La casa de Cesáreo

por Pablo Batalla Cueto

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Agoniza el año 1937. Asturias se desangra acuchillada por los fragores de la guerra de España. Los fatigados milicianos, comandados por el coronel vasco Juan Ibarrola, entonan el canto del cisne resistiendo al siglo XV en El Mazucu, constreñidos entre sendas hileras de silenciosos y gigantescos centinelas pétreos. La metralla rebota en la piel caliza de los montes de la sierra de Cuera, más vieja y más fuerte que la ignominia humana. El día, por lo demás, es espléndido.

Mientras esto sucede, ajeno a todo esto no lejos de allí, en la zona ya conquistada por las huestes de Torquemada, un hombre excava un pozo en el jardín de su casa. Tiene el propósito de habilitar una conejera. Hunde la pala en la húmeda tierra, apoya un pie en la pieza metálica de la herramienta y haciendo presión con aquél la inclina para extraer una palada que después arroja a la montonera que crece a unos pasos de él. De tanto en tanto seca el sudor que perla la frente con el brazo desnudo; se ha remangado la camisa. Tigre, su perro, un can menudo y vivaz, descansa apacible cerca de su amo.

La casa es una maciza vivienda de piedra y ladrillo de dos pisos, escondida en lo alto de una pequeña colina entre la feraz espesura boscosa con que las lluvias atlánticas han sembrado de todos los matices del verde los alrededores de la parroquia de Lledías, unos pocos kilómetros al interior del concejo de Llanes, en el extremo oriental de Asturias.

Ocho décadas después, en la catarata de resultados con que Google Imágenes desagua la búsqueda «Cesáreo Cardín», sólo resplandece un rostro humano. Se trata de una pintura. Muestra a un hombre joven de piel pálida y aire desgarbado, que mira con ojos grandes y fijos y cejas arrugadas en un gesto de concentración a un punto indeterminado en el horizonte. El cabello levemente desordenado es más oscuro que el poblado bigote pelirrojo aferrado a la cornisa del labio superior, pero menos que la también espesa barba que sombrea el cuello mas no las mejillas. Pero no es Cardín. Google, tal que el cerebro de un poeta surrealista, ha efectuado una extraña conexión. El retrato es un autorretrato y el autorretratado es Renoir.

Si Cesáreo Cardín se parecía a su estatua —en realidad, si la estatua de Cardín representa realmente a Cesáreo Cardín—, debemos colegir, más bien, que el rostro de Cardín, enmarcado por un cabello tupido y corto peinado hacia adelante a la manera de los bustos de los emperadores romanos, era ancho y mofletudo alrededor de una nariz chata como de boxeador y de unos ojos pequeños y muy juntos, y tenía un bigote espeso pero fino cubriéndole el estrecho bozo sobre una boca cuyo labio inferior era mucho más grueso que el superior; una suerte de híbrido imposible de Víctor Jara, Vicente Álvarez Areces y José Sazatornil.

En un momento dado, la tierra se abre bajo la pala de Cardín y se precipita a un oscuro vacío, entrevisto a través de un pequeño agujero. Cardín halla aire en vez de más tierra, del mismo modo que los niños que horadan pozos en la playa acaban por encontrar agua cuando han cavado mucho y deben tenderse boca abajo y estirar mucho los dedos para arañar con las yemas el fondo. Cardín agarra una piedra y la arroja al abismo. Tarda unos segundos en escuchar un sonido hueco, amplificado por el eco, al que suceden otros tres o cuatro, delatadores de la condición rocosa de las paredes del agujero, antes de que el morrillo deje de rebotar. Hay algo allí, una sima.

Se sabe menos de Cesáreo Cardín de lo que se sabe de quien fue su jefe, Don Ricardo Duque de Estrada y Martínez de Morentín, aristócrata navarroastur estellés de nacimiento y llanisco de pación, conde de la Vega del Sella y apasionado de casi todo a quien la ciencia arqueológica debe el descubrimiento del estilo asturiense, la Real Sociedad Española de Historia Natural una presidencia fructífera y el concejo de Llanes el ferrocarril y la línea telefónica. Cardín era su aparcero y un fiel participante en las campañas de excavación de la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas, que el conde emprendió en Asturias con la ayuda de ilustres arqueólogos internacionales como el alemán Hugo Obermaier o el abad francés Henri Breuil. En 1916, el propio Cardín fue el Colón de la cueva del Buxu, en Cangas de Onís, una obra maestra del arte solutrense que el aparcero se topó por accidente al confundirla con la cueva de Las Inxanas, que se le había encargado explorar.

