Heterodoxo, no disidente. Entrevista a Leonardo Padura

por Pablo Batalla Cueto

(Versión completa y transcripción literal de una entrevista al escritor cubano Leonardo Padura realizada durante la XXVI Semana Negra de Gijón y publicada, resumida, en el último número de la revista asturiana de información y pensamiento Atlántica XXII).

Leonardo Padura Fuentes

Leonardo Padura (La Habana, 1955) llega al hotel Don Manuel de Gijón ataviado con una vaporosa camisa de lino blanco que contrasta con su tez morena y con la grisura pertinaz del verano gijonés. En medio del trajín de conferencias y entrevistas que es su participación en la XXVI Semana Negra, encuentra un hueco de una media hora para trazar para Atlántica XXII unas rápidas pinceladas de sus últimas novelas y de la encrucijada cubana.

El título de su próxima novela es Herejes, y es un título interesante porque de alguna manera resume toda su obra: ese ya antiguo interés suyo en la figura del hereje. ¿Por qué ese interés?

Ésta es una novela que yo pensé mucho a la hora de comenzar a escribirla qué sentido iba a tener. Ésta es una novela que fundamentalmente habla de la búsqueda de la libertad individual, y los riesgos que asume la persona cuando decide optar por esa libertad individual. Tiene un antecedente, y es que hace unos años había intentado empezar a escribir una novela que no estaba suficientemente madura en mi cabeza como para empezar a escribirla, y tenía un personaje que era un judío que había llegado a Cuba, que vivía en Cuba como un cubano normal y corriente. Y ese personaje se me quedó en la mente. Y a partir de crearle una historia a ese personaje creé la historia de la novela, que es una historia bastante complicada en el sentido de que en el tiempo comienza en 1642 en Ámsterdam, en el estudio de Rembrandt, con un judío que quiere ser pintor y su herejía es precisamente desobedecer una ley judaica que no le permitía pintar. A partir de la idea del segundo judío creé esta idea, pero me di cuenta de que unas herejías que estaban alejadas en el tiempo no me complementaban lo que yo quería decir con esta novela, y por eso creé una tercera historia que es la de una joven emo cubana en el presente. Las tres historias tienen una cuarta parte, que es un poco la solución, el desenlace, y el enlace, de estas tres historias que han estado conectadas todo el tiempo por una pequeña obra de Rembrandt, que es el rostro de este joven judío, que es una serie que hizo Rembrandt en los años cuarenta y principios de los cincuenta, que le llamó Rostro de joven judío, Retrato de un judío o Retrato de Cristo. ¡Es una de las mayores herejías que podía hacer un judío: servir de modelo para pintar a Cristo! Te lo podrás imaginar… (Risas). La historia de esta obra es lo que conecta las tres historias de los tres personajes. Y Mario Conde aparece en la segunda, la del judio asquenazí que vive en Cuba y se va a los Estados Unidos a partir de que el hijo viene a Cuba a buscar esa historia. Y la tercera es la de esta muchacha que se ha perdido y sobre la que Conde decide investigar. La novela me la planteé como un reto en el sentido de que, si en El hombre que amaba a los perros había hablado sobre todo de un proyecto colectivo, del fracaso de un proyecto colectivo, en ésta quería hablar de historias muy individuales, de personajes muy típicos o atípicos en su momento, según se mire, pero que encarnaran esta necesidad del individuo de reafirmarse a sí mismo en un momento determinado y en sociedades, además, donde se dice que las personas han disfrutado de gran libertad. En unos casos religiosa, en otros casos política… Ése fue un poco el propósito que me llevó a escribir esta novela.

Es cierto que el fondo de El hombre que amaba a los perros es el fracaso de un proyecto colectivo, pero la trama pivota en torno a dos personas muy concretas: León Trotski y su asesino, Ramón Mercader. Hay una reflexión interesante que se puede hacer y es que Trotski, que es el hereje en ese dúo, es un personaje conocidísimo, de quien está documentado prácticamente cada minuto de su vida; mientras que Mercader es algo así como el ortodoxo perfecto al servicio de una idea, un hombre nebuloso de quien nada se sabe con certeza.

