Cabo Norte

Mi mundo no es de este reino.

Of course, but maybe

Lo confieso: en ocasiones veo chekas. Las veo a menudo, en realidad. Me tengo por un hombre pacífico y demócrata, pero tengo un reverso chekista y quemaiglesias que salta como un resorte de vez en cuando. Escucho, por ejemplo, a Rafael Hernando decir, con esa chulería torera y tabernaria de quienes siempre han tenido cada sartén por el mango y no saben lo que es el miedo, que algunos se han acordado de su padre tan solo cuando había subvenciones para encontrarle, y no puedo evitar, porque lo hace en nanosegundos, que mi cerebro gambetee y se escurra, como atraído por un imán, hacia su lado violento, a un gulag imaginario en el que tipos como Hernando, o como varios obispos y empresarios, lloriquean en la esquina de una fría mazmorra sin ventanas, tenuemente iluminados por el nervioso titilar de una bombilla desnuda colgada del techo, suplicando clemencia con los bajos del traje o la sotana embadurnados en sus propios fluidos elementales. Es una pulsión fugaz, nada más que un chispazo, que no tarda en dar paso al resonar de aquella frase de Voltaire: «Me repugnan sus ideas, pero daría mi vida por su derecho a expresarlas». Pero el primer arrebato está ahí, inignorable, agazapado tras de algún burladero neuronal, sonriéndome con malicia y susurrándome «Al platu vendrás, arbeyu; si nun ye de xoven, yá sedrá de vieyu».

Me tranquilizan, entonces, dos cosas: la primera, darme cuenta de que nunca la pienso muerta a esta gente, sino tan solo aterrada, reducida, desconcertada por la súbita vuelta de la tortilla que nunca esperan —«¿Cuándo querrá Dios del cielo que la tortilla se vuelva, que los pobres coman pan y los ricos mierda, mierda?», cantaban en los montes palentinos en nuestra guerra civil—, en una suerte de justicia sacrílega y kármica, montecristeña, que socialice el terror, cambie de manos los látigos y de testuces los yugos. La segunda tranquilidad es saber que no soy el único. Que usted también, y también Hernando, y Juan Antonio Martínez Camino, y Juan Rosell, sueñan sus propios gulags e inquisiciones, porque a este país la democracia llegó como llega el reboce de harina y huevo a ciertas carnes y pescados mal freídos: parece bien adherido, pero una vez se pincha y se corta el filete el adobo se desprende limpiamente, como una tortilla francesa simplemente superpuesta al testarudo bacalao.

«Todo hombre lleva en sí un dictador y un anarquista», dijo Paul Valéry, pero nadie ha expresado todo este asunto mejor que Louis CK, cómico estadounidense popular por monólogos de un descarnado humor negro. En uno de los más célebres, CK explica que todo su pensamiento consiste en una irresoluble pugna yinyánica entre un of course («por supuesto») y un but maybe («pero quizás») consecutivos, algo así como el ángel y el demonio en miniatura que brotan de los hombros de personajes de dibujos animados aquejados por una duda. «Por supuesto, por supuesto —dice, por ejemplo, Louis CK—, hay que proteger a los niños que tienen alergia a los frutos secos. ¡Por supuesto! Debemos separar los frutos secos de su comida, debemos mantener su medicación accesible en todo momento, y todo aquel que venda o sirva comida debe estar precavido de estas alergias mortales. Por supuesto. Pero quizás… Quizás si tocar una nuez puede matarte, se supone que debes morir. ¡Quizás si todos simplemente nos tapáramos los ojos durante un año, erradicaríamos la alergia a los frutos secos para siempre!».

Hace unos días se dijo algo parecido en una intensa discusión en Internet, en un foro de aficionados a la historia contemporánea. «Por supuesto —algo así decía un tertuliano—  que Paracuellos fue una masacre despiadada, sanguinaria, injustificable, un borrón indeleble en la heroica resistencia republicana durante la guerra civil española. Pero quizás… Quizás con no uno, sino treinta Paracuellos del Jarama, los malos no habrían ganado la guerra, y hoy no tendríamos que aguantar las bravatas de Hernando y compañía».

Maybe, maybe

Glasear la mierda

Cerca de Bloemfontein, en Sudáfrica, en medio de un gran complejo de hoteles y spas de lujo llamado Emoya Luxury, se levanta un hotel singular, que lleva el nombre de Shanty Town. Así podemos traducir la presentación en inglés que el propio hotel ofrece en su sitio web: «Millones de personas viven en asentamientos informales a todo lo largo de Sudáfrica. Estos asentamientos consisten en miles de casas conocidas como shacks, shantys o makhukhus. Un shanty consiste habitualmente en placas viejas de hierro corrugado o cualquier otro material impermeable amontonadas para formar una pequeña “casa” o refugio donde sus habitantes pueden hacer una vida normal. Una lámpara de queroseno, velas, una vieja radio, una letrina externa (conocida como long drop) y un cilindro conocido como donkey donde hacen fuego para cocinar son normalmente parte de su estilo de vida [lifestyle]. Ahora, usted puede vivir la experiencia de habitar un shanty en el ambiente seguro de un parque natural privado. ¡Ésta es la única shanty town en el mundo equipada con calefacción subterránea e Internet wifi! Shanty Town es ideal para fomentar el espíritu de grupo, hacer braais [barbacoa típica sudafricana] y extravagantes fiestas temáticas y, en suma, vivir una experiencia única. Nuestros shantys pueden acoger hasta 52 huéspedes y son completamente seguros y aptos para los niños [child-friendly]». Una noche en uno de estos shantys, anuncia también la web, cuesta 82 dólares, es decir, la mitad del salario promedio de un trabajador sudafricano.

