El junco siempre estuvo ahí. Nicolás Sánchez-Albornoz en las antípodas de Estocolmo.

por Pablo Batalla Cueto

{Reseña publicada en El Cuaderno, 1/XI/2012}

Alguien dijo una vez que de los diamantes no crece nada, pero que de la mierda nacen las flores. La experiencia demuestra que la ecuación es rotundamente proporcional: a más mierda, más sustrato para más flores. En este país, que ha sido a ratos país de diamante pero mucho más a menudo país de mierda, flores, sí, ha habido que crecieron altas y orgullosas, con toda la hermosura desgarrada e imposible de los oasis; juncos flexibles que pudieron doblarse, pero nunca dejar de estar de pie. A algunos hombres y mujeres irrepetibles, colocados en determinados tránsitos históricos, la vida los obligó a desprenderse del natural traje de mediocridad del ser humano y a volverse héroes por obligación. Amaban apasionadamente la libertad, que es una querencia que siempre ha sido muy mal vista en todas partes, y ello les compelió a convertirse en corredores de fondo en perpetua huida del implacable río de lava que nunca dejó de perseguirlos, lamiéndoles los talones a veces. Saltaron de escondite en escondite o de exilio en exilio cual ranas de nenúfar en nenúfar y ni los domaron, ni los doblaron, ni los domesticaron jamás. Por el camino cayeron muchos; otros, los más tesoneros o los más afortunados, vivieron, en cambio, para brindar por la muerte de sus perseguidores y, entretanto, -la vida es lo que a uno le sucede mientras se empeña en hacer otros planes-, fueron hilando sin quererlo vidas apasionantes y novelescas, dotadas casi del don de la ubicuidad histórica. Nicolás Sánchez-Albornoz es uno de esos hombres, y Cárceles y exilios son las memorias que acaba de publicar a la venerable edad de 86 años.

El resultado tiene más de libro de caballerías que de propiamente memorias. Sánchez-Albornoz colecciona totalitarismos y exilios, y siempre está ahí: cabalga del Portugal de Salazar a la España de Franco, que lo encarcela y lo integra más tarde en la corvea de esclavos subcontratada para levantar el infame mausoleo del sátrapa en Cuelgamuros. De allí, una sonadísima fuga le lleva a la convulsa Argentina de Perón y Onganía, que también lo acabará invitando a irse. Marcha entonces a los Estados Unidos, a donde arriba exactamente el día del asesinato de Martin Luther King, en plena efervescencia social sesentayochista. Muerto el perro y acabada la rabia, retorna, en fin, a la añorada madre/madrastra patria, en compañía de su augusto padre, eminente medievalista y republicano, en 1976. Cuenta Sánchez-Albornoz que un tal Manuel Fraga Iribarne, por entonces expeditivo ministro de la Gobernación, ordenó, airado, cancelar la cena que, en un restaurante de Madrid, se iba a celebrar en honor de su eximio progenitor, un peligroso enemigo de España que vivió todo su medio siglo de exilio argentino con un reloj en cada bolsillo, uno con la hora de Buenos Aires y el otro con la de Madrid. Fraga, entiende Don Nicolás, quiso, con aquella rabieta, chinchar a la escurridiza estirpe de los Sánchez-Albornoz en pequeña venganza por aquella audaz huida de Cuelgamuros, que ridiculizara al régimen tres décadas atrás. Vengativo, el franquismo, a pesar de todas sus transformaciones, camuflajes y reinvenciones, nunca dejó de serlo.

Don Nicolás también sobrevivió a Fraga.

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