprovechen la lección: el capital foráneo, el imperialismo, unidos a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición» y «Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza». Por otro lado, el historiador Jorge Magasich se ha ocupado de recordar que Allende también dijo que los trabajadores de Chile abrirían de nuevo las grandes alamedas y no que las alamedas fueran a abrirse solas, como quisiera indicar ese pasivo «se» jamás pronunciado y que algún interesado corrector de estilo coló en la transcripción oficial del epitafio.

De Allende se reivindica, y se reivindica mucho, el ejemplo ético, pero no la rabiosa vigencia del proyecto político por cuya defensa entregó su vida creyendo que no la entregaba en vano. Que eso suceda en un momento en que una operación de cáncer puede costar al paciente unos seis millones de pesos —9.000 euros al cambio— en uno de los sistemas sanitarios más privatizados del mundo y con la connivencia de los sucesores políticos del propio Allende, sólo de cobardía, de felonía o de traición puede calificarse.

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