El círculo de Asier: entrevista a Asier Gabikagojeazkoa

por Pablo Batalla Cueto

Asier Gabikagojeazkoa pudo morir en Laos. Pero dejemos que sea él quien lo cuente.

—Quise atravesar rápidamente una pequeña zona fronteriza de Laos, entre China, Birmania y Tailandia; una zona de piratas y guerrillas de narcotraficantes a orillas del río Mekong, para poder cruzar hacia Tailandia. Para ello, se me ocurrió hacer uso de los servicios de transporte fluvial que algunas personas locales ofrecían en un pequeño pueblecito laosiano.

»Cuando llegué al lugar, éste resultó estar vacío, no ya siendo yo el único turista extranjero, sino prácticamente la única persona que andaba por las inmediaciones. Estaba solo en un poblado a escasos metros de Birmania (cuya frontera terrestre está cerrada bajo pena de cárcel); con todo mi equipaje y dinero, o sea, presa fácil de cualquier ladrón.

»Al final apareció un hombrecillo con el que me entendí malamente y que me ofreció el buscado viaje en speed-boat a lo largo del Mekong hasta Tailandia. El tipo podía haber estado perfectamente aprovechándose de mí y de mi memez de turista, y más que seguro que lo hizo visto la de dólares que me sacó por la travesía de cuatro horas. Tras una breve negociación sobre el precio, el hombre me hizo pagarle y a continuación me abandonó en la playa diciéndome que le esperara.

»Yo me quedé allí, sin ver por ningún lado el embarcadero y con la intuición de que nunca más vería al hombre ni mi dinero; pero al cabo de un rato apareció de nuevo junto con un oficial en uniforme militar en motocicleta. El militar procedió a interrogarme en un inglés deficiente. Llegados a este punto yo ya pensaba que o bien iban a detenerme por haber incurrido en alguna ilegalidad, o el militar era un amigo del dueño de la barcaza, compinchado con él para sacarme más cuartos.

»Al final no sucedió ni una cosa ni la otra. El hombre me llevó hasta su embarcación, una precaria barca con mucha longitud y muy poco fondo, sobre la cual tuve que sentarme acurrucado con mis rodillas a la altura de los hombros, listo para caerme al agua al menor contratiempo. El viaje se me hizo larguísimo y fue muy peligroso, pues la velocidad de aquel rudimentario aparato era excesiva, y constantemente saltábamos (literalmente) por encima de remolinos formados en el río, y esquivábamos puntiagudas rocas que surgían de la nada sobre la superficie del agua.

»Yo intenté aguantar sentado en aquella posición y no pensar en nada; el fuerte viento que golpeaba mi cara y el estruendo del motor tras de mí aislando mis sentidos.

»Pasé mi particular Escila y Caribdis.

»Posteriormente leí en la guía de viaje que no son infrecuentes los accidentes mortales en estas barcazas, debido al poco cuidado que sus pilotos ponen en la veloz conducción.

Pero, por supuesto, no todo fueron penurias en el largo viaje de Asier.

—La inmensa mayoría de los turistas que llegan a Mongolia no permanecen allí más de semana y pico. Llegan, contratan un tour a caballo de unos días en alguna zona y se marchan. Nosotros —se refiere a él mismo y a un americano al que conoció en Ulán Bator— decidimos comprobar que es posible viajar independientemente en Mongolia, haciendo uso de su transporte público y privado, al igual que en cualquier otro país.

»Y así fue. Primeramente cogimos un tren hacia el norte, y tras tomar una mashrutka (furgoneta-bus compartida que sale cuando está llena) nos dejaron en un cruce de caminos donde la carretera terminaba y la estepa y las colinas se extendían durante kilómetros hasta nuestro primer destino: el valle y el monasterio de Amarbayasgalant. Tuvimos suerte, y tras unos momentos de hacer autostop, una amable familia mongol que iba en esa dirección nos llevó con ellos.

»El valle se abrió ante nosotros treinta kilómetros después, tras atravesar pequeños collados y caminos de hierba y barro, en los que más de una vez tuvimos que ayudar empujando el coche. El lugar era una extensión llana cubierta de un tapiz verde vivo, enmarcada por montañas en tres de sus lados. Al fondo, como un espejismo imposible, la estructura de madera rojiza de un monasterio de estilo tibetano se alzaba contra una de sus laderas.

»Dimos nuestros últimos pasos andando sobre la hierba, por donde algunas marmotas correteaban y se erguían curiosas a una prudente distancia de nosotros. Nadie nos recibió. La sobria entrada del monasterio estaba vacía, y al otro lado pequeños monjes se afanaban en labores de mantenimiento. Los pájaros anidaban en los tejados, y al fondo del valle podían verse ovejas y vacas de pastores nómadas.