Yo creo que, más que un hereje, Trotski fue un fanático, realmente. Y Mercader lo fue, evidentemente. Son dos personajes de características diferentes en cuanto a la posibilidad de construir el personaje por esto que decíamos: un personaje muy historiado y un personaje sin historia. Trotski fue calificado de hereje, pero él se mantuvo siempre absolutamente fiel a un pensamiento al que sacrificó todo, incluso su familia, a esta manera de entender la política. Y ése era uno de mis problemas fundamentales con el personaje de Trotski, que es un hombre que respiraba, expiraba, comía, excretaba política. Era un hombre totalmente obsesionado con la política, con la revolución, y creo que eso lo hace un fanático. De carácter diferente a Mercader, pero también lo hace un fanático. No es así en otras de mis novelas donde más que sobre los totalitarismos escribo sobre las herejías. Mario Conde, evidentemente, es un hereje en una sociedad en la que él incluso decide apartarse de una labor oficial que realizaba, en la cual yo lo tuve durante cuatro novelas a pesar de que él no quería. Pero en El hombre que amaba a los perros, el tema del fanatismo y del miedo son dos temas fundamentales. En ésta, en Herejes, el tema de la libertad del individuo y del coraje para poder enfrentar esta decisión, creo que es lo que la fundamenta.

Un rasgo habitual de la figura del hereje, también muy presente en su obra, es el final trágico. Eso nos conecta con Hemingway. ¿Por qué le interesó Hemingway?

Hemingway, por muchísimas razones. La primera es que Hemingway fue mi primer modelo literario, el primer escritor cuya obra, cuya vida, cuya proyección tuvieron una atracción sobre mí como aprendiz de escritor o como posible escritor. Al principio escribí varios cuentos muy hemingwayanos, muy en el estilo entrecortado de Hemingway, con finales hemingwayanos, personajes hemingwayanos. Y yo iba con mucha frecuencia a la finca Vigía, a la casa de Hemingway en Cuba. Y sentía siempre allí la respiración de la literatura. Si hay una casa ideal para un escritor es la finca Vigía, porque está completamente apartado y está a quince minutos del centro de La Habana; y eso sobre todo en los años cuarenta y cincuenta, cuando La Habana era una ciudad con un movimiento tremendo, era una situación absolutamente maravillosa. Y el espíritu de Hemingway se respira todavía allí, en finca Vigía. Pero con los años fui descubriendo actitudes y acontecimientos en la vida y en la biografía de Hemingway que me fueron haciendo tener una lectura un poco más crítica del personaje, y creo que lo que rebasó la copa fue todo el problema entre Dos Passos y Hemingway en Madrid durante la guerra civil, la historia de Robles. Esto yo lo descubro y escribo Adiós, Hemingway antes de que Martínez de Pisón escriba Despertar a dos barcos. Y después me sentí muy satisfecho de ver que en una investigación más profunda, Martínez de Pisón, que es un escritor muy serio, un poco llegaba a las mismas conclusiones a las que había llegado yo con una información más parcial que tuve en aquel momento. Quise un poco hacer un pase de cuentas, resolver mi problema literario y personal con Hemingway, esta relación de amor-odio. Porque su literatura me sigue gustando; el personaje me gusta menos. Había descubierto que una parte de lo que yo admiraba de él había sido prácticamente un montaje que él había hecho para crearse la figura que se creó. Y todo esto yo tenía que resolverlo de alguna forma, y no podía resolverlo con un ensayo. Un ensayo no era el territorio para resolver eso porque era algo más íntimo, más personal. Y por eso fue que decidí escribir Adiós, Hemingway.

Sale a fumar.

Volviendo a Trotski y a Mercader, ¿qué fue más difícil? ¿Cribar a Trotski o llenar las lagunas de Mercader, en ese proceso de documentación?

