Hakuna matata

por Pablo Batalla Cueto

Imagínese la escena. Un hombre y una mujer de mediana edad caminan por una calle concurrida cualquiera de su ciudad. El paso lento, él al lado de ella, una charla distendida y apacible, todo normal, salvo por un minúsculo detalle: el hombre sostiene en la mano derecha el asa de plástico de una de esas correas extensibles que se utilizan para atar a los perros, y el cabo de ésta, como a guisa de lazo, aferra circularmente el cuello de la señora. Ella parece asumir con naturalidad el amarramiento. No hay violencia ni tensión; el marido agarra la correa como agarraría un paraguas cerrado o una bolsa poco pesada del supermercado. Sin embargo, la soga es gruesa, y, aunque no dificulte su respiración, está bien asida al pescuezo de la esposa, hundiéndose levemente en la blanca carne.

En el instante en que repara en ellos, los ojos como platos y la boca entreabierta en un gesto de estupefacción delatan su espanto. Nunca ha visto usted cosa igual. Superado el susto inicial mira ansiosamente en derredor suyo tratando de detectar las reacciones de los numerosos viandantes con los que comparte acera. Su perplejidad aumenta cuando comprueba que nadie aparenta reparar en aquel despropósito. Los pocos que sí lo hacen no muestran nada más que una fugaz indiferencia.

No da crédito. En su cabeza se agolpan de pronto, como si les hubiera dado por atravesar a la vez una puerta muy estrecha, Mary Wollstonecraft, Olympe de Gouges, hordas de encopetadas sufragistas destrozando escaparates a sombrillazos, hordas de hippies incendiando sostenes, Rosa Luxemburgo, Betty Friedan, Simone de Beauvoir, tu madre y su hermana y todos los siglos de colonialismo español, Bernarda Alba, Isabel la Católica, los morritos de León de la Riva, la mujermujer de Aznar, los miembros y las miembras y toda la corte celestial. Profiere un bramido de pura furia y corre a engarrarse con la atónita pareja. Les menta, haciendo aparatosos aspavientos con las manos, los siglos de lucha, el libres e iguales, el nosotras parimos, el mundo libre, la democracia, la liberté, la égalité y la fraternité, el allí donde fueres haz lo que vieres, e incluso no puede evitar soltar un «y-si-no-os-gusta-os-volvéis-a-vuestro-puto-país» impropio de usted. Hay insultos, puñetazos, etcétera. Se acercan algunos (pocos) transeúntes. Comprueba perplejo que no le dan la razón. Cada cual es libre de, etcétera. Allá ellos, si son felices así. Hakuna matata.

Cuando el hombre se cansa de zurrarle, tira de la correa y se va con viento fresco, aplaudido por la masa y por su propia esposa. Ésta se vuelve y le mira a usted con una mezcla de ira y desprecio.

Ahora dígame qué diferencia hay entre esto y el puñetero velo mahometano.

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