Cardín excava febril a fin de ampliar el hueco; una vez abre una entrada suficiente al paso de un hombre, corre a su casa y coge velas. Después prende una de ellas y penetra en la sima. Camina despacio, pisando con cautela el suelo húmedo —chap, chap— y aferrando con la mano libre las anfractuosidades de una de las paredes, en las que cabriolea la luz tremolosa de la llama. Tigre trota alegre a su lado. Cuando al cabo de varios metros —exactamente debajo de la casa, calcula Cardín— la luz revela el firmamento de ciervos y caballos rojos que constela el rugoso techo, los animales parecen moverse, vivos, como si cabalgasen un galope eterno sobre la cinta de correr de un gimnasio.

Hay decenas, centenares de mamíferos de formas gráciles y largos cuernos. Cardín ha encontrado debajo de su casa una Capilla Sixtina de la religión de los primeros sapiens dibujada con el pulgar manchado de ocre por un Michelangelo Picapiedra con un realismo inédito. Aquel fresco catedralicio relega a la altura de meros retablos de iglesia rural a Altamira, al propio Buxu y a los todavía bellos durmientes Lascaux y Tito Bustillo. Entusiasmado después que absorto y paralizado, Cardín deja caer la vela y sale corriendo de la cueva, apareja una yegua —una yegua hermosa, fuerte, como los équidos pintados en la cripta—, se monta en ella, la arrea y galopa siete kilómetros a Nueva, al encuentro del conde, que tiene allí su palacio.

—¡Don Ricardo, Don Ricardo, venga a ver!

El palacio es una hermosa y amplia casona encalada de blanco y acariciada por la hiedra, rodeada de un inmenso jardín pulcramente segado, en el que refulgen con la luz de lo inusual el par de palmeras datileras traídas de América. El punzón de la guerra parece haber sido incapaz de penetrar la estrecha cáscara de aquel idílico remanso de paz. El conde disfruta del sol de septiembre cerrando los ojos y echando hacia atrás la cabeza debajo de un ancho sombrero de paja y se mesa las puntas de los afilados bigotes acomodado en uno de los bancos apoyados en la pared frontal del edificio.

Duque de Estrada ensilla su propio caballo y galopa junto a Cardín.

—Debajo de mi casa, sí, ¡justo debajo! ¿No es increíble?

El conde, contagiado de la emoción de su aparcero, tira de agenda, y varios estudiosos de todas las naciones acuden sucesivamente a Lledías a fin de estudiar el hallazgo. Cardín recibe en su finca, pro lo demás, un flujo moderado pero constante de visitas. A fin de agradarlas, limpia y adecenta su jardín. Lo allana y lo siembra de plantas y flores exóticas, y planta setos de boj a fin de marcar el camino a la entrada de la caverna, bien protegida con una puerta metálica. Comienza, también, a tallar unas toscas estatuas de alrededor de un metro de altura hechas de pegotes de cemento, que ubica asimismo en el jardín. Empieza por esculpir a Tigre; lo representa en un gesto divertido, mostrando los dientes como si rugiera, con las orejas hacia atrás y la pequeña colita erguida, atado a un árbol cercano con una fina cadena.

Cesáreo Cardín es una celebridad.

En 1944, los estudiosos acaban por otorgar a la cueva de El Cuetu-Lledías el pasaporte a las alturas del Parnaso paleolítico. Pero no todo el mundo las tiene todas consigo. El padre Breuil recela.

—Quiero ver esa cueva, Cesáreo —dice a su viejo conocido, imprimiendo a sus palabras un tono levemente paternalista.

Henri Breuil ha llegado a Lledías en un magnífico automóvil negro. Breuil es ya viejo, aunque conserva una envidiable corpulencia y el característico tono grave y algo aguardentoso de la voz. El «papa de la prehistoria» —así le llaman socarronamente—, descubridor de las cuevas de Combarelles, de Font-de-Gaume, de Solana del Pino y de Fuencaliente y primer describidor de la de Lascaux, camina levemente encorvado a sus setenta y tantos, apoyado en una gruesa cachava, y resguarda su venerable calva ya en una recia boina, ya en un gracioso sombrero verde de alas anchas.