Creo que fue más difícil escribir a Trotski, porque toda esta cantidad de información que yo tenía, que puede tener cualquiera que busque, significaba un reto. ¿Cómo sintetizar, dejar en la esencia de lo que yo quería, sin que El hombre que amaba a los perros se convirtiese en una novela de mil páginas, o de las dos mil páginas en la que podría haberse convertido? Pero lo más difícil realmente no fue ni siquiera trabajar con la información, sino trabajar con la mente de Trotski. Yo empecé a escribir una novela… Yo escribo dos versiones: yo escribo la historia, llego hasta el final, vuelvo al principio, la vuelvo a escribir, y así sucesivamente. Y entre versión y versión, la leen algunos lectores que yo tengo, que me ayudan mucho con esta mirada desde fuera con respecto a la novela. Y comprobé… Bueno, cada versión es realmente más de una versión. En la séptima versión, lo vi hace poco porque un universitario de los Estados Unidos me pidió algo sobre este tema, que Trotski todavía estaba en primera persona. Toda la línea de Trotski estaba narrada en primera persona. Y hubo un punto en el que me di cuenta de que yo no podía ponerme dentro de la mente de Trotski. Era un hombre de una cultura, de un origen era judío de origen, y aunque no lo practicara, eso tenía mucho que ver con su personalidad), de un pensamiento, de una época, de un contexto que es muy complejo poder reproducir en primera persona. Y por eso fue que decidí pasarlo a una tercera persona. En el caso de Mercader, lo difícil fue poder imaginar qué cosa había pasado en los vacíos. Pero eso eso se convierte en fácil cuando tú tienes ya una idea general del personaje. Que también me costó trabajo poder establecerlo por la falta de información y por la imposibilidad de conversar con personas que me dieran esa información porque se negaron, algunos de ellos, a hablar conmigo. Entonces fue un proceso diverso en uno y otro caso, pero pienso que sí, que Trotski me resultó mas complicado de escribir.

¿Se siente usted mismo un hereje?

Más bien un heterodoxo (risas). No sería un hereje en la medida en que siempre he sido bastante descreído. Igual que cuando, a veces, me califican de disidente. Bueno, ¿disidente de qué? Yo no he pertenecido, no tengo por qué disentir en el sentido que se le da políticamente al término disidente. Y la herejía, igual. Yo creo que mi literatura es una literatura que trata, y mi periodismo, de dar una imagen lo más cercana posible a la realidad de Cuba de la manera en que yo entiendo la realidad de Cuba. Hay formas muy antagónicas de ver Cuba que van desde hablar del paraíso comunista hasta el infierno comunista que puede ser Cuba. Y yo trato de verlas desde una persepctiva interior, desde una perspectiva personal pero muy ligada  a las expectativas de las personas. Cuando, por ejemplo, ahora, el trabajo periodístico que yo estoy haciendo, que desde hace más de quince años lo estoy haciendo con la agencia de prensa IPS, y hago unas crónicas mensuales para ellos, para el servicio, de IPS Cuba y para el servicio de columnistas de IPS Roma, que es la central. Y los de IPS Cuba salen en una parte de la web que se llama «La esquina de Padura». Y no es porque esté en una esquina de la página, sino porque están escritos desde la perspectiva de un hombre que se para en la esquina de un barrio a ver la vida. Y trato de escribir desde esa perspectiva, desde la esquina de un barrio de La Habana, tratando de entender cómo piensa la gente, cómo siente la gente, cuáles son sus frustraciones. Y cuáles son sus esperanzas, por supuesto. Y eso hace que tal vez sea una mirada bastante heterodoxa con respecto a las ortodoxias positivas o negativas que abundan tanto sobre Cuba.

Le habrán hecho muchas veces la pregunta de qué piensa que va a ser de Cuba después de Fidel Castro; y alguna otra la pregunta de qué debería ser de Cuba después de Fidel. Yo le voy a hacer otra pregunta: ¿qué no debería ser la Cuba de después de Fidel? ¿Qué no debe ser sacrificado de la Revolución Cubana?

Yo creo que en Cuba, en estos años en que hemos vivido un proceso muy complicado, muy difícil, en el que ha habido desgarramientos muy grandes como por ejemplo la división de la familia cubana, también ha habido logros muy importantes como la eliminación de la discriminación racial, la igualdad de la mujer, los altos niveles de educación… Es decir, que no se puede hablar en blanco y negro de qué cosa ha sido Cuba. Siempre digo que mi gran esperanza con el futuro cubano es que las personas puedan vivir dignamente de su trabajo. Eso hoy en Cuba es bastante difícil. Es bastante complicado porque el propio gobierno ha reconocido que los salarios no alcanzan para vivir. Un médico con lo que gana, con su dinero, no tiene suficiente dinero para mantener a su familia. Y en muchos casos trabajan mucho. Si este futuro lograra que estas personas que durante tantos años han tenido carencias, han pasado necesidades, pero han seguido trabajando, han seguido manteniendo una actitud ética, pueden vivir decentemente de su trabajo, eso para mí sería positivo. Por supuesto, no quisiera que la sociedad cubana volviera a sufrir problemas como discriminaciones, problemas por el color de piel, o de creencias religiosas, o incluso discriminaciones de carácter político. Eso es lo que quisiera que pudiera ser de alguna forma el futuro de Cuba.

