La gran prosopagnosia

por Pablo Batalla Cueto

Una de las enfermedades psiquiátricas más terribles que existen es la prosopagnosia. Explicada en términos pedestres, la prosopagnosia (prosopon, aspecto; agnosia, ignorancia) consiste en una alteración del cerebro, generalmente debida a un accidente, que provoca que la persona afectada no sea capaz de reconocer rostros; que tenga perfectamente sanas las facultades oculares, y vea los ojos, la nariz, las orejas, etcétera, pero que los vea como elementos aislados, sin ser capaz de establecer las conexiones adecuadas para percibirlos como sumandos de un ente mayor que los comprende a todos: una cara.

La Wikipedia en inglés incluye una lista de prosopagnóticos ilustres: el físico y premio Nobel Paul Dirac, el filósofo estadounidense Hubert Dreyfus, el actor francés Thierry Lhermitte, el lingüista Frederick Newmeyer, etcétera. La lista es breve; ninguna personalidad de primera línea. Las estimaciones más generosas de los estudiosos establecen el porcentaje de seres humanos que padece la enfermedad, incluyendo a cuantos sufren versiones leves de la misma, en apenas un 1 ó 2%.

Pues bien, yo sostengo que el porcentaje es mucho, muchísimo mayor. Ochenta, noventa por ciento. Tal vez más.

Mi eureka del asunto tuvo lugar el otro día, mientras participaba en uno de esos debates calurosos, pasados de decibelios y empañados por los vapores de un par de pintas de cerveza, que siempre atruenan en Semana Santa y que siempre comienzan cuando alguien sugiere que las procesiones deberían ser prohibidas por ser atentatorias contra los principios laicos que se le suponen al Estado y por constituir una forma de exaltación de la barbarie y el atraso intolerable a estas alturas de la era cristiana, y entonces levanta la voz otro tertuliano que ha agarrado del suelo la bandera del talante y la tolerancia, le menta los muertos al primero y cumple solícito con el precepto de pronunciar el cliché estándar:

—¿A ti qué te molesta de que haya gente que se flagele? Allá ellos y sus espaldas.

Yo a esto respondí lo que acostumbro: que el problema no es que los flagelantes se flagelen, sino lo que esa estupidez tiene de símbolo, de muestra, de ramificación, de una estupidez mucho mayor, entretejida en los cimientos de la sociedad moderna, permitida y aplaudida e institucionalizada a través de los permisos y el aplauso y las institucionalizaciones más pequeños de sus miniestupideces constituyentes, invisibles o insignificantes en sí mismas pero monumentales y ahogadoras cuando son amontonadas, como los copos de nieve que forman un alud. Que el hombre que se flagela o camina descalzo sobre cristales y la mujer que llora desconsolada ante un ídolo de madera pintada existen más allá de la procesión, y que las pulsiones de idiocia que palpitan en sus cerebros y los llevan a agarrar el látigo de siete cabezas y a abrasarse las carnes no dejan de vibrar súbitamente cuando votan o cuando emiten opiniones que engrosarán las encuestas y las estadísticas con las que se justifican las leyes nuevas y las viejas dejacedes que componen los grilletes que aferran los tobillos del progreso, y que ellos transmitirán a sus hijos y predicarán a amistades que si deciden secundarles harán lo propio.

«¿Cómo se llama esa enfermedad en la que el paciente distingue los elementos que forman una cara pero no es capaz de percibir el rostro que componen?», pregunté entonces a mi amigo, que es psicólogo.

Prosopagnosia, me dijo.

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