Ataúlfo ya no calla

por Pablo Batalla Cueto

Nos gusta pensar que Gijón mola más que Oviedo. Nos gusta, sí, a los gijoneses hozar en el tópico mil veces repetido, tañer el autobombo feliz del Gijón cosmopolita y el Oviedo provinciano, del Gijón proletario y el Oviedo aristócrata, del Gijón rojo y el Oviedo azul, del Gijón vibrante y el Oviedo fósil. Nos encanta enfrentar en duelo singular las farolas fernandinas y el Elogio de Chillida, la ópera cara y la ópera barata, la plaza de la Gesta y la de las Brigadas Internacionales, Vetusta y la Semana Negra, el abrigo de visón y el cóctel molotov; ser levistraussianos de campanario o estructuralistas de patio de luces, sumergirnos en la piscina de oposiciones binarias y separar la playa de la plaza, Turín de Turón, los buques de los duques, el caso Naval del cabo Noval. Sacar a pasear a Carrillo y a Jovellanos, soltarles la correa y conminarlos a morder a Letizia Ortiz y a Carmen Polo de Franco.

Y sí, qué se yo. Existe el «Miente que algo queda», pero también existe el «Miente que algo hay». Algo hay, qué duda cabe. Oviedo no es catedral primada de la religión de la Mayoría Absoluta Pepera, y Gijón no ha sido siempre un San Juan de Acre del socialismo español, por casualidad. Existe la calle Carlos Marx y existe la plaza Primo de Rivera.

Pero ay, amigo. Un fantasma recorre Gigia, y no es el fantasma del comunismo, ni todas las fuerzas de la vieja Gigia proletaria se han unido en laica cruzada para acosar a ese fantasma. Es un fantasma invisible, incoloro e insípido. Tiene algo de olor, pero es un olor discreto, sibilino, fácilmente camuflable entre las emanaciones del Piles, o en las de Arturo Fernández. Como los animales con los terremotos, sólo un puñado de pituitarias privilegiadas están sobrenaturalmente preparadas para distinguir el pestiño antes de que lo hagan las hordas de olfatos de a pie. Pero Gijón se está vetustizando. Hay señales.

En realidad, Gijón siempre ha tenido un reverso rancio y guillotinable, convenientemente obviado por los propagandistas del gijonismo. Pero era un reverso pequeñito. Cualitativamente pequeñito, al menos, aunque en él cupiera todo Somió, las bolsas de ojos de Francisco Álvarez-Cascos y todas las piraguas del Real Club de Regatas. Pero está creciendo, hinchándose como un silencioso tumor. Los síntomas empiezan a ser evidentes. Carmen Moriyón existe, y nunca había existido. El Cabaré existe, y nunca había existido.

«Dice hoy el señor Ataúlfo», cuenta Rafa Velasco en Facebook, «de la sidrería pija de Gijón del mismo nombre, que su hija gana menos en un banco que sus camareros.»

Hace cinco, diez, veinte años, Ataúlfo se hubiera callado y hubiera estado como ausente. O le hubieran callado. O eso me gusta pensar.

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