¿Tuvo problemas en Cuba con El hombre que amaba a los perros?

Afortunadamente, no. Fue una novela que cuando la terminé pensé que difícilmente se iba a publicar en Cuba. Pero se publicó; salió editada por la editorial que publico siempre los últimos años, la de la Unión de Escritores. El libro ganó ese año el premio de la crítica, se hizo una revisión y creo que fue un libro que por lo que significó para Cuba y por lo que ocurrió fuera de Cuba, por los premios que ganó, en Grecia, en Francia, en Italia, fue el libro que de alguna manera hizo imposible que se dilatara más, que me concedieran el Premio Nacional de Literatura. Y ha sido muy satisfactorio ver que puede haber y que de hecho hay personas que piensan que es un libro que incluso lo catalogan abiertamente de contrarrevolucionario, pero que la mayoría de las personas con las que me he encontrado en Cuba y que me han hablado del libro por una u otra vía me han dicho que me agradecen que yo haya escrito ese libro. Porque ese libro ha significado para ellos la posibilidad de conocer una historia que ellos no conocían y de saber hasta qué punto ésa era su propia historia. Y eso es muy satisfactorio, cuando logras esa relación con un lector bastante capaz como el lector cubano, eso te dice que, bueno, que lo que te has propuesto lo has conseguido y que lo has conseguido de la mejor manera posible.

¿Hasta qué punto es cierta la imagen de la propaganda anticastrista de que Cuba es una inmensa cárcel? ¿Hay lugar a la crítica y a la disensión? ¿Hay ahora más que antes?

Ahora, en estos momentos, hay mucho más espacio para la disensión. Mucho más espacio. No deja de ser cierto que Cuba es un país donde políticamente sólo puede haber asentada una postura, una militancia, es un país de partido único, el Partido Comunista, y las disidencias políticas pueden traer riesgos para las personas que las practican. Pero el hecho de que ahora mismo exista por ejemplo un grupo de blogueros, la más conocida es Yoani Sánchez, que hacen una actividad que es de cierta forma de oposición al sistema, demuestra que las cosas han cambiado, igual que que exista una novela como El hombre que amaba a los perros que se publique y se difunda, o que me concedan el Premio Nacional de Literatura. En el año ¿2007? pasó algo que es sintomático de hasta qué punto las cosas empezaban a cambiar e iban a cambiar en Cuba, y fue que aparecieron en la televisión tres personajes muy ligados a toda la política represiva con el mundo de la cultura que se practicó en los años setenta. Inmediatamente hubo una reacción masiva de los intelectuales cubanos, y esto llevó incluso a que el ministro de Cultura se reuniera con un grupo de intelectuales y les dijera que no se preocuparan porque las cosas no iban a volver a lo que había ocurrido en ese pasado de los años sesenta. Creo que ahora mismo, existen toda una serie de espacios inimaginables quince o veinte años atrás en los cuales se vierten opiniones diferentes. Hay por ejemplo dos revistas de la iglesia católica que se titulan con bastante abundancia, una se llama Palabra Nueva y sobre todo la otra que se llama Espacio Laical, que por ejemplo en el último cuatro intelectuales cubanos hablamos sobre lo que ha ocurrido con las reformas y cómo vemos el ritmo y el destino de las reformas que están ocurriendo en Cuba. Y son posturas realmente muy críticas las que mantenemos todos. Hace tiempo hubo una mesa de una revista que se llama Criterio, que es una revista de teoría literaria y estética fundamentalmente, sobre el espacio público en Cuba, y allí, en un espacio público, se dijeron cosas realmente muy fuertes, que en otros momentos hubieran sido causa de muchos problemas para las personas que las decían. No hay toda la libertad de expresión necesaria, creo que es necesario aumentar esas cuotas igual que es muy importante generalizar y facilitar el acceso a internet de las personas. No sólo por el sentido de la información, que es una parte de lo que ofrece internet, sino por toda la posibilidad de conocimiento, de encuentro, de reflexión que te puede permitir tener un acceso a otras miradas posibles de la realidad o del mundo. Pero bueno, creo que sí, que las cosas han cambiado en Cuba y espero que sigan cambiando, que sigan mejorando y que los espacios sigan creciendo.

