Here comes the sun

por Pablo Batalla Cueto

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{Publicado en El Cuaderno, 1/III/2013}

Se ha dicho que el número de universos posibles es un gúgol, es decir, 10 elevado a 100, es decir, un número uno seguido de cien ceros. La estimación puede parecer modesta. Piénsese en el significado profundo de la discreta expresión «universos posibles»: hay un universo posible, casi exactamente igual que el nuestro, por cada minúscula modificación que uno pueda imaginar para esta revista. Hay un universo igual que éste, con la única salvedad de que esta revista sería impresa en papel de color rojo en vez de en papel de color blanco. Hay otro en el que las páginas serían azules. Hay otro en el que las páginas tendrían las esquinas redondeadas. Hay otro en el que el texto vendría impreso en Comic Sans. Hay otro en el que la revista sería grabada en tablillas de arcilla en vez de impresa en papel. Decenas de miles de universos posibles de ese fajo de 10 elevado a 100 serían gastados en construir universos prácticamente idénticos al nuestro, con una pequeña característica particular de nuestro Cuaderno como único hecho diferencial. Por supuesto, también existirían universos en los que Cataluña sería independiente, la revolución soviética no habría fracasado, el Club Deportivo Logroñés sería pentacampeón de Europa de fútbol y una colosal estatua de Rigoberta Menchú de setecientos cincuenta metros de altura se elevaría sobre el centro geográfico de Madagascar y echaría fuego por la boca cada treinta segundos. Cualquier cosa, cualquier locura. Así que, sí, la estimación de 10 elevado a 100 puede parecer modesta. Pero ahora piénsese en otra cosa: un trillón de segundos, es decir, un en comparación modesto puñado de 10 elevado a 18 segundos (sólo dieciocho ceros, en vez de los cien de un gúgol), es algo más del doble que el número de segundos transcurridos desde el Big Bang. Más aún: piénsese que 10 elevado a 87, o sea un uno y trece ceros menos que cien ceros, es la estimación más generosa del número total de átomos, ¡átomos!, que conforman el Universo.

En este universo posible nuestro, tuvo lugar en 1936 una divertida anécdota, una de ésas capaces de compendiar el espíritu de un pueblo mejor que cualquier tratado. Aquel año, Eduardo VIII sucedió a su difunto padre, Jorge V, como monarca del Reino Unido. El protocolo sucesorio se puso en marcha, y uno de los primeros pasos a cumplir fue el de diseñar y acuñar monedas y sellos con el rostro del nuevo soberano. Para este menester, existía entonces y existe hoy una norma no escrita consistente en que de cada rey sea representado el perfil contrario al del anterior. En las monedas de Jorge V, el monarca miraba hacia la izquierda; siguiendo esta costumbre, Eduardo VIII sería representado mirando hacia la derecha. Sin embargo, Eduardo se opuso a ser retratado de tal guisa. No le gustaba su perfil derecho; su perfil bueno era el izquierdo, y ése era, clamaba, el que debía ser dibujado. Los atribulados grabadores le propusieron una transacción: representarían el perfil izquierdo, pero lo invertirían fotográficamente para redirigirlo hacia la derecha. La primera emisión de sellos fue impresa de esa manera, pero Eduardo se negó a aprobarla una vez más: esa posición modificaba la raya de su peinado. Conocido este nuevo capricho del monarca, las autoridades del Correo británico dieron su brazo a torcer esta vez, y volvieron a darle la vuelta a la real testa, pero cometieron un error: invirtieron la cabeza, pero no el fondo del sello. En los sellos definitivos, Eduardo VIII apareció mirando hacia la zona de sombra y no hacia la zona más clara del fondo desigualmente iluminado de la imagen. Daba la espalda a la luz. Muchos encontraron entonces en este hecho una especie de augurio del devenir de aquel reinado tormentoso y atípico: Eduardo VIII, conocido por su abierta simpatía hacia el nazismo y por el affaire Wallis Simpson, no llegó a cumplir un año de reinado.

Richard Cohen soñaba con escribir una historia épica del Sol, en la que cupieran, con el pretexto de cualquier remota conexión con el astro rey —la investigación astronómica que empieza con el heliocentrismo copernicano, la inmemorial asociación del Sol con el oro con el que se hacen entre otras cosas las monedas…—, el número estimado de universos posibles y la historia de las monedas de Eduardo VIII. Y también los cuadros de Turner, la arquitectura de Le Corbusier, la bioluminiscencia de los peces abisales, la fotosíntesis, la historia del bronceado y del cáncer de piel, los invernaderos de Almería, la ópera de Wagner, la batalla de Austerlitz —«Napoleón ordenó a sus hombres que abandonaran la ventajosa posición en la cima de una colina, cediendo terreno al ejército austro-ruso. Al día siguiente, las tropas francesas se hallaron ocultas en la niebla, mientras que su enemigo, expuesto al sol mañanero, resultó un blanco perfecto.»—, las novelas de Nabokov, los indios hopi —«Los hopi del nordeste de Arizona afirmaban que ellos habían creado el Sol lanzando al aire un escudo de piel de venado junto con una piel de zorro y una cola de loro (para crear los colores del amanecer y del crepúsculo).»—, el cambio climático, el vampirismo e incluso la teoría de que las épocas de mayor ímpetu revolucionario en la historia han coincidido con períodos de máxima actividad solar.

Hay hexadecillones de universos posibles en los que ese libro está por escribir, e incluso unos cuantos cuatrillones en los que ese libro no se escribirá jamás. El nuestro es uno de los poquísimos universos en los que ese libro está escrito y publicado en español, en papel, con una tipografía atractiva y una edición bonita y sin faltas de ortografía. Consuela comprobar en este tiempo de ignominia que todavía hay cosas por las que podemos sentirnos terriblemente afortunados.

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