La Santa Iglesia Catódica. La infamia según Juan Cueto

por Pablo Batalla Cueto

{Publicado en El Cuaderno, 15/XI/2012}

En 1982, en la revista Triunfo, Juan Cueto hizo una profecía. Hela aquí.

«Las ofertas de comunicación audiovisual se han pluralizado y diversificado, pero todavía se atomizarán más. Se está tendiendo hacia algo que no hace mucho tiempo hubiera parecido una utopía: que cada ciudadano pueda permitirse en estos momentos el lujo de tener una audiencia, sea por medio de las imágenes, los sonidos, la palabra o la escritura. El modelo mitológico que vende el nuevo capitalismo ha dejado de ser el de aquel hombre-consumidor, pasivo, felizmente instalado en la masa, que hacía masa social. Ahora se trata del mito del hombre-creador, artificialmente individualizado a través de las aceleradas tecnologías que vomita la sociedad mercantil, productor de su propia imaginería narcisa, endeudado por la potente industria de lo “auto”. Automatícese, autonomícese, autogestiónese, autocontrólese, autoprográmese, autoconciénciese, autoerotícese, autoproduzca, autoconsuma, autoedite, autolibérese de lo colectivo, masturbe su yo en cómodos plazos gracias a nuestra infinita gama de consoladores de la marca Gutenberg & Marconi, S. A.

»La lógica del posindustrialismo hace creer a cada ciudadano que él mismo es un mass media con licencia para emitir toda clase de signos. El gran negocio ya no está en ofertar aparatos reproductores de mensajes ajenos, sino aparatos productores de mensajes personales. No en tratar al ciudadano como consumidor social: halagarlo como creador individual. Nada de hablarle como audiencia: simularlo como competencia. Vídeos en lugar de televisores, cámaras cinematográficas en lugar de proyectores, emisores en lugar de receptores de radio, registradoras musicales en lugar de reproductoras, miniordenadores personales en lugar de macroordenadores laborales, impresoras en lugar de fotocopiadoras, máquinas de exhibir el yo en lugar de máquinas para admirar al otro.»

Juan Cueto estaba profetizando lo que en Futurama, en el año 3000, llamaban la Edad Estúpida. Nos estaba profetizando a nosotros.

O no. Al fin y al cabo, qué sabe uno qué viento levantaba en 1982 qué polvos tecnológicos, que pudieran bastarle a un observador perspicaz del momento para deducir qué lodos cibernéticos presentes. Lo que sí está claro es que el zapping de artículos breves en prensa escritos por Juan Cueto, que propone y prologa el editor Juan Cruz, en Yo nací con la infamia no es, en modo alguno, una colección de ininteligibles antiguallas. Hay rabiosa perdurabilidad en ellos.

Juan Cueto nació con la infamia. Rafael Alberti creía haber nacido con la infamia, porque había nacido con el cine, pero Juan Cueto asegura que él sí que nació con la infamia, porque nació con la tele. Rafael Alberti hubo de lidiar con «contumaces cinematófobos» (feliz etiqueta otorgada a los odiadores del asunto por Pío Baroja); Juan Cueto, contra cinéfilos contumaces que eran al mismo tiempo pertinaces teléfobos; ambos, contra las «monsergas luditas» del tiempo de cada cual. Juan Cueto no suscribiría aquello que Salvador Dalí le espetaba a un reportero de Televisión Española, en 1970, con esa manera característica suya de amasar cada sílaba, de fricativizar hasta el delirio cada uve, de zambullirse catalanamente en cada ele: «Considero la te-le-vi-sión uno de los procedimientos mas ¡¡vvvviles!! de la cre-ti-ni-za-ción humana…» Juan Cueto se siente muchedumbre, y tampoco suscribe la «continua sospecha de que las muchedumbres están completamente equivocadas en sus gustos». Hoza en el telefilme y en el concurso, en la entrevista y en el reality, con auténtica pasión catódica, y, como todo auténtico amante de cualquier cosa, no se limita a amarla, sino que siente la irresistible necesidad de comprenderla, de diseccionarla, de reflexionarla, de especularla, de teorizar el asunto.

No son los cincuenta y tres artículos que componen el libro, publicado por Anagrama, meros chismorreos catódicos, sino edictos de catedrático de lo televisual aptos para todas las dioptrías. Teoría de la antena parabólica, teoría de la sobremesa, teoría de la soledad del telespectador, teoría de la omnipresencia televisiva de Hitler («Los aliados eliminaron a Hitler de la faz de la tierra, pero ahora el tipo ocupa militarmente la faz del Trinitron»), teoría de las «noticias adversas, infaustas y calamitosas que siempre están a punto de dar al traste con todo y luego se diluyen vertiginosamente en la nada», teorías, en fin, regadas por una singular filosofía politeísta en la que caben, como en un inverosímil contubernio judeomasónico, Jesús Puente y Martin Heidegger; María Escario y Michel Serres; el teniente Colombo y Michel Foucault; el mito de la caverna y Chicho Ibáñez Serrador. En la cabeza de Juan Cueto hay «un formidable incesto lesbiano entre la mass-cult y la high-cult». No en vano fue profesor de filosofía antes que fundador de Canal Plus y crítico de televisión en El País.

En uno de los artículos, Cueto relata la delación que sufrió, en el Toledo inquisitorial, cierto escritor judaizante por parte de unos vecinos cristianos de la ciudad. Se empeñaba, referían los denunciantes, en ubicar orondas mayúsculas al inicio de ciertos palabros que tenían «el sabor de la herejía, como sábado, luna, siete y esfera», mientras que escribía «en letra pequeña cerdo, vino y jabalí y no cabra, lecha, antílope y trigo.» Las cosas importantes siempre llevan mayúscula; cuando dejan de serlo, pierden tal distinción honorífica. Juan Cueto vivió, y lo cuenta con cierta amargura socarrona, el tiempo en el que el Partido dejó de ser el Partido, la Revolución dejó de ser la Revolución, la Vanguardia dejó de ser la Vanguardia; estuvo presente en el doloroso alumbramiento de la posmodernidad. De todo lo que es Yo nací con la infamia, lo que más es es eso: teoría, circunstancialmente encerrada entre las cuatro paredes del infame invento de marras, y compendio, de esta escurridiza y pluriforme mojiganga que llamamos lo posmoderno.

Lo dice mejor Juan Cruz, en el prólogo. Yo nací con la infamia es «una fabada, un concierto de rock, un ejercicio espiritual de Miguel de Molinos, un disco de vinilo, una paloma volando, un transatlántico, un avión de propulsión a chorro, un millón de entradas en Google, un atentado contra la Wikipedia, un partido de fútbol y la mirada distraída de un niño.» Pues sí.

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