Está en Sudáfrica, pero no es inverosímil pensar que Shanty Town podría haberse montado en cualquier otro lugar del mundo desarrollado. Lejos de constituir una perversión aislada, Shanty Town no es más que un ejemplo entre otros de una tendencia mayor que lo trasciende y que afecta al conjunto de Occidente: la edad dorada de un marketing neoliberal consistente en glasear de rosa y perfumar las fétidas boñigas que el trote del sistema deja a su paso, de manera que se maten dos pájaros de un tiro y no sólo se esconda la porquería, sino que se la convierta en algo trendy y productor de dividendos.

No hay producto invendible, sólo marketing mal enfocado. El producto, en este caso, es la miseria chabolista, y el marketing presentarla no ya como manifestación superficial de la injusticia radical de un sistema que debe ser subvertido en sus cimientos más profundos; no ya, siquiera, como fatalidad irremediable que sólo puede ser paliada con limosnas y beneficencias que no ataquen ni cuestionen la estructura de explotación que genera la desigualdad; sino como un lifestyle, un pintoresco estilo de vida no sólo tan digno como otro cualquiera, sino incluso envidiable para yuppies de ciudad fácilmente deslumbrables por la muy publicitaria etiqueta de lo «auténtico». Ellos son los suertudos y las vallas y concertinas de las Melillas del mundo no son para mantenerlos lejos de nuestros iPads y nuestros iPhones, sino para evitar nuestra propia tentación de saltar hacia el Tercer Mundo a vivir vidas intensas en letrinas tupidas por la mierda de dos milenios. Las cajas de kaláshnikovs o de paquetes de arroz atraviesan las fronteras en sentido equivocado: son ellos si acaso, los dichosos habitantes de las paradisiacas favelas, quienes deben ayudarnos a nosotros, moradores infelices de rascacielos con agua corriente, a reparar nuestras existencias vacías y sin sentido.

En el otro confín del mundo ocioso, en Detroit (Estados Unidos), una exitosa empresa llamada Extreme Kidnapping, dirigida por un exconvicto de nombre Adam Thick, ofrece a clientes ansiosos por experimentar situaciones límite la posibilidad de ser secuestrados, en una experiencia hiperrealista que puede contratarse como regalo para un amigo y que incluye ser abordado por sorpresa, electrocutado con una pistola paralizante, amordazado, metido en un furgón y llevado a un zulo, donde el cliente recibe una paliza durante cuatro (500 dólares), diez (1500 dólares) o tantas horas o días como desee (precio a acordar), e incluso puede rodar un vídeo de solicitud de rescate a su familia con un revólver auténtico apuntándole a la sien.

Dioses, qué falta nos hace una guerra. Y cuánto nos merecemos perderla.

El zumo y la naranja

Hay frases, certeras como saetas, capaces de arruinarle a uno el día; sentencias cuya virtud no es revelar una verdad nueva, sino sacar a la luz y dar forma a una escondida en el magma de lo inconsciente, donde borbotan los pensamientos ya tenidos pero aún no reflexionados, como óvulos por fecundar. Acabo de leer una de esas frases en uno de esos fotomontajes que se comparten en Facebook, sobreimpresa en la imagen de un teléfono móvil que extiende hacia el espectador un hombre en disposición de tomar una fotografía con él. Dice así: «Orwell no predijo que las cámaras las compraríamos nosotros». Un tal Keith Lowell es su autor.

