La flauta de Beatriz

por Pablo Batalla Cueto

Decir mucho para no decir nada es una nueva versión de aquella famosa máxima que reza que a veces debe cambiar todo para que no cambie nada. Una muy de los tiempos que corren. Los discursos políticos siempre han sido así: aguas insípidas, o incluso pútridos bebistrajos, hechos pasar por nutritivos elixires mediante el uso moderado de ciertos colorantes infalibles. Hay verdaderos maestros en esto, pero no es que haga falta ser ningún experto chef, ni disponer de ningún surtido arsenal de especias, para embaucar al noventa por ciento de los incautos comensales. Tan poco entrenados están sus paladares, y tan famélicos están por otra parte, que cualquier brebaje preparado por cualquier cocinitas nivel piso de soltero les parecerá invariablemente el más divino de los néctares.

En las cocinas de la oratoria de izquierdas, esos saborizantes fundamentales son el «cambio» y la «revolución». Hay algún otro muy útil: un frasco de arrebatadas menciones genéricas a «los jóvenes» tampoco puede faltar en la despensa de un buen gatificador de liebres. Aderezado con tales condimentos, cualquier texto, absolutamente cualquier texto, tendrá un efecto electrizante en las masas. A esas masas, a esas ratas de Hamelín, los árboles siempre les impiden ver el bosque: vibran con las palabras mágicas y no reparan en el resto del discurso, que puede ser desde la redacción escolar de un niño de tres años hasta un extracto del Príncipe de Maquiavelo.

Esto es un principio básico del populismo, y se enseña en las escuelas de flautismo de Hamelín, en los ensayos para el gran concierto en la plaza del pueblo que son las secciones juveniles de los partidos políticos. Y basta un silogismo fácil para deducir que los militantes más encumbrados en tales organizaciones han de ser por fuerza los mejores flautistas; aquéllos de quienes más deben desconfiar las ratas que deseen dejar de serlo.

Beatriz Talegón, la heroína revolucionaria del momento, es nada menos que secretaria general de la Unión Internacional de Jóvenes Socialistas. Lleva en política desde los dieciséis años. Su discurso en la cumbre de la Internacional ha tenido un éxito grandioso y se ha difundido de manera viral a través de las redes sociales. Ha sido trending topic en Twitter. Se ha aplaudido el coraje y la brutalidad de su ataque a los gerifaltes del socialismo internacional. Beatriz es ya una estrella emergente.

Para serlo, le han bastado un minuto y medio de vagas referencias a la libertad y la democracia y una crítica superficial al relumbrón del hotel del encuentro. En el meollo del discurso, ocho minutos en los que reclama con ardor mayores cuotas de poder y más dinero para su facción, no ha reparado nadie.

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