»Acampamos esa misma tarde a unos metros del monasterio. Apenas vimos algún turista. Preparamos una frugal cena de fideos y un jinete mongol se nos acercó para compartirla con nosotros. Resulta difícil creer que algo así esté al alcance de cualquiera, y sin embargo lo tuvimos para nosotros solos —concluye. Hay una magia indescriptible, un romanticismo de otro tiempo, vibrando, enfervesciendo de sus palabras, mecanografiadas y enviadas desde Bilbao vía e-mail. Asier también me habla —me escribe— sobre una noche al aire libre, tumbado dentro de su saco de dormir, junto al tremulante reflejo de una hilera de montañas nevadas sobre las tranquilas aguas de un lago japonés, en la reserva de Shiretoko, cerca del mar de Ojotsk, con los ecos perdidos del pueblo ainu, oriundo de aquel lugar, resonando en la noche estrellada; y de los montes, plantaciones de chili, aldeas indígenas, ríos y campos de girasoles que hubo de atravesar durante varios días, dirigido por un guía local, para alcanzar las remotas orillas del lago Inle, en Birmania. “Al pasar por un pueblo oímos música alegre emanando de él. Nos acercamos a investigar. Resultó ser una fiesta local en honor de un niño que se iba a pasar una temporada como monje budista, como es costumbre a cierta edad en aquel país. Enseguida nos invitaron a pasar y a unirnos a ellos, ofreciéndonos un sitio a la mesa (en el suelo) y platos de comida. Una gente muy abierta y acogedora”, me cuenta, con ese sugestivo estilo como de diario de viajes decimonónico.

—Yo soy de la opinión de que las experiencias más enriquecedoras son aquéllas en las que tienes contacto significativo con la gente local, aunque no siempre es fácil encontrarlas —opina.

—¿Es peligroso viajar?

—No; en general, no. Más allá de aquella experiencia en Laos, no me he topado con grandes peligros. He de decir que he sido precavido y no me he expuesto a riesgos innecesarios, en tanto que cualquier percance pondría la continuidad del viaje en una situación delicada, y éste era un objetivo primordial: llegar hasta el final.

El final del fascinante viaje de Asier Gabikagojeazkoa (Bilbao, 1982) era la estación de tren de Atxuri, en Bilbao. También había sido su principio.

—¿Viajar es difícil?

—En líneas generales, yo no diría que viajar es difícil, ni en Europa (donde si hay que ponerle un adjetivo, ése es “caro”), ni en toda Asia. Pero pasé complicaciones en varias partes, tengo que reconocerlo.

»En Rusia, una vez ya partido de Moscú hacia el Este, tuve alguna circunstancia extraña, como la noche que pasé en la sala de descanso de la estación de tren de Irkutsk, intentando dormir algo (cuando afuera nevaba y hacía bastantes grados bajo cero) antes de tomar un tren a las seis de la mañana. Me tocó en dicha sala un tipo bastante desagradable, entre ebrio, drogado y gilipollas perdido, que me dio la coña toda la noche, excepto cuando me hice el dormido sobre uno de los sofás. Entonces puso la televisión a todo volumen y dejó entrar en la sala a un compañero suyo, y los dos montaron bulla hasta bien entrada la madrugada, fumando qué sé yo qué y gritando, hasta eso de las cuatro o cinco de la mañana, cuando la seguridad de la estación entró en la sala y se los llevó —relata.

Asier salió de Atxuri el 4 de febrero de 2011 y llegó a Atxuri el 9 de agosto de 2012. “Exactamente dieciocho meses y cinco días”, calcula él mismo. Pero no le interrumpamos.

—En Asia central padecí muchos problemas derivados de la restrictiva política de visados y estancias, heredada del sistema soviético. Los visados turísticos no se pueden extender una vez en el propio país y son siempre de una duración máxima de treinta días. Solicitarlos es un proceso burocrático que lleva tiempo, paciencia y dinero. En Kazajistán acabé yendo a la cárcel por rebasar, inconscientemente, la caducidad de mi visado en unas nueve horas. Tras retenerme en el país durante cuatro días, juzgarme y hacerme obtener un visado de salida (pagando cuatro euros) pude finalmente salir.

—¿Viajar es caro?

—Depende de lo que se esté dispuesto a soportar. En China he viajado nueve horas en tren por cuatro euros, he dormido en un hostel en Camboya, al lado de las ruinas de Angkor Wat, por dos dólares la noche, y he vivido durante semanas en Tashkent (capital de Uzbekistán), con diez dólares diarios… —ejemplifica.

—¿Viajar es bueno?

—Decir que es bueno o no tiene un valor absoluto objetivo, y no puedo decir si viajar es bueno para cualquier persona. Son conocidos los casos de grandes escritores o pensadores de otros tiempos que nunca salieron de su lugar natal, e incluso describieron en sus obras lejanos parajes, historias o sociedades que nunca vieron.

