Dulce Hispanistán

por Pablo Batalla Cueto

Pepe Botella no bebía. En un tiempo, aquél, convulso, de auge del arte de la propaganda, el alcoholismo de José Bonaparte no fue más que uno de tantos libelos venteados por el populacho hispanistaní en armas —«una chusma de aldeanos dirigida por una chusma de curas», en vigentes palabras del hermanísimo— para minar el gobierno de aquellos herejes ultrapirenaicos empecinados en bañarnos a la fuerza con la esponja de la Ilustración y el jabón del progreso. Joseph Goebbels aún no había nacido para pronunciar aquello de que una mentira mil veces repetida acaba por convertirse en una verdad, pero eso fue lo que sucedió: la imagen de José I buceando en una enorme botella de vino hizo fortuna y perduró. Y Paulo Coelho aún no había nacido para pronunciar aquello otro de que, cuando uno desea algo con todas sus fuerzas, el universo conspira para que realice su deseo, pero eso fue, también, lo que sucedió: la chusma logró deshacerse del déspota como el váter de la escobilla. Pepe se fue por donde vino y por donde vino Pepe regresó el Deseado con el garrote de agarrotar liberales en la mano.

A José I le sucedió lo que le sucedió una vez a un técnico enviado a verificar la potabilidad de las fuentes a un remoto rincón de la Asturias rural: que los habitantes de la aldea creyeron que se trataba de un envenenador y lo recibieron con una ufana salva de pedradas, sin dejarse convencer por sus explicaciones, ahogadas en el estruendo de la lapidación.

Lo desolador es que, dos centurias después, ni siquiera a esa imagen falaz la haya decolorado el Sol de los siglos. Hoy, en la Plaza Mayor de Salamanca, ornada con decenas de medallones consagrados a todos y cada uno de los jefes de Estado de Castilla y de España de Fernán González para acá, hay un medallón, más grande que los otros, con el perfil de Franco; y otro, nuevecito de apenas siete u ocho años, que apenas es a contener el monumental cabezón de Fernando VII. Hay, incluso, dos medallones para las dos Repúblicas, otro par de ellos para los brevísimos Luis I y Amadeo I de Saboya, y nada menos que tres para Felipe V, tan francés y tan invasor como José I Bonaparte. Pero para Pepe no hay medallón.

Pepe Botella no bebía. Mariano Botella bebe por dos: Interviú revela en su último número que las instrucciones del ejército del Aire para cuando el presidente utiliza un avión oficial decretan que al bueno de Mariano debe agasajársele con extra de whisky y de vino. Algunas de las facturas de estos agapecillos presidenciales llegan a alcanzar los mil euros, pagados, évidemment, con doblones de la saca del ministerio de Defensa.

A José I le expulsamos; a Mariano Rajoy le otorgamos mullidas mayorías absolutas. Dulce Hispanistán.

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