En su novela, publicada en 1948, 1984 —a eso, por supuesto, se refiere la frase—, el escritor inglés George Orwell predijo una distópica sociedad futura llena de cámaras y micrófonos, regida opresivamente por una figura difusa y todopoderosa llamada Gran Hermano, capaz de monitorizar cada segundo de las vidas de sus atribulados súbditos. Y no. Orwell no predijo, en aquello que nació como sátira sobre el estalinismo pero que cada vez parece más una caricatura del mundo libre del siglo XXI, que las cámaras las compraríamos nosotros. No predijo —bastante predijo el hombre—, los smartphone, ni YouTube, ni Instagram, ni las 217 fotos personales que, de media, cada usuario publica en Facebook. Tampoco predijo Facebook. Orwell no profetizó una estructura perfecta de vigilancia total, de seguimiento diario y omnímodo hasta los rincones más recónditos de la intimidad, que hubiera humedecido los sueños del mismo Stalin. Pero sobre todo no profetizó la genialidad neoliberal consistente en lograr que toda esa estructura sea pagada, como los sueldos de los camareros a través de las propinas en el Nuevo Orden mundial, por los propios incautos clientes vigilados. No predijo, santo Dios, que esos clientes se abalanzarían con avidez perruna sobre cada nuevo gadget, sobre cada nueva cámara dotada de nitidez más refinada que la anterior; de un discreto reloj y un GPS encargados de registrar, con precisión nanométrica, la hora de toma, el tiempo de exposición, la apertura de objetivo y la geolocalización de cada fotografía; de upload automático a Instagram, Flickr y Facebook; y de un detector de rostros capaz de deducir, por anteriores etiquetados, la identidad —¡con nombre y dos apellidos!— de cada individuo retratado en la instantánea. Orwell no auguró la retorcida habilidad del sistema para crear autodetectives, solícitos espías de sí mismos que cumplimentan con alegría el formulario biográfico de Facebook explicando públicamentes sus creencias religiosas y políticas, sus currículum laborales, las ciudades en que han vivido, sus direcciones y compañeros de piso en ellas, los viajes que han hecho y los nombres de sus parejas con sus fechas de aniversario; que a través de los «megusta» y los «soyfande» detallan los pubs en los que paran, sus cantantes, películas y escritores de referencia, sus clubes deportivos, sus platos favoritos, su sentido del humor, sus principales miedos; que en chats de imposible borrado registran cada una de sus conversaciones; que en público pregón comunican sus estados de ánimo diarios; que a través de perfeccionadas aplicaciones conectadas a Google Earth informan en tiempo real de a qué parque van a hacer footing, de a qué hora, de qué itinerario siguen, de cuántas calorías han gastado, de a qué coqueta cafetería del centro van después a tomar qué tipo de café o qué marca de cerveza con qué amigo del barrio de siempre.

No hay, seguramente, espías de la Stasi hurgando en la bandeja de entrada de su cuenta de Hotmail, cuya capacidad ilimitada le ha permitido dejar de borrar mensajes desde el año 2005, ni agentes de la CIA revisando el álbum cibernético de fotos de sus recientes vacaciones en Matalascañas. Pero podría haberlos, agazapados tras una ciberpared que, como las de los cuartos de interrogar en las comisarías de las series americanas de policías, son un espejo para aquéllos que están dentro, pero un cristal transparente para aquéllos que están fuera.

Podría haberlos. Y ya dijo Aristóteles, hace mucho, que el acto y la potencia son una misma cosa. Que toda naranja será zumo algún día, más tarde o más temprano.

La marea caqui

El asunto de la derogación de la doctrina Parot ha comenzado a desangrar al PP por su derecha. El otro día fue anunciado el nacimiento de un nuevo partido político, formado por disidentes populares indignados con la tibieza del rajoyismo frente a ETA. Este partido aspira, dice, a «acabar con la infame y bochornosa actuación extendida en la vida política, plagada de deslealtades y conspiraciones, donde los principios, los valores y la lealtad son una excepción y no una obligada norma de conducta». Ha sido llamado Democracia y Libertad Popular.

El nombre recuerda, en su estructura y aspecto, al de otros partidos de alumbramiento reciente: la Sociedad Civil y Democracia de Mario Conde y, por supuesto, la ínclita Unión, Progreso y Democracia de Rosa Díez; también a los de otros menos conocidos como el zamorano Democracia y Regeneración Política y a los de algunos extranjeros, como el polaco Ley y Justicia. Todos ellos son parejas o tríadas de ampulosos sustantivos arracimados en torno a una «y». Los bautismos de partidos políticos, como los de bebés, también están sujetos a modas y tendencias. La del día es huir, como de la peste, de cualquier elemento que evidencie que el flamante partido representa una ideología concreta y delimitable: la misma denominación de «Partido» o el denostado sufijo «-ista», que en tiempos pasados, tal vez no exactamente mejores pero indudablemente más sinceros, sirviera para concretar toda la necesaria complejidad, pero a la vez la feroz singularidad, de un proyecto político en un solo palabro de rotundidad tetrasílaba y carácter personal e intransferible. Las Rosas Díez de hoy juegan al despiste; rastrean la paleta Pantone en busca de colores inéditos para teñir sus camisas —marea magenta, santo Dios— y se queman las huellas dactilares con fuego de vocablos amables y rimbombantes —«libertad», «democracia» y así— que son una especie de profecías de Nostradamus o de instrucciones de Ikea sujetas a mil interpretaciones. La guerra política sigue siendo, siempre lo ha sido, no puede ser otra cosa, debe serlo, una guerra de trincheras entre maneras radicalmente diferentes de comprenderlo todo, pero esas trincheras se camuflan con ramas y rastrojos. El mantra upeidiano, falaz como todos los mantras upeidianos, de que es preciso «No tener ideologías, sino ideas», la famosa transversalidad que UPyD comparte con Foro Asturias, Falange Auténtica, los frikis italianos de Beppe Grillo y otras ilustres bestias pardas, es hoy la consigna, que sólo puede parecer nueva a quien no sepa algo de historia. «Si en las viejas edades era la peste el epílogo de toda guerra, en la nuestra lo son los encalabrinados “ismos” diversos puestos en mangas de camisa de distintos colores. Epílogo de la guerra y prólogo de un vivir a toque de corneta, sometidos a la obligación de marcar el paso y saludar, el brazo en alto al correspondiente tiranuelo». Esto lo escribió Santiago Vinardell en La Vanguardia del 15 de julio de 1934, dos años antes de ser fusilado en el Madrid republicano, pero podría haberse bramado, con nada más que un rápido aggiornamento, en el último congreso de UPyD o en el micrófono abierto de un campamento del 15-M.

