La piscina de Beatriz

por Pablo Batalla Cueto

Cuando yo era pequeño, tendría seis o siete años, mis padres me inscribieron en un curso de natación. Recuerdo bien mi primer día en aquel curso; recibí de él una de esas valiosas lecciones para la vida que uno jamás olvida. Habíamos salido, varias decenas de niños, de los vestuarios, y nos habíamos agrupado a la orilla de una de las piscinas alrededor de una de las monitoras, con el objeto de que ésta nos distribuyera en dos o tres grupos en función de nuestras habilidades. Para ello, preguntó: «¿Quién de vosotros sabe nadar?» Yo no sabía nadar. Pero en aquel momento levanté el mentón, hinché el pecho, alcé la mano y exclamé, con un deje de suficiencia: «¡Yo!» Muy bien, demuéstranoslo, dijo la monitora entonces, desconfiada. Y yo me subí a la tarima que corría paralela a los lados cortos de la piscina, lancé a mis compañeros una mirada condescendiente, junté las manos, y me arrojé al agua.

Evidentemente, hice un ridículo espantoso. Comencé a bracear y a boquear de la manera más grotesca, salpicando a los presentes, mientras me hundía, y la monitora hubo de agarrar una larga vara metálica y tendérmela para sacarme de allí. Tantos años después, todavía me produce vergüenza recordarlo, pero, como digo, aquello me sirvió de lección: nunca te lances, comencé a decirme entonces, a ninguna piscina de la que no estés seguro de que sabrás salir honrosamente. Parece una verdad de Perogrullo y tal vez lo sea, pero las evidencias demuestran que no todo el mundo la conoce. Talludos adultos existen que siguen arrojándose a determinadas piscinas sin saber nadarlas; y no siempre tienen cerca un monitor compasivo que les tienda la agarradera salvadora. En tales casos, el ahogamiento es irremisible y aterrador; un hundirse poco a poco sin poder hacer nada por evitarlo, como en un charco de arenas movedizas.

La que mezcla el agua de la política revolucionaria con el cloro del candelero de la actualidad es una de las más peligrosas de entre todas esas posibles piscinas; una de aguas embravecidas, inciertas, implacables, de la que la historia nos cuenta que ha sido capaz de devorar incluso a los más expertos nadadores, y para la que no existen apoyos ni segundas oportunidades. Sólo los mayores carismas, las mejores cabezas y las voluntades más firmes han sido capaces de atravesarla.

Beatriz Talegón se está ahogando; no le ha bastado para no hacerlo, porque no podía bastarle, un ideario político que cabe en cuatro tuits y una fotografía de un negrito famélico. Verla llorando, absolutamente superada por los acontecimientos, no es plato de buen gusto; pero por supuesto, también para esto existen buenos refranes: Pa saber bebelo, hai de saber mexalo, decimos en Asturias; «Manolete, si no saber torear, ¿pa’ qué te metes?», dicen en las dos Castillas.

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