Recordará la manifestación que hubo ayer en la Semana Negra; ese grupo de manifestantes que irrumpieron en la carpa en la que hablaba Joe Haldeman. En algún momento los manifestantes dijeron algo así como «Estáis aquí hablando de novela finlandesa mientras en está sucediendo lo que está sucediendo». ¿Hay parte de verdad en esto? ¿Es la literatura un poco la orquesta del Titanic, que toca mientras el barco se hunde?

Puede ser la orquesta del Titanic pero puede ser también la banda que toque La Marsellesa. Y creo que una parte de la cultura que se hace en estos momentos es la banda de La Marsellesa aunque la mayor parte es la orquesta del Titanic. Creo que en su libro sobre la cultura del espectáculo, Vargas Llosa reflexiona mucho sobre este tema a lo largo de varios años, y bueno, reunió estos trabajos en ese libro, sobre todo en lo que toca a la banalización de la cultura. O algo como lo que Paco Ignacio Taibo hablaba ayer de cómo en el mundo de la novela policial social norteamericana terminó triunfando el bestseller sobre la auténtica novela social. Pero siguen existiendo manifestaciones de la cultura que hablan de la realidad y lo hablan en términos que pueden resultar muy incisivos. En los mismos Estados Unidos, por ejemplo, una serie de televisión como The wire es de las cosas que yo he visto de las más desgarradoras y de las más desesperanzadoras sobre qué cosa es la vida en la sociedad norteamericana. Y creo que en todas las culturas siempre hay manifestaciones que de alguna forma están tocando La Marsellesa, porque aunque ya cueste trabajo hablar de escritor comprometido, o de artista comprometido, o del carácter social del arte, aunque suene un poco démodé, creo que esta función sigue existiendo, y que el artista se tiene que comprometer con su realidad y que el arte tiene que tener un carácter social. Yo creo que si me pones en la disyuntiva de calificar en estos momentos la mayor parte de la creación artística y literaria que se hace en Cuba, hablaría de una creación que de alguna manera está tocando La Marsellesa, que está hablando de la realidad, que se está introduciendo en los temas de la realidad, a veces con más profundidad, a veces con menos profundidad, a veces con más rigor, a veces con menos rigor, pero con la pretensión de que la cultura participe del debate nacional que se está sosteniendo. Esto pasa en la pintura, pasa mucho en el teatro, está pasando también en la literatura, en el cine, y tal vez menos en los medios de difusión porque son medios que pertenecen al Estado y que por supuesto responden a los intereses del Estado. Pero por ejemplo todo prácticamente el nuevo cine que se está haciendo en Cuba hubiera sido calificado hace unos años de contestatario, porque todos estos jóvenes realizadores tienen una mirada muy crítica con respecto a la realidad que se está viviendo en Cuba. Es decir, creo que todavía es posible que el arte toque La Marsellesa y no un vals mientras se hunde el Titanic.

Ya para acabar, recomiéndeme un libro. Uno que haya leído recientemente, o que le haya marcado en su vida; lo que prefiera.

De los libros que he leído en los últimos años, hay uno que me lo he leído dos veces a pesar de que tiene mil páginas, que me ha conmovido profundamente, que es Vida y destino, de Vasili Grossman. Creo que es uno de los libros más reveladores y contundentes que he leído en toda mi vida, y a pesar de que me lo leí hace cuatro años y me lo volví a leer hace dos, es un libro que me sigue palpitando dentro. Y afortunadamente, lo leí después de haber terminado de escribir El hombre que amaba a los perros, porque si no me hubiera complicado mucho la versión final de El hombre que amaba a los perros (risas).

Anuncios