La cosa está empezando, claro. «Libertad», «unión» o «sociedad civil» aún significan algo, aunque signifiquen poco. Pero aún se puede ir más lejos.

En uno de los mejores capítulos de Cómo conocí a vuestra madre, Barney Stinson sugiere a su amiga Robin Scherbatsky, que debe encontrar empleo urgentemente para que no la expulsen de Estados Unidos a su Canadá natal, que modifique por completo su currículum vítae, eliminando de él toda referencia biográfica y laboral, y lo convierta en una vaga autodescripción consistente en palabras inventadas pero biensonantes como linkativity, connectitude o transformitation —algo así como «enlacitividad», «conectitud» y «transformitación»— a fin de deslumbrar a sus eventuales contratadores, en la idea de que en los tiempos que corren las formas son mucho más importantes que el contenido, y aun de que aquéllas deben servir para encubrir la ausencia o la pestilencia de éste.

La sátira precede a la realidad muchas veces. Vislumbro una Enlacitividad, Conectitud y Transformitación (ECyT), la marea caqui. Y si no, al tiempo.

Nunca con las víctimas

Hay lemas afortunados, concisos y biensonantes, que de tanto repetirse pasan a no cuestionarse jamás; a librarse del cartesiano deber de ser dudados. Se transforman en verdades oficiales, comodines en el póquer de la oratoria política, argayos que cierran el paso a los discursos obligando a quienes quieran discutir éstos a dar un largo rodeo por caminos comarcales para llegar, agotados, a ellos. En estos días de zapatiesta desatada en torno a la derogación de la doctrina Parot, un buen ejemplo de esto abarrota las páginas de los periódicos conservadores. Así, por ejemplo, el sábado pasado, uno de los humoristas gráficos del diario La Razón publicaba una tira en la cual un hombre y una mujer, con aspecto de gente bien, el hombre sujetando una bandera rojigualda, aparecían dibujados bajo el siguiente eslogan: «Siempre con las víctimas del terrorismo».

La frase evidencia dos cosas. Una, su cristalina intención en este país de trinchera fácil y amor al maniqueísmo: transmitir el mensaje de que quien no está a todos los efectos con las víctimas está indefectiblemente contra ellas, y, por lo tanto, con sus verdugos. La otra, un principio muy judeocristiano, cosido al forro de la cultura católica que es la nuestra, según el cual el sufrimiento ennoblece y otorga a quien lo soporta la condición automática de referente moral y ético. Las víctimas del terrorismo, sufrientes por excelencia en esta España en la que ETA ha sido por tanto tiempo la encarnación absoluta del Mal, disponen, en cuanto al título de voces infalibles, de una especie de hidalguía universal, que pasa por encima de que la víctima sea una niña de diez años, un fontanero de Baracaldo, un concejal socialista, Luis Carrero Blanco o el Torturador de Irún. Todos son angelitos condecorables de Dios.

Pero hay que dudar. «En todas las actividades es saludable, de vez en cuando, poner un signo de interrogación sobre aquellas cosas que por mucho tiempo se han dado como seguras», decía Bertrand Russell. «Hablan mucho de la belleza de la certidumbre como si ignorasen la belleza sutil de la duda. Creer es muy monótono; la duda es apasionante», decía Oscar Wilde. «La duda es uno de los nombres de la inteligencia», decía Borges. ¿Debe estarse siempre con todas las víctimas? ¿El sufrimiento ennoblece al sufriente y lo convierte en una voz autorizada en el debate jurídico, o más bien nubla para siempre con el humo del deseo de venganza el valor de sus opiniones, y hace de éstas las que menos en cuenta deban tener quienes redacten las leyes? ¿Puede considerarse más justa la comprensible vendetta personal que la exigencia de que el Estado de derecho se ataque a sí mismo quebrando un principio básico de la justicia democrática como es la no retroactividad de las condenas? ¿Pueden los biliosos pareceres de las víctimas sobre lo que debe hacerse ser un buen indicativo de lo que no debe hacerse? ¿Es posible que, salvo en sus funerales —y no en los de todas—, no deba estarse nunca con las víctimas?

