Si caigo en el camino

por Pablo Batalla Cueto

La izquierda, que nació cantando que ni en dioses, reyes ni tribunos está el supremo salvador, siempre ha comprendido muy bien que los fusiles son más importantes que los fusileros. Y no ha tenido reparos en admirar a los buenos fusileros, pero no se ha rasgado las vestiduras cuando los buenos fusileros caían. Ni siquiera cuando, contagiada de la fiebre de la megalomanía, ha sido dictatorial y asesina, ha padecido ese milenarismo mesiánico que sí ha caracterizado siempre a todas las formas de la derecha. Las dictaduras de izquierda son dictaduras de la bandera, no dictaduras del hombre, y no es fácilmente imaginable en un hombre de izquierdas aquello que Don Pablo, el personaje interpretado por el malogrado Pepe Sancho, decía ser en Cuéntame: franquista, pero franquista de Franco y de nadie más que de Franco. La Unión Soviética sobrevivió cuarenta años y cinco secretarías generales a la muerte de Stalin. El club, el escudo, los colores, loables o discutibles, estaban por encima de los jugadores que iban pisando con mayor o menor fortuna el césped del estadio, incluso de las estrellas cuyos cromos se intercambiaban por cuatro o cinco en el patio del colegio. El show debía continuar.

Todos los ismos soldados al nombre de un líder proceden de las forjas del pensamiento conservador, porque cree el ladrón que todos son de su condición, y porque nos seducen los archienemigos que se parecen a nosotros pero nos desconciertan aquéllos cuyas motivaciones no comprendemos. La oveja fascista o carcunda devota de su pastor nunca ha sido capaz de entender que no todo el mundo tiene un doble, y que no existe ningún Pepe Sancho cubano que sea castrista de Castro y de nadie más que de Castro, porque ningún castrista lo sería sólo de Castro y porque en ningún lugar existe el castrismo salvo en los altavoces de Miami.

Hoy, los Pedro Jotas, los Fedeguicos y los Marhuendas de cada cofradía fantasean chavismos y poschavismos y mojan de eyaculaciones precoces el papel de sus panfletos. Hablan de la muerte de un líder escrupulosamente democrático, encumbrado en elecciones cuya limpieza corroboraron observadores tan poco sospechosos de connivencia con el contubernio judeo-masónico-comunista como Jimmy Carter, y dicen que caudillo, dicen que sucesión, dicen que transición, dicen que el fin de una era y faltan a la verdad, pero es la terminología que conocen y con la que se sienten seguros.

Mientras tanto, la lucha sigue y Silvio canta todavía: «Si caigo en el camino, hagan cantar mi fusil, y ensánchenle su destino, porque él no debe morir. Si caigo en el camino, como puede suceder, que siga el canto mi amigo, cumpliendo con su deber».

Que la tierra te sea leve, amigo Hugo.

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