1978-1993. La virtud y el pecado

por Pablo Batalla Cueto

1983 y 1987. Wojtyla, Cardenal y Pinochet

En 1993 hubo elecciones generales en España. En aquella convocatoria, una vez más —sería la última—, el desbordante carisma andaluz de Felipe González se bastó a sí mismo para imponerse a las predicciones de todas las encuestas y a las decenas de casos de corrupción que salpicaban al gobierno socialista, y añadir una legislatura más a las tres que el abogado de Sevilla —la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta— llevaba ya instalado en el palacio de la Moncloa. Aún así, nadie gobierna impunemente, ni siquiera en España: aquélla fue una victoria ajustada, 159 escaños que no amarraban la mayoría absoluta que el parlamento español concede a quien obtenga al menos 176. Tal y como suele suceder, en 1993 el desgaste de la izquierda gobernante en creciente descafeinamiento trajo aparejado el engorde de otras opciones rivales y más puras. Izquierda Unida, el feliz conglomerado tipo táctica de la sandía («verde por fuera, rojo por dentro») a cuyo abrigo hiberna el Partido Comunista de España, alcanzó aquel año, con otro desbordante carisma andaluz como timonel, un techo electoral sólo superado en 1996, cuando, esta vez sí, Felipe González fue descabalgado por José María Aznar. Como segunda reacción, también muy frecuente en momentos en los que España no es una nación por la que sea fácil sentir orgullo, varias regiones del país enviaron a Madrid un nutrido ejército de diputados representantes de diversos grados de autonomismo. Uno de ellos fue un veterano sindicalista vizcaíno llamado Jon Idigoras. Su partido, Herri Batasuna, constituía la vertiente más radical del nacionalismo vasco y pasaba por ser el brazo político de ETA, la activa banda terrorista cuyos secuestros y asesinatos turbaban el sueño de los españoles desde finales de los años sesenta. Su siniestra edad dorada había pasado con el primer lustro de los ochenta, varios éxitos policiales y la pérdida de apoyo social provocada por masacres como la del Hipercor de Barcelona de 1987 —veintiún muertos—, pero en 1993 ETA seguía estando muy viva: sus víctimas mortales sumaban ya once —siete de ellas en un único atentado contra un furgón militar— en julio de 1993, cuando, unas semanas después de las elecciones, el rey Juan Carlos I inició, como decreta una de esas intrascendentes formalidades que todas las constituciones ordenan, una ronda de contactos con los portavoces de cada uno de los partidos políticos que habían alcanzado representación parlamentaria. Jon Idigoras era uno de ellos.

El encuentro tenía su morbo, y no defraudó las expectativas en este sentido: El País del día siguiente no desaprovechó la oportunidad de recalcar que, si bien tal tipo de encuentros solían durar más de media hora, Juan Carlos despachó a Idigoras en menos de ocho minutos, y que el rey advirtió al diputado electo que sólo lo recibía «por mandato constitucional». La postura del monarca fue universalmente aplaudida; concurría a ello el carácter de epítome del Mal que nunca resultó muy difícil otorgarle a ETA y el cierto curiosísimo equilibrismo en la cuerda floja de la contradicción que en el elogio a Juan Carlos siempre ha existido entre alabar al mismo tiempo su neutralidad y sus parcialidades. Si consisten en ponerle cara de perro a Jon Idigoras o a Hugo Chávez, decretan los mismos propagandistas que moderan y matizan ante la barbarie franquista la virulencia sin fisuras que muestran ante la barbarie etarra, las canitas al aire del soberano no sólo son perdonables, sino también aplaudibles. Al rey, explican, no se le puede pedir que sea una máquina sin opiniones y sentimientos; también él tiene su corazoncito que sufre como el de todos cuando se pisotea la democracia que a su labor y a su valor debe España.

Quince años antes de aquello, los reyes de España visitaron Argentina. Corría el año 1978 —el año del mundial de fútbol celebrado en aquel país y al cual algunos futbolistas europeos se negaron a acudir como acto de protesta frente a los crímenes de la dictadura presidida por el general Jorge Rafael Videla— y durante aquella visita, de dos días de duración, la dictadura se cobró las vidas, mediante torturas ilegales según sus propias leyes, de diez prisioneros políticos: Alfredo Antonio Giorgi, Carlos Santiago Mires, Tito Denia, Lucy Laczik de Poblete, Hugo Alberto Merolo, Claudia Victoria Poblete Hlaczik, Pepe Poblete Roa y Marta Inés Vaccaro de Denia.