Por cierto que en todo este asunto hay singulares paradojas. Dicen las malas lenguas que la suavización del código penal emprendida por el franquismo en 1973, bajo la cual fueron juzgados esos mismos etarras y violadores a los que ahora la decisión del tribunal estrasburgués permite excarcelar, no tuvo por propósito, como se dijo entonces, cribar de resabios fascistas el código de 1944 para adecuarlo a los usos democráticos de la Europa Occidental por la cual aquella España anhelaba ser admitida, sino asegurar a los gerifaltes de la dictadura que, en una eventual transición democrática completa, con juicios y condenas a los cómplices del tirano, sus penas fuesen benignas.

También para esto, rediós, la sombra de Franco es alargada. A más de un franquista iracundo de los de «¡Muera Europa, hijos de puta!», camuflado tras la masa de seráficas plañideras de la AVT, le convendría saberlo.

Tres condenados a muerte en Tazones

En 1887 gobernaba España don Práxedes Mateo Sagasta, el imperio británico invadió el Beluchistán y en Tazones fueron plantados tres árboles, tres hermosos plátanos, a fin de engalanar la calle principal y poner la guinda a la inauguración de la carretera que desde entonces une al pueblo con la capital municipal, Villaviciosa. 126 fiestas de San Roque después, los árboles siguen ahí, al lado del restaurante La Sirena y enfrente de la casona conocida como de Doña Mercedes, de los Leones o de Francisco el Coxu. Nunca, que se sepa, han molestado a nadie: antes bien, han sido punto de encuentro y de juegos de cinco generaciones de chavales tazoneros. Hasta hoy. De pronto, un pequeño movimiento vecinal ha comenzado a clamar, con cierto ardor, por la tala de los tres árboles.

Los pretextos que esgrimen estos vecinos son pobres: explican, por ejemplo, que los árboles generan ramas caídas que molestan el tránsito, pero, aparte de que exageren, son los mismos que reclaman, con no menor ardor, la peatonalización de la calle central del pueblo. Otro argumento es curioso por cuanto supone la aplicación, a la minúscula escala de una aldea, de una triquiñuela política muy de los tiempos: la apropiación de la palabrería característica del rival a fin de volverla contra él. Así como Esperanza Aguirre puede decir de los sindicatos que son «reaccionarios», o un militante de izquierda acusar a la derecha española de «antipatriota», los taladores de Tazones echan mano de argumentario ecologista para explicar su postura, y arguyen que los tres plátanos no son «autóctonos». En este caso, la argucia no es hábil: ningún ecologista apoyaría la tala de tres árboles aislados en una acera, sin contacto alguno con el humus del entorno, que nutre, por lo demás, decenas de eucaliptos e incluso varias palmeras. Hay otros argumentos de enjundia algo mayor, como el de que las gruesas raíces de los árboles provocan pequeños reventones en el asfalto de la carretera, pero siguen resultando insuficientes para excusar la destrucción de lo que no deja de ser parte del patrimonio histórico de Tazones, y siguen teniendo el tufo de una coartada facilona buscada sobre la marcha. No faltan, tampoco, quienes atacan con el inevitable, sempiterno y universal soniquete de que «hay cosas más importantes de las que preocuparse»: la farmacia, el cajero automático y el parque infantil que los tazoneros demandan con insistencia.

Tiene que ser otra cosa, una pulsión más humana y menos local, más difusa y menos concreta, de la que tal vez ni los mismos tazoneros sean conscientes, la que explique que los árboles, de los cuales los ancianos del lugar aseguran que ya eran tan grandes como hoy en los años veinte, hayan sobrevivido a eras de furor desarrollista y ausencia de escrúpulos ecológicos, y haya sido en cambio hoy, tan solo hoy, cuando se haya colocado la mira sobre ellos. Algo como la envidia y la arrogancia del ser humano en lo que toca a su relación con la naturaleza, cuya impasible inmortalidad es un recuerdo constante e insoportable de nuestra propia condición de seres mortales. Los árboles de Tazones, sencillamente, se han pasado de viejos: han tenido la osadía de superar en edad al ser humano más viejo jamás registrado —la francesa Jeanne Calment, que murió en 1997 a los 122 años—, y es por eso que deben ser cortados. El género humano es, también en Tazones, el malvado emperador de cuento de hadas que manda asesinar a los más guapos, más listos o en este caso más viejos que él en el reino a fin de ser él mismo el ganador. Los tres plátanos embocan el corredor de la muerte al mismo tiempo que, a apenas unos metros, se yergue un monumento en homenaje a las pescaderas, éste sí, llamado a durar centurias.

No todos están a favor de la tala. José del Valle García, Coque, lidera en las redes sociales una campaña informal en contra de ella. Suyas son las palabras más concisas y certeras pronunciadas en torno a este asunto: «Yo estoy en contra de cortar la vida de tres vieyos que son del pueblu». Tres vieyos que son del pueblu. Eso es.