»En mi caso personal, viajar me es muy positivo. No me cabe ninguna duda de que me hace crecer como persona, no ya en conocimientos (que los obtenidos de primera mano se fijan mucho más, son más fiables y tienen más repercursión en tu evolución mental), sino también en formas de ver el mundo, de amoldarse a diversas situaciones, dificultades, en el trato con personas de orígenes muy distintos, etcétera.

A Asier le gustan —le apasionan, puntualiza—, la lingüística, la música tradicional y la historia. Por supuesto, viajar también, pero a ésta la encuentro como una experiencia global que me permite desarrollar mis otras tres aficiones, además de otros muchos ámbitos que me interesan secundariamente, como por ejemplo la escritura, el deporte, la sociología, la política o las relaciones interpersonales», me explica, después de referir que estudió ingeniería informática en la universidad de Deusto y que trabajó durante cuatro años para la misma empresa de informática en puestos de programación de software. Para poder afrontar su periplo eurasiático, Asier ahorró pacientemente trescientos euros al mes durante aquellos cuatro años. Además de este capital principal, Asier reunió algún dinero trabajando durante un mes en un hostel de Tokio y tocando, tanto en Corea del Sur como en Japón, la alboka —instrumento tradicional vasco, de viento— y la gaita en la calle, lo cual le permitió ganar lo suficiente para pagarse el alojamiento diario.

—¿Qué países visitaste? —le pregunto.

—Por orden, los siguientes: Rusia, Corea del Sur, Japón, China, Mongolia, Laos, Tailandia, Birmania, Malasia, Singapur, Camboya, Vietnam, Tíbet, Turquestán Oriental, Kazajistán, Uzbekistán, Kirguistán, Irán, Azerbaiyán, Georgia y Turquía —enumera. Acto seguido, le solicito una breve impresión de cada una de esas veintiún naciones. Asier responde obsequiosamente proporcionándome exactamente lo que le pido: veintiún frases de no más de dos líneas, contundentes y compendiosas. Entrevistar así da gusto.

—Rusia.

—Con todo el pasado político e idealista que ha tenido, hoy en día es un país cansado, de gente que no cree en nada, excepto unos cuantos que se están volcando de nuevo en el cristianismo.

—Corea del Sur.

—Prácticamente una colonia norteamericana en la que muchos expats habitan con una buena calidad de vida y poco respeto de la cultura coreana. Para los coreanos es una sociedad muy rígida y competitiva.

—Japón.

—El verdadero motor cultural de Asia oriental, un país que a lo largo de los siglos ha sabido adaptarse haciendo suyas influencias de otros, siempre progresando pero manteniendo sus raíces firmes.

—China.

—Un poder imperial oculto bajo la falsa capa de un estado socialista, una terrible potencia económica en rápida expansión, muy intolerante con los que son diferentes a ellos.

A Asier no le gustó la República Popular China. Su opinión al respecto no es, desde luego, trivial, ni viene impregnada de la pretenciosidad caradura de esos viajeros apresurados, que haberlos haylos, capaces de escribir unas largas memorias acerca del lugar que han conocido por apenas una o dos semanas. Asier estuvo cinco meses en China, con cuatro visados diferentes (y una extensión de un mes en el cuarto), en veintidós provincias sobre un total de veintiséis.

Cuando le pregunto “¿Por qué Asia?”, me contesta que siempre le ha atraído de aquel continente su deslumbrante diversidad cultural, pero justo después abandona su apacible prosa general y deja traslucir su comprensible indignación cuando afirma quehoy en día hay elementos muy importantes en contra de esta diversidad, el más claro la presión uniformizadora política, demográfica y económica de la República Popular China. China está intentando, y ya ha casi conseguido en su totalidad, realizar una tabula rasa sobre las culturas existentes, deslegitimándolas en favor de una única mentalidad Han (la etnia dominante) y reduciéndolas a la expresión más folclorista e insignificante más allá de la curiosidad turística. El objetivo es construir sobre esta zona arrasada culturalmente, física y metafóricamente, una civilización gris y neutra, absolutamente homogénea en todos sus ámbitos, basada en la cultura del trabajo, ocio y consumo, sin duda en un intento de modelar una sociedad par a la estadounidense, a la cual envidian, admiran y odian al mismo tiempo, con una masa acrítica que nunca se queja y sólo se manifiesta por temas netamente nacionalistas, como hemos podido ver recientemente en el conflicto sobre las islas Senkaku.”

Cuando le solicito que me cuente qué decepciones ha encontrado durante su viaje, no tarda en incidir en que “China fue una gran decepción por sí misma casi enteramente, principalmente, como he dicho, a los esfuerzos de su gobierno por eliminar todo resquicio de interés cultural verdadero o sustituirlo por una falsa atracción artificial, llegando al punto de poner tickets de entrada a pueblecitos pintorescos donde vive gente; y por otra parte por el agobio de la superpoblación, de la uniformidad, y el carácter generalmente hosco de los Han en el tratamiento con extranjeros.» Todavía añade que “