Del encuentro entre Juan Carlos y Videla se conservan varias fotografías. Una de ellas muestra al dictador concediendo un premio al monarca, que lo recibe devolviendo a aquél una sonrisa cálida y amable. No se tomó ninguna del encuentro con Idigoras, pero sí de una audiencia muy similar celebrada en 2011 tras otras elecciones generales, en las que un nuevo partido independentista vasco relacionado con ETA obtuvo siete escaños. El portavoz en esta ocasión fue Xabier Mikel Errekondo, pero la reacción de Juan Carlos fue esencialmente la misma que la de 1993: una frialdad extrema y un gesto de desprecio perfectamente calculados. También lo fue la de la prensa. Firmeza ante el terror fue, palabra arriba palabra abajo, el titular estándar.

En 1983, otra anécdota sucedida en otra visita oficial a otro país latinoamericano de otro monarca tenido por adalid de la democracia en el santoral oficial fue transformada en otros titulares repletos de derivaciones de la palabra «firmeza» por otros entusiastas periodistas. Sucedió en el aeropuerto de Managua, recién descendido el papa católico Juan Pablo II del avión que lo llevaba a Nicaragua, en uno de aquellos viajes pastorales que lo hicieron acreedor del epíteto de «papa viajero». Nicaragua había dinamitado cuatro años antes una antiquísima dictadura familiar, mediante una de esas coloristas revoluciones tropicales que tantas vocaciones bolcheviques han salvado de la congelación provocada por la frialdad despótica de los experimentos asiáticos. Eran años convulsos y fecundos, y una nueva corriente cristiana, la teología de la liberación, que reunía en su seno a Marx y a Jesucristo en una reivindicación revolucionaria del regreso del cristianismo a la pureza de sus orígenes cuyo poder de seducción nunca ha muerto del todo, recorría de arriba abajo el continente como el fantasma del comunismo en el Manifiesto de Marx y Engels. Una de sus figuras más señeras era un sacerdote nicaragüense cuyo propio nombre —estas felices casualidades existen— era en sí mismo todo un manifiesto: Ernesto Cardenal. Cardenal apoyó la revolución y en 1983 fungía como ministro de cultura del gobierno sandinista, sumergido entonces en un ambicioso proyecto de reformas sanitarias, educativas y agrarias. La humillante imagen de Cardenal agarrando su boina entre las manos con una sonrisilla nerviosa, arrodillado en el aeropuerto de Managua ante su jefe supremo y siendo duramente abroncado por él, dejó perplejo al mundo —era, al fin y al cabo, tanto la imagen de un jefe reprendiendo a un subordinado como la de un monarca absoluto extranjero reprendiendo a un alto cargo de una nación democrática—, pero fue rápidamente justificada por los apologetas del asunto: el papa, nacido en Polonia y buen conocedor de los horrores del comunismo soviético, no podía permitir semejante contubernio con las huestes de Satán de una porción tan grande de su propia iglesia.

Cuatro años después, Juan Pablo II hizo una visita al Chile de Augusto Pinochet de la que quedan varias fotografías de ambos líderes charlando con aire amable y distendido, como dos apacibles ancianos intercambiando recuerdos, pero ninguna del dedo índice erguido del papa subrayando un apasionado J’accuse contra un Pinochet postrado de hinojos. Ni siquiera ninguna del vicario de Cristo estrechando con asco la mano del asesino de treinta y cinco mil chilenos.

Decía Quevedo que «la hipocresía exterior, siendo pecado en lo moral, es grande virtud política», pero cabe decir en descargo de los retratados que en estas imágenes —que, yuxtapuestas, dos en blanco y negro y dos en color, producen un curioso efecto de simetría—, ni Juan Carlos de Borbón ni Karol Wojtyła están siendo hipócritas en absoluto. «Hipocresía» proviene del griego ὑπόκρισις, que significa «fingimiento», y en ninguna de las cuatro fotografías hay nadie que esté fingiendo.

Hipócritas son los otros. Los propagandistas. Los apologetas del asunto.

Anuncios