Allende desungulado

De Salvador Allende cuentan quienes le conocieron y le admiraron —lo cual hace fiable su testimonio— que su enormidad moral no era incompatible con un cierto punto de vanidad mesiánica. Existe al respecto una famosa anécdota: siempre que encontraba la ocasión, Allende, dicen, se remangaba el brazo, se señalaba el bíceps y proponía a su interlocutor, en tono jocoso: «¡Toca esta carne! Es bronce para la historia».

Lo cierto es que Allende tenía razón. Cuarenta años después de su martirio en La Moneda, su rostro es hoy omnipresente en Chile. Aparece estampado en camisetas, postales, grafitis y afiches callejeros y, repetido hasta una obsesiva saciedad, abarrota las librerías, penetrar en cuyas secciones de historia tiene algo de hacerlo en una cripta de guerreros de terracota y darse de bruces con un mar de inquisitivos ojos pétreos exactamente iguales.  Desde el año 2000, además, Allende, en forma de hermosa escultura, comparte galería de próceres con otros presidentes del país en la plaza de la Constitución, detrás del Palacio de la Moneda. A ambos lados del pedestal que lo sostiene fueron grabados dos pasajes de su último discurso, dictado a Radio Magallanes la mañana del 11 de septiembre de 1973 mientras las bombas de la CIA destruían La Moneda. Para el lado más visible se escogió el siguiente: «Tengo fe en Chile y su destino».

Allende, ciertamente, vive. Pero ninguna inmortalidad se alcanza sin pagar un cierto precio, y el que Allende ha pagado por la suya tiene mucho que ver con el que pagan los gatos para ser admitidos en casas de amos irresponsables: una operación quirúrgica destinada a extirparles sus garras y tornarlos así inofensivos para los caros sofás del salón, aun al precio de arrebatarles la identidad y de causarles severos problemas de salud. Allende ha sufrido su propia desungulación. Despojado de toda concreción ideológica y convertido en un mero dechado de difusas virtudes generales, se parece cada vez más a los santos en los que no creía y a los libertadores americanos del siglo XIX con los cuales comparte panteón: figuras huecas y míticas amigas de todos, cajones de sastre político esgrimibles como argumento para justificar los proyectos y las posturas más dispares.

«Tengo fe en Chile y su destino» es una frase tan bonita como insulsa. Al otro lado del pedestal de la escultura, otra frase, más bonita y algo menos insulsa pero no menos inocua, redondea la castración: «Mucho más temprano que tarde de nuevo se abrirán las grandes alamedas, por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor». En aquel legendario discurso Allende también dijo: «Quiero que aprovechen la lección: el capital foráneo, el imperialismo, unidos a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición» y «Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza». Por otro lado, el historiador Jorge Magasich se ha ocupado de recordar que Allende también dijo que los trabajadores de Chile abrirían de nuevo las grandes alamedas y no que las alamedas fueran a abrirse solas, como quisiera indicar ese pasivo «se» jamás pronunciado y que algún interesado corrector de estilo coló en la transcripción oficial del epitafio.

De Allende se reivindica, y se reivindica mucho, el ejemplo ético, pero no la rabiosa vigencia del proyecto político por cuya defensa entregó su vida creyendo que no la entregaba en vano. Que eso suceda en un momento en que una operación de cáncer puede costar al paciente unos seis millones de pesos —9.000 euros al cambio— en uno de los sistemas sanitarios más privatizados del mundo y con la connivencia de los sucesores políticos del propio Allende, sólo de cobardía, de felonía o de traición puede calificarse.

Catalonia calling

Los Estados-nación troquelan nuestras mentes de maneras en las que no reparamos. Lo hacen día a día, en un sibilino proceder que Michael Billig describió hace años en un influyente ensayo titulado El nacionalismo banal. Decía Billig que, en la era posmoderna, la nacionalización de las masas ya no se efectúa, o se efectúa cada vez menos, a través de instrumentos clásicos de la construcción nacional como la educación reglada o el servicio militar, sino que son plataformas minúsculas, variopintas y aparentemente inocuas quienes se ocupan hoy de albergar la propaganda nacionalista y de recordar a los ciudadanos, diaria, constantemente, que forman parte de una nación. Por ejemplo, los mapas meteorológicos en los cuales los Estados-nación vecinos al propio aparecen oscurecidos y sin información incluso aunque su territorio caiga íntegramente dentro del encuadre; o las pequeñas banderitas que acompañan los ingredientes en varios idiomas de una caja de cereales. Una nación, un territorio. Una nación, una lengua.

