El círculo vicioso y el círculo virtuoso. Cartografía de la Rive Gauche

por Pablo Batalla Cueto

9788415217282

{Publicado en El Cuaderno, 15/XII/2012}

En la rive gauche ya no juega el viento de abril, gracioso y leve. El río sufrió una dramática crecida en algún momento entre 1968 y 1989, y los muros dispuestos para contener eventuales riadas demostraron ser insuficientemente altos, e insuficientemente sólidos, para cumplir su función de manera satisfactoria. El agua –turbia, sucia, fétida– anegó las calles. Las alcantarillas eran pequeñas e insuficientes, testimoniales y decorativas como los botes del Titanic. Una pequeña revuelta provocó la destitución fulminante del alcalde, acusado de falta de planificación y de dejadez, pero la turbamulta no ha acabado de ponerse de acuerdo al respecto de a quién sentar en la poltrona vacía. Mientras tanto, la inundación y sus consecuencias persisten. Huérfanos de un líder que disponga una coordinación centralizada y eficaz de las labores de achique, los habitantes del barrio han ido llevando a cabo éstas de forma deslavazada, en una bulliciosa espontaneidad de calderos y barreños. Algunos de ellos, hartos, han hecho las maletas y se han mudado a la rive droite, que, después de años de un cierto abandono polvoriento, parece florecer: ha empedrado las aceras, embellecido las calles, restaurado las fachadas y renovado el mobiliario, en parte gracias a arquitectos y albañiles oriundos del otro lado. En la rive gauche también hay vecinos que piensan a veces que quisieran emigrar, pero que, pardiez, le tienen cariño a su vieja casa.

Por doquier han brotado improvisados púlpitos. El barrio entero se ha transformado en un gigantesco speakers corner. Centenares de oradores se encaraman a los bancos, a los pedestales de las estatuas, a sillas, a mesas e incluso a cajas de cartón, y pregonan a audiencias desiguales manifiestos y decálogos. Unos emplean sus cuerdas vocales en convencer a sus vecinos de que no es oro todo lo que reluce al otro lado del río, digan lo que digan los enormes cartelones aprestados allí a todo lo largo del paseo fluvial, con sus eslóganes mirando hacia la rive gauche. «¡La moralidad política, tanto en la esfera profesional como en la cotidiana, se desvanece ante el reinado del cinismo generalizado, de la más perversa manipulación, del oportunismo y del narcisismo!», grita un orador. «¿Qué sucederá el día en que un dictador disponga de un fichero biométrico y de una base de datos con el ADN de todos los ciudadanos?», amenaza otro, no lejos del primero. «Nos enfrentamos a algo que supone un engaño terminológico y lingüístico del tipo profetizado por George Orwell en 1984. La guerra es la paz, la esclavitud la libertad», añade otro. «El derecho a matar se mezcla con el derecho a vivir, y la policía actúa como el ejército mientras los ejércitos operan como la policía», se escucha en otra parte. «Del mismo modo que el liberalismo, el socialismo conocerá una redención después de haber estado eclipsado durante un tiempo», prometen por ahí. «El liberalismo vencedor no es en absoluto sinónimo de desarrollo democrático», pontifican en otro lugar. «¿No se ha convertido la democracia, o al menos en parte, en una parodia intermitente de la libertad humana, representada cada cierto tiempo de manera ritual, en función de lo previsto en las leyes y los calendarios electorales?», se pregunta un tal Rockhill.

Otros disertadores prefieren, empero, despreocuparse de la margen rival y de sus admiradores –ya volverán, opinan con indiferencia– y centrar sus alocuciones en el sector propio, en ofrecer propuestas destinadas a que, cuando la rive droite sufra su propia riada –todo se andará, ya se está andando en realidad– y el regreso de los hijos pródigos comience a ser posible, la rive gauche se les muestre limpia y reluciente, seductora, moderna. «Estamos atravesando una fase del ciclo de la lucha obrera que ha hecho evidente el agotamiento de las viejas formas y que reclama una inteligencia estratégica diferente: la inteligencia de crear lazos entre las luchas que vienen de distintos frentes», propone alguien. «Hace falta que cuando las feministas definan sus reivindicaciones, no lo hagan tan sólo en términos de género, y que ellas también asuman las de los otros grupos, con el fin de crear una larga cadena de equivalencias entre todas estas luchas democráticas», añade otro secundando al primero. «Hay que intentar establecer un frente común de todas las fuerzas progresistas», abundan. «¡No se debería aceptar nunca la idea de que las cosas no pueden cambiarse!», exclama alguien.

«Debemos imaginar modos de transformar un círculo vicioso en un círculo virtuoso», clama un predicador. «Es correcto sublevarse. Poner en cuestión las formas de dominación, incluidos aquellos casos en los que se recurra a la violencia, es algo que contiene en sí mismo una legitimidad de hecho», le responde alguien entre el público; «El cambio revolucionario es más urgente que nunca», apoya un segundo al anterior. «¡No! En el marco de una democracia pluripartidista moderna, podrían llevarse a cabo avances democráticos profundos a partir de una crítica inmanente a las instituciones establecidas», le replica un tercero, que agarra una bandera con la cara de Salvador Allende.

La saturación de sermoneadores comienza a ser excesiva. Más de un vecino, cuentan, hastiado de la cotidiana hiperinflación de decibelios, ha enfilado el puente de Suresnes camino de la rive droite. Otros se estresan tratando en vano de abarcar todo el anárquico ciclo de conferencias, sin faltar a ninguna. Con el fin de poner orden, algunos particulares de buena fe publican programas de discursos y detallados mapas del barrio con los púlpitos marcados mediante puntitos rojos. Pensar desde la izquierda es uno de estos proyectos; uno bastante bueno y recomendable. Negri, Zizek, Badiou, Neyrat, Saint-Upéry y Nancy Fraser son algunos de los ilustres speakers a los que geolocaliza.

Tiene, empero, un problema. Alguno de los usuarios de la guía se ha quejado de que la información sobre las conferencias no incluye, y debería hacerlo, una pequeña indicación del nivel intelectual que cada alocución requiere para seguirla satisfactoriamente, al modo de las puntuaciones de dificultad de las guías de rutas de montaña. Algunos de los speakers, dicen, utilizan un lenguaje críptico, abstrusamente académico, que los hace ininteligibles. No son estos chinoparlantes la mayoría, es cierto, pero a más de un asistente a más de un discurso le ha sucedido lo que a aquel campesino que le pedía a un ingeniero que le explicase el funcionamiento de una máquina de vapor: el ingeniero le dibujaba esquemas y le mostraba dónde había que poner el combustible, por dónde salía el vapor y cómo el calor se transformaba en movimiento. El campesino lo escuchaba pacientemente, pero al final decía: «Lo he entendido todo. Pero, ¿dónde está el caballo?»

También hay quien empieza a echar mucho de menos al viejo alcalde. Se llamaba Karl.

Anuncios