Márketing, pardiez

por Pablo Batalla Cueto

Me caía mejor Benedicto Dieciséis, y sólo en un 20% digo esto por el innegable placer de llevar la contraria a las hordas de palmeros que el papa Paco ha congregado en torno a sí. La explicación es sencilla: Benedicto era un lobo que no se molestaba en simular no serlo, un lobo sincero, un lobo estepario sanguinario, rabioso y de colmillos afilados que a nadie engañaba; Bergoglio es el mismo lobo convenientemente camuflado bajo una piel de cordero lechal, y esos lobos son peores. Bergoglio es uno de tantos; el problema es que el Concilio Vaticano I aprobó en 1870, bajo los auspicios de Pío IX, el dogma de la infalibilidad pontificia, y que desde entonces parece ser pecado dudar de la sinceridad de un papa tal como se duda y se duda bien de las de cualquier otro capitoste político. Dudo, sí, de las intenciones del amigo Pancho; conozco lo bastante a Sancho Pueblo, su analfabetismo y su credulidad, como para saber que le basta la más pueril de las demagogias, el más vacuo populismo pauperista, para aplaudir con las orejas al primer espantajo que esboce un puchero y grite con alguna convicción oh pobres, oh hambre. Vivimos una edad superficial en la que el gesto es todo, y el contenido es nada. Para que el emperador lleve traje no hace falta que lo lleve en realidad; basta con que parezca que lo lleve, con que actúe como si lo llevara.

Márketing, pardiez. En Benidorm hay un ruso, un tal Sergei Protas, que vende aire de la Costa Blanca envasado; en los sesenta, el artista italiano Piero Manzoni se hizo famoso vendiendo latas de sus propias heces por las que se han llegado a pagar veinte millones de las antiguas pesetas. Si es posible vender aire, si es posible vender mierda, se puede vender cualquier cosa, se puede cualquier gato dar por cualquier liebre. La iglesia católica sabe esto por lo menos desde el siglo X, cuando un obispo avispado inventó el sepulcro de Santiago: la iglesia lleva diez siglos cobrando los doblones y aún hoy el vulgo duda de si el engaño es tal.

Si es posible vender aire, si es posible vender mierda, se puede vender el machismo, la homofobia, la guerra santa, la convivencia y la connivencia con el fascismo, rebuznos patibularios que en otros señores disfrazados de otras cosas harían saltar las alarmas; pero que al papa se le permiten, con esa condescendencia entrañable que reservamos para los patinazos de nuestros seres queridos, porque es el papa, qué va a decir. Opera en estas gentes un «pelillos a la mar» selectivo, que permite transigir los terrorismos de Paco («las mujeres son ineptas para la política», verbigracia) pero no, por ejemplo, los terrorismos de Otegi (aunque Otegi sea Otegi, y qué va a decir, si es Otegi).

En Libertad Digital me han llamado masón. Así están las cabezas.

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