Conocidas las entretelas del asunto después de leer a Billig, y también a Hobsbawm, a Anderson y a otros que se han ocupado de desvelar lo poco de inmemorial y lo mucho de contingente y artificioso que todas las naciones tienen, la independencia de Cataluña o del País Vasco sólo puede preocupar tan poco como a Steven Spielberg, Oprah Winfrey o cualquier otra de las celebrities internacionales a quienes Artur Mas ha enviado un librito titulado Catalonia calling, en el cual se explica con profusión el ardoroso anhelo de independencia que embarga al pueblo catalán. «En el mundo de hoy, la única libertad posible es la indiferencia», dice y dice bien el personaje Max Costa en El tango de la Guardia Vieja de Arturo Pérez-Reverte. También de las naciones se puede pensar, y es de hecho lo más saludable, que gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones; y que si españa qu’españe, que dicen nuestros asturianistas haciendo un juego de palabras con el significado del verbo españar («explotar»), pero que españe lejos, para que el ruido no nos despierte. Por lo demás, reconozcamos que hay Españas de las que es imposible no querer independizarse, y que tan atractiva resulta la idea de ser compatriota de Salvador Espriu o Blas de Otero como la posibilidad de dejar de serlo de Paco Marhuenda o Carlos Iturgaiz.

«Si la madre España cae —digo, es un decir—, ¡salid, niños del mundo! ¡Id a buscarla!», escribió César Vallejo, pero era peruano. Todo es más hermoso y más luchable en la distancia. A Francisco Vázquez de Coronado, explorador en el siglo xv de lo que hoy es Nuevo México, una pobre aldea de casas de adobe alumbrada por un sol de atardecer, vista de lejos, le pareció la legendaria ciudad de oro de Cíbola. Sucede lo mismo con España. Pero también con la libertad de los pueblos oprimidos. Encogen al hervir.

La unidad indivisible de la nación española me es, en suma, tan indiferente como el dret a decidir de las naciones en lucha sojuzgadas por Madrit. Y sin embargo, si los anunciados divorcios finalmente se producen, yo no podré evitar sentir una leve amargura adánica de paraíso perdido: el de esas casas grandes que, cuando las habitan compañeros de piso civilizados que friegan los platos al día y se reúnen a charlar en el salón, son como experiencia más enriquecedoras que refocilarse en la individualidad narcisista de un estudio. Conocemos a Espriu porque vivimos con él, y conocemos Aigüestortes y San Clemente de Tahull por los pósteres adheridos a la pared de nuestro salón, pero no conocemos a Miguel Torga ni la ciudad vieja de Marvão, porque un grueso tabique nos separa de la casa en la que moran.

La única libertad posible es la indiferencia, también, quizás sobre todo, en lo nacional. Pero qué bonito sueño era aquél de los comunistas de los años treinta de fundar una Unión de Repúblicas Socialistas Ibéricas. Y cuánto sentiría no haber conocido a Espriu.

La guerra chilena de los clones

El próximo noviembre se celebrarán elecciones presidenciales en Chile, y de Arica a Punta Arenas todo el país se halla ya empapelado de carteles a los que se asoman los rostros ufanos de nueve candidatos. Tal arcangélico número, 9, supone el récord de concurrentes a unos comicios desde el restablecimiento de la democracia en 1990, pero el bipartidismo chileno está lejos de resquebrajarse. Dos candidatas, Evelyn Matthei y Michelle Bachelet, son las únicas que disponen de posibilidades reales de sentarse durante los próximos cuatro años en el trono republicano del Palacio de la Moneda. Como en una autoparodia sobre el carácter falaz de los sistemas bipartidistas, los nombres de los dos partidos que abanderan se parecen como dos gemelos siameses: la sibilina derecha postpinochetista que abandera Matthei, hija de un ministro de la dictadura, se llama Alianza por el Cambio, pero operó hasta 2012 bajo el nombre de Coalición por el ídem. Por su parte, la pluriforme y desnortada izquierda que se arracima en torno a Bachelet sigue llamándose Concertación de Partidos por la Democracia. Coalición versus Concertación es la guerra chilena de los clones.

Pero también se parecen sus programas: así como Margaret Thatcher respondió en una ocasión «Tony Blair» al periodista que le preguntó cuál consideraba que era el logro más rutilante de su extenso mandato, también el difunto Augusto Pinochet podría haber respondido «la Concertación» a idéntica pregunta. La izquierda chilena, trastornadas sus facultades mentales en las parrillas electrificadas de Villa Grimaldi, salió del túnel abrazada con singular entusiasmo estocolmés al modelo neoliberal auspiciado por la dictadura y muñido para ella por los Chicago Boys de Milton Friedman. Chile, del que se dice que es en la Patria Grande americana el otro extremo de un amplio espectro de posibilidades económicas cuyo otro cabo es Cuba, lo es con la anuencia de esa izquierda desizquierdizada que gobernó el país desde 1990 hasta 2010 y que, según todos los pronósticos, volverá a hacerlo a partir de 2014, cuando la nueva presidenta asuma el cargo. La Cuba neoliberal seguirá siéndolo suceda lo que suceda: Pinochet, como Franco, dejó su legado atado y bien atado.

