Krause ya no está

por Pablo Batalla Cueto

Me han contado que mi viejo colegio, el Colegio Laviada, ya no es lo que era, y eso me da mucha pena. Mi colegio, ¿saben?, era un colegio prestigioso allá por los tiempos en que cursé allí toda la educación infantil y la primaria, del año 91 al 99. Me dicen que ya no lo es. Que no es que sea malo, ni mucho menos, pero que ya no es lo mismo que entonces. Que es del montón, un colegio público más. Y eso me da mucha pena.

En el año 91, cuando franqueé por primera vez la puerta verde que da a la calle que entonces aún no se llamaba Fortuna Balnearia, yo tenía cuatro años. Mi colegio aún no tenía diez. Barrio obrero, de aluvión, el extrarradio de entonces (ya no el de hoy). Edificios de quince plantas; ni siquiera existía el parque, creo, sino que el parque, el Parque, era todavía una pradera virgen y malezosa. Mi colegio había sido levantado sobre los terrenos de una antigua fábrica de loza tras una breve infancia de provisorios barracones.

En el año 91, cuando franqueé por primera vez la puerta verde, y aun hasta el año 99, cuando la franqueé por vez última, todavía lideraba mi colegio el grupo de profesores original. Era un pequeño grupo de maestros jóvenes y entusiastas. Lorenzo, José María, Joaquín. Maestros, sí. Todavía maestros. Ese carisma jovial, ese valer para todo, igual para  una clase de matemáticas que para una de gimnasia (en aquel entonces, los profesores de gimnasia todavía no se ponían hechos unos basiliscos cuando a su noble asignatura se la llamaba gimnasia en vez de educación física). Conocían a los padres de los críos por el nombre de pila y tomaban el café con ellos.

Todo era, para que me entiendan, como muy krausista, muy Institución Libre de Enseñanza, salvando las lógicas distancias históricas. Laicismo. Amor a la naturaleza (Joaquín nos llevaba de acampada y nos enseñaba a escalar y a distinguir por las hojas unos árboles de otros). Un asturianismo bien entendido (celebrábamos la Selmana de les Lletres y hacíamos concursos de güevos pintos y de maquetas de hórreos). Y ese espíritu comunitario, coño. Los padres participaban con afán en todas las actividades. Cosían disfraces, freían tortillas para la fiesta de fin de curso y castañas en el magüestu e incluso venían a las excursiones a la montaña que a veces se organizaban espontáneamente, al margen de las oficiales del curso.

Hoy, me dicen, ya no se hacen acampadas. Hay, me dicen, un clima de desconfianza mutua terrible. Los padres no quieren dejar a sus hijos a merced de quién sabe qué sátiros violaniños y de quién sabe qué peligros montañeses, y los profesores evitan meterse en berenjenales gratuitos porque total para qué. Ya saben. Y todo un poco por el estilo.

Todo pasa, qué duda cabe. Pero da pena, cómo no la va a dar.

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