La vendetta de Thatcher

por Pablo Batalla Cueto

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{Versión larga de una reseña que será publicada en El Cuaderno n.º 45}

En algún momento a finales de los años noventa, a Margaret Thatcher, ya exprimera ministra del Reino Unido, le preguntaron cuál consideraba que había sido el logro más importante de su largo mandato. Iron Maiden respondió sin pestañear: «Tony Blair

Varios años antes, a otro primer ministro conservador británico, Harold Macmillan, le habían hecho la pregunta de si realmente existía la lucha de clases. Su respuesta fue muy parecida a la que en parecidas circunstancias pronunció el multimillonario estadounidense Warren Buffett: «Sí, por supuesto que hay lucha de clases, pero, es mi clase, los ricos, la que hace la guerra, y la estamos ganando».

Si quien esto escribe hubiera de redactar una sinopsis de Chavs. La demonización de la clase obrera de no más de cien palabras, los dos párrafos anteriores serían probablemente la más adecuada. Las apreturas de espacio no son, afortunadamente, tantas; es posible meterse más en profundidad en harina y explicar, por ejemplo, que la palabra chav, que en el argot inglés hace referencia a un joven de barriada pobre típicamente vago, conflictivo y ataviado con chándales chillones y joyas doradas, no procede de la sigla Council Housed And Violent («inquilino de piso de protección oficial y violento»), sino que tiene la misma etimología romaní responsable de nuestro «chaval»; y que Owen Jones, el jovencísimo periodista —veintiocho años— autor de este ensayo se ha propuesto demostrar con una catarata de pruebas que tal figura no es más que un estereotipo falaz sin demasiada relación con la realidad, diseñado por los capitostes del elitista sistema británico y aventado por las hojas parroquiales conservadoras y el silencio cómplice de las laboristas a fin de convertir a la clase trabajadora en motivo de escarnio y vergüenza y justificar las amputaciones al Estado del bienestar más salvajes del último siglo.

A Jones, sus críticos conservadores lo han acusado de sufrir una obsesión malsana por la figura de Margaret Thatcher. Le han llamado osoleto y trasnochao, que son dos adjetivos que en este país también nos cuelgan a muchos del cuello los gurús del escondimiento del pasado tras las mamparas de la modernidad tecnológica. Jones se defiende explicando una evidencia: la historia reciente de Gran Bretaña propende hacia Thatcher como limaduras hacia un imán. A ningún ensayo sobre la Gran Bretaña moderna puede faltarle un capítulo sobre la década larga de gobierno de Maggie.

El relato de Jones es desoladoramente extrapolable. A Margaret Thatcher, explica Jones, los mineros trataron de tumbarla al poco de comenzar su gobierno con una larga huelga. Thatcher soportó estoica el embate y derrotó a los sindicatos, que, desanimados y abandonados por una izquierda desnortada y dividida, ya no pudieron oponer en lo sucesivo resistencia alguna a los ataques del neoliberalismo. Libre de ataduras, Thatcher, aun poseedora de una exigua mayoría en comparación con las rutilantes victorias conservadoras de otros tiempos, tuvo vía libre para poner en práctica un calculadísimo programa. Cerró minas e industrias en torno a las cuales se arracimaban comunidades proletarias que, perdido el Sol en torno al cual giraban y no siendo sustituido éste por nuevos centros proporcionadores de puestos de trabajo, fueron ahogadas por un tsunami de paro que a su vez arrastró consigo a los jinetes del alcoholismo, la drogadicción y la delincuencia. Promulgó las leyes antisindicales más duras de Occidente, llegando hasta el extremo de prohibir las huelgas de solidaridad. Se propuso desarbolar aún más la identidad de clase de la working class lanzando una ambiciosa campaña de créditos fáciles a fin de que los trabajadores se convirtiesen en endeudados pero infulosos propietarios de los pisos de protección en los que vivían. Comenzó a convertir, a través de los mass media, los restos pobres que quedaban del viejo proletariado en el conjunto de parodias televisivas, reportajes distorsionados y chistes de mal gusto que conforman la figura chav. Obligó a los aturrullados laboristas a pasar por el aro de la dialéctica mentecata de los emprendedores hechos a sí mismos en la tierra de las oportunidades y devolvió a sus enemigos el golpe recibido en los cincuenta, cuando fueron los laboristas quienes obligaron a los conservadores a asumir los códigos de la socialdemocracia triunfante. Institucionalizó la idea de que quien no encuentra trabajo o lo encuentra mal pagado y explotador tiene, por vago y por parásito, lo que se merece.

Veinte años después, cuando un miembro del parlamento propone que se esterilice a las madres solteras con más de cinco hijos que perciban prestaciones del Estado del bienestar, nadie o casi nadie se escandaliza. Nadie, tampoco, replica al eugeneta restregándole en el rostro la estadística que demuestra que el fraude fiscal emprendido por los trajeados responsables de la crisis económica supone al fisco británico pérdidas billonarias setenta veces mayores que el fraude al Estado del bienestar realizado por los denostados proletarios de hoy que sostienen, ahogados por sueldos de miseria y jornadas draconianas, como necesarios limpiadores, camareros y cajeros de supermercado el mundo hostil que los desprecia.

Imposible no acabar el libro con dos certezas flotando en el líquido cefalorraquídeo. Uno: si Marx y Engels vivieran hoy, escribirían sobre trabajadores de las grandes compañías telefónicas hacinados en enormes salas mal ventiladas con cascos que hacen imposible la interacción y normas que les privan de descansos siquiera para ir al baño; sobre proletarios del sector servicios cuyo diseminamiento en pequeños centros de trabajo desperdigados impide la unión sindical que en la industria hacía la fuerza. Dos: si Margaret Thatcher fuera española y periodista, dirigiría La Razón y diseñaría sus portadas.

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