Pese a todo ello, los carteles diseñados para Matthei y Bachelet por los mejores publicistas del país no podrían ser más diferentes. Matthei esboza en su afiche una sonrisa cálida de anuncio de Indasec al lado de su nombre escrito en letras de colores caprichosos y brillantes, que incluyen el fucsia y el azul aguamarina. Bachelet, en marcado contraste, se rodea exclusivamente en el suyo del rojo, el blanco y el azul de la bandera chilena. La intención está muy clara en ambos casos: en el primero, se trata de conjurar la imagen de dureza, grisura y estiramiento asociadas a la derecha con un diseño que rezume el dinamismo juvenil que siempre ha sido propio del campo progresista. En el segundo, de desprenderse del sambenito de antipatriota e irresponsable que la derecha cuelga siempre del cuello de la izquierda.

La derecha quiere ser izquierda y la izquierda quiere ser derecha, todo es cada vez más lo mismo y la desgracia de Chile es la de España, y la del Springfield invadido por los marcianos en el séptimo especial de Halloween de Los Simpsons. En ese capítulo, dos extraterrestres idénticos procedentes del mismo planeta, Kang y Kodos, irrumpen en la campaña electoral estadounidense de 1996, secuestran a los candidatos demócrata y republicano —Bill Clinton y Bob Dole— y se presentan ellos mismos a las elecciones. En la antológica escena final del episodio, Marge y Homer desfilan en una corvea de esclavos arrastrando grandes rocas para construir una gigantesca torre de rayos láser con la que destruir un distante y desconocido planeta. Marge lamenta el absurdo de la situación, y entonces Homer le responde:

«A mí no me mires, nena, yo voté a Kodos».

Unidad de destino en lo musical

La buena música transita a veces sorprendentes pasadizos invisibles a través del espacio y el tiempo. En los años ochenta, media Polonia vibraba al ritmo de L’estaca de Lluís Llach. La legendaria canción protesta, emigrada a aquel país y traducida como Mury a su áspera lengua —On natchniony i młody był, ich nie policzyłby nikt, comienza—, vivió una segunda vida en las gargantas de los estibadores anticomunistas del sindicato Solidaridad. «Canto que ha sido valiente siempre será canción nueva», cantaba Víctor Jara y cantó Bruce Springsteen, hace unos días, en su primer concierto en Chile.

Existen casos, aún más curiosos que el del reciclaje de L’estaca, de semillas que son plantadas en un extremo del globo y sólo florecen años más tarde en los humus de inopinadas antípodas. Sobre uno de ellos versa Searching for Sugar Man, la alabada película sueca que el año pasado fue premiada con el Oscar y el BAFTA al mejor documental.

La historia que relata Searching for Sugar Man comienza en Sudáfrica a mediados de los setenta y tiene por protagonista a un tal Rodriguez, un hombre nebuloso de quien de partida sólo se conoce la nacionalidad estadounidense, el hispánico nom de guerre, dos extraordinarios discos de folk rock y música psicodélica editados a principios de los setenta por una pequeña discográfica y un difuso rumor acerca de un espeluznante suicidio público llevado a cabo durante un concierto. La trama, trufada de suspense y poseedora de un asombroso final, prosigue relatando que aquellos dos discos atravesaron sin pena ni gloria el panorama musical norteamericano post-Woodstock, y que el fracaso cosechado fue razón de la decisión de este Rodriguez de retirarse dramáticamente de la circulación.

Nadie sabe y el filme no desvela, porque es imposible saberlo, de qué manera algunos años después las canciones de Rodriguez, desconocidas en América, saltaron el Charco y se hicieron tan famosas en la Sudáfrica del apartheid, entonadas por jóvenes opositores al régimen, como para acabar convirtiendo allá al misterioso Rodriguez en músico de culto, banda sonora de una generación y adjudicatario de un disco de platino. Searching for Sugar Man es la crónica de la investigación que dos sudafricanos emprenden acerca del origen, los pasos y el paradero de su ídolo.

Hay algo reconciliador con el mundo en las imágenes de ardorosos manifestantes entonando I wonder que incluye la película, pero ese primer efecto balsámico puede no tardar en dar paso a una amarga constatación: todas las revoluciones, todas las eras de cambio social que en la historia han sido, ardieron acompañadas de un himno galvanizante y unisonizador; sin embargo, la necesaria y pendiente revolución española no tiene quien la cante, y la esperanza de que alguna de las protestas del momento sea la chispa que inicie el incendio regenerador muere nonata en el instante en que se constata que no hay una estaca o un I wonder en las marchas educativas baleares, que ninguna Grândola, vila morena ha acompañado las astracanadas del 15-M ni las últimas huelgas generales, que no hay Jarchas ni Serrats que siembren de acordes libertarios la segunda transición que aún no ha comenzado, que sólo consignas dispersas y pobres emanan de las gargantas de los revoltosos.

Todo está tan por hacer como ese cántico que tal vez deba ser un rap o una bachata, o tal vez deba ser, en una de esas justas retribuciones que también son habituales en la historia de la música, una vieja canción polaca —propongo Ballada o Janku Wiśniewskim— traducida al castellano.

Tengamos las orejas bien alerta: el momento en que se perciba al fin la imprescindible unidad de destino en lo musical será el de desempolvar las antorchas y el bote de queroseno.