La esponja de Beatriz

por Pablo Batalla Cueto

Predicar la revolución desde los cojines de una poltrona pagada con el dinero de un partido corrupto, tan lamentable es como predicarla desde el salón de un hotel de cinco estrellas. Autoerigirse en azote del capitalismo, martillo de librecambistas, luz de Tréveris y espada de Leningrado sentada en una de las dos piernas varicosas del monstruo bipartidista, una contradicción tan flagrante como hacerlo sacando la cabeza por la ventanilla de un coche oficial en marcha. Camuflar con el trilema republicano un mero reclamo de más poder interno y más dinero para una facción de un partido —la sección juvenil de un partido no deja de ser una facción—, un despreciable ejercicio de maquiavelismo barato. Pretender reanimar al pueblo moribundo con un desfibrilador que lleva siendo de cartón piedra desde que en 1914 los partidos socialistas europeos emigraron a las antípodas del internacionalismo obrero para apoyar a sus gobiernos nacionales en la escabechina de las trincheras de la primera guerra mundial, la enésima reinvención del timo de la estampita. Aducir a esto último que España fue neutral en aquella guerra, olvidar que por estos pagos los del puño y la rosa protagonizaron su propio harakiri revolucionario sujetándole el bisturí a Miguel Primo de Rivera. Querer curar con tiritas del pato Donald hemorragias que son internas e invasivas, el equivalente de la colección de críticas superficiales —las estrellas del hotel, el brillo de la limusina; no a los inquilinos del hotel, ni al pasajero de la lumusina, ni la procedencia del dinero que ha pagado la suite y la limusina— que son el ideario de los nietos de Sagasta.

Pero comentan por ahí que lo que nos pasa es que le tenemos envidia a Beatriz Talegón porque además de mujer, es guapa, y lista. Que somos unos falócratas de mierda y que no soportamos que el Lenin español del siglo XXI sea una gachí y no una reencarnación de pelo en pecho de don Francisco Largo Caballero.

Talegón rima con un viejo refrán asturiano. El refranero de un pueblo viene a ser algo así como un antecedente prehistórico de Twitter: un acervo de sabiduría distribuido en pequeñas cápsulas, en certeros dardos de ciento cuarenta caracteres. Para acertar en según qué dianas, mejor es el aguijón que el cañonazo; mejor cabe a veces la realidad en una caja de cerillas que en una de zapatos. El refrán es este: «El qu’a llavar gochos se pon, pierde’l tiempu y el xabón».

Talegón no dijo, en su ya famoso discurso, que el qu’a llavar gochos se pon, pierde’l tiempu y el xabón, y tampoco tuvo la honradez de dimitir de su cargo. Pero el problema es nuestro. Pensamos qu’hai xamones onde hai ganchos pa colgar.

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