La mecanización del entusiasmo

por Pablo Batalla Cueto

Llevaba varias horas rumiando qué título darle a un artículo que quería escribir, y he ido a topármelo, brillante y espléndido, en un pasaje de la novela que estoy leyendo. Quería escribir algo sobre el papa, movido por la indignación producida por un esperpéntico debate televisivo acerca de la dimisión de Joseph Ratzinger. Algo sobre que llamar como tertulianos a una periodista de la COPE, una profesora de la Universidad Pontificia de Salamanca, un cura y un obispo, y elegir como formato una babosa concatenación de anilingus a un teócrata en cuyo currículum descuella la negrita de organizaciones criminales como las Juventudes Hitlerianas o la Santa Inquisición y la cursiva de ciertos deleznables encubrimientos, es un atentado al rigor periodístico que subleva más cuanto más de todos es el dinero que lo paga. Y quería, sobre todo, escribir algo sobre que parece como si los manuales de periodismo decretaran una especie de elogio automático e incondicional a ciertos personajes e instituciones cuando menos cuestionables; sobre que todo matiz del gris es poco y es justo que lo sea cuando se trata de glosar a cualquier personaje político de larga trayectoria, pero que, en cambio, nunca, jamás, se habla mal de un papa —recuérdese el tratamiento informativo regalado a la cumbre de papafans del año 2011 en Madrid y recuérdese que aquel gobierno y aquella televisión pública no eran, como hoy, de orientación nacionalcatólica—; sobre que a nadie, salvo a los reyes, se les otorgan nunca, jamás, tales cheques en blanco de felaciones; sobre que no sé si ello sucede por inercia histórica o por activa conspiración sistémica; sobre que más bien me parece que lo segundo; sobre que cabe preguntarse qué clase de debates televisivos y qué obituarios se perpetrarán cuando fallezcan Hugo Chávez o Fidel Castro, y sobre qué nos dice eso, esos automatismos y esas unanimidades en el panegírico y en la damnación, esos sospechosos maniqueísmos que encumbran a un monarca absoluto al tiempo que enfangan sin matices a un líder democrático o a uno revolucionario, acerca de la fiabilidad de nuestros periódicos y telediarios.

No sabía, no, qué título darle al artículo que quería escribir sobre todo eso. Y entonces me lo encontré en la página 38 de Todo fluye, la maravillosa última novela del escritor ruso Vasili Grossman recién reeditada por Galaxia Gutenberg. El pasaje es éste: «Y de repente, el 5 de marzo de 1953 murió Stalin. Esa muerte irrumpió en el gigantesco sistema de entusiasmo mecanizado, de ira y de amor popular decretado por orden de los Comités regionales del Partido.»

Gigantesco sistema de entusiasmo mecanizado. Eso es.

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