El discreto encanto del imbecilicidio pendiente

por Pablo Batalla Cueto

Madrid. Calle de la Montera (la de las putas). Eso de las cuatro de la tarde, un viernes. Tercer piso del hotel Praktik Metropol, el inmediatamente contiguo al elegante McDonald’s que hace esquina con la Gran Vía. En el propio hotel tiene lugar la Room Art Fair, una feria de arte: la idea es romper moldes y abaratar costes transformando las habitaciones en stands. Servidor es dependiente del de Ediciones Trea. Entra poca gente, y me aburro. De vez en cuando me asomo al balcón a contemplar, como desde la atalaya intemporal de una novela de Pío Baroja, el espectáculo de la cotidianidad populachera matritense. Me entretengo, sobre todo, observando a las putas, a sus estrafalarios clientes y a sus estrafalarios sermoneadores. Escruto gestos, miradas y etologías. El vejezuelo del bastón que dubita veinte o treinta minutos a unos metros de las lumis antes de decidirse a abordar discretamente a la oronda sílfide del vertiginoso escote que apenas es a contener el megalítico tetamen. El calvorota de las gafas de sol y el bigotillo lineal que las insulta a gritos y contraataca sus burlas blandiendo un servilletero de metal que acaba de agarrar de una terraza, antes de alzar la zarpa derecha, barritar un arriba España coño, dar media vuelta y largarse.

Aparecen dos tipos jóvenes. Uno de ellos agarra del hombro al otro, retaquillo y achaparrado, que esea evidenciando una tremebunda borrachera. Reparan en las putas. El de la merluza se acerca a ellas. Desde mi balcón no logro inteligir lo que se dicen, pero la cosa parece fea: el taponcete increpa a la del escote y le dirige burlas y gestos obscenos. Se agarra los fundamentales, simula coitos vagamente hilarantes. Las putas le ignoran, pero él sigue erre que erre. Llega una pareja de policías. El angelito dobla la testuz. Los maderos comprueban su pasaporte —no he dicho, porque no es relevante en absoluto, que nuestro amigo tiene rasgos latinoamericanos—, le regañan con desgana y se van. En cuanto le dan la espalda, el colega les lanza un cobarde corte de manga, y, cuando se han ido, regresa a las putas y a los machoteos. Como siempre que veo cosas de éstas, rondan mi cabeza fantasías asesinas. Imbecilicidios y gilipollectomías. Agarrar una escopeta, apostarme en un balcón como éste y dedicarme a disparar indiscriminadamente a cada ser humano que objetivamente sobra en este mundo. Bang, bang.

Me doy la vuelta. Sigue sin pasar un alma por el stand. Ahora pienso que, probablemente, al final del día sea considerablemente mayor el número de indeseables a los que desearía haber eliminado desde mi parapeto que el número de euros que obtendré de la venta de alta cultura.

Me echo a llorar. Como nadie pasa, nadie me ve.

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