—Como guste, padre. Sígame.

Cardín acompaña al abad a la entrada de la cueva; una vez allí, Breuil deja su bastón apoyado en la reja metálica y se agarra del brazo del dueño de la finca para no resbalar, sin dejar de sostener la colilla que humea entre sus labios. Caminan con cuidado; una vez bajo la sobrecogedora cúpula, los ojos expertos del padre, despojados de los anteojos redondos corridos hasta la punta de la nariz, radiografían las figuras.

Breuil frunce el ceño, pero calla sus reticencias.

—Realmente hermoso —dice, escueto.

Su veredicto, el papa lo hace público en el medio científico unos días después, ya de regreso en Francia: «El aspecto de cosa hecha recientemente que presentaban las figuras invita a pensar que se trata de una falsificación».

Leída la encíclica, todos los estudiosos pasan automáticamente a revisar sus conclusiones. Deciden, sí, que se trata de un engaño. Que fue Cardín, con admirable maestría por lo demás, quien pintó los bisontes, los ciervos y los caballos.

Cardín cae en desgracia. El flujo de visitas se detiene, y el impostor, avergonzado, se encierra en su casa. Poco a poco, el mundo le olvida. Se convierte en un hombre huraño. Apenas se deja ver por el pueblo, y al cabo de un tiempo comienza a evidenciar síntomas de una incipiente locura. Cardín mata el tiempo llenando su jardín de esculturas de animales. Talla monos de gruesos labios, pelícanos, cocodrilos; a medida que la insania va carcomiendo su cerebro, comienza a desdibujar los límites canónicos de la taxonomía de Linneo y a diseñar delirantes mezclas quiméricas y singulares entes antropomórficos, como un guerrero con el corazón en la mano. También se esculpe a sí mismo en la estatua que ya conocemos.

Cesáreo Cardín se apaga en silencio. Fallece en algún momento de la década de los ochenta.

La casa queda abandonada, transformada en una silente heterotopía de tiempo detenido con el interior tapizado por varios estratos de polvo. En su interior, al otro lado de una puerta cerrada sin llave que chirría ruidosamente al ser abierta, una nevera oxidada preserva aún varias botellas de vino y un banquete de insectos de pútridos restos de comida; en el piso de arriba, una mesa de madera apolillada sostiene todavía una taza de café, un par de manojos de llaves y una postal enviada desde Torremolinos y escrita con pulso infantil. Un calendario de 1981 anuncia bajo una hermosa vista de pájaro de la playa de San Lorenzo de Gijón, profesional, los lunes y las lunas del año de Tejero ignorante del siglo nuevo que crece más allá de la basta alambrada que rodea la vivienda y del cartel descolorido y semirroto que, abajo en la falda de la pequeña pero empinada colina sobre cuya cumbre se asienta el solar, prohíbe la subida en los términos más expeditivos, y convierte este conocimiento de los secretos de la casa de Cardín en una pequeña ilegalidad.

En lo que fue el coqueto jardín, como en un diminuto postapocalipsis, la mano del hombre soporta peor que mejor el avance inexorable de la fuerza cósmica de la naturaleza incontenida. La ruda vegetación autóctona ha irrumpido, con la rabia de un desahuciado que recuperase su casa de siempre, en el lugar, y se ha fundido con los menudos y delicados okupas exóticos, astrosos por el abandono, en un salvaje estupro sin testigos, espoleado por el silencio cómplice del grueso farallón de eucaliptos y abedules que impide que la casa se vea desde la carretera.

La cueva permanece cerrada y las esculturas descuellan con ímpetu de náufragos recientes sobre un océano de ortigas; sus tórax de cemento han sido devorados por una turba de líquenes y musgos, que los cubren como una camiseta ajustada y que al pintarlos de verde los camuflan en el paisaje, imbuyéndoles de una cualidad fantasmagórica y flotante y transformándolos en una suerte de guardianes de Xi’an de un reino onírico de elfos y criaturas mágicas.

Resisten lo irresistible, como los milicianos de El Mazucu. Perderán.

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