La cadena

por Pablo Batalla Cueto

Fíjate bien en esa foto. Corresponde a la huelga general española de 1917. Observa atentamente el rostro de cada uno de los hombres que aparecen en ella. Murieron antes de que tú nacieras, no sabes cómo se llaman, probablemente sea imposible saberlo. Sin embargo, deberías buscar a sus descendientes y escribirles, mostrándoles tu más sincero agradecimiento a lo que sus antepasados hicieron por ti. Gracias a estos tipos, y a muchos otros tipos parecidos a lo largo de los siglos, hoy estás repanchingado en tu sofá o en tu cama leyendo esto, en ese reluciente ordenador tuyo, en esa casa razonablemente confortable, abrigado por la calefacción central, antes o después de comer caliente por tercera vez en lo que va de día. Gracias a ellos has estudiado Derecho, has veraneado en Benidorm, sales cada sábado, juegas al pádel, tocas la guitarra, eres socio del Sporting, vives ochenta años. Les debes cada electrodoméstico, cada libro, cada camiseta, cada yogur con bífidus, cada muelle de la cama. Por reclamarlos, ellos fueron considerados criminales peligrosos atendiendo escrupulosamente a la legalidad de su época. Fueron encarcelados y fueron torturados mediante los procedimientos más sádicos que puedas concebir en la peor pesadilla. Algunos perdieron la vida; los más afortunados arrastraron dolores, cojeras, roturas y terrores por el resto de sus existencias. También había mujeres valerosas entre ellos: para ellas, la lex dura sed lex casi siempre cumplía el preceptivo trámite de una salvaje violación en grupo, convenientemente rociada con el agua bendita de la Santa Madre Iglesia, la propaganda de los medios afines a los asesinos y el beneplácito de las autoridades civiles democráticamente elegidas en elecciones manipuladas. Ellos conquistaron, arañando cada palmo, los derechos que tú crees atávicos; que tú crees caídos del cielo; que tú crees indestructibles; que a ti te hacen malcreer que estás más próximo a Amancio Ortega que a la niña india que cose sus camisas en jornadas de catorce horas; que a ti te han hecho olvidar que tu bisabuelo era esa niña india que tú ya no eres porque tu bisabuelo se negó a serlo; que a ti te han hecho olvidar que lo que se puede dar también se puede quitar y que si te arrebatan tu coraza de derechos porque descuides su protección estarás tan desnudo como el negrito que hambrea en el telediario, o como el famélico campesino que amarillea en tu álbum de fotos familiar.

Si mañana no vas a la huelga, toda aquella gente habrá sangrado en vano. Habrás sido cobarde, timorato o estúpido y habrás roto la cadena, y cien vidas no serán suficientes para hacerte pagar la felonía. La huelga, métetelo en la cabeza, no es un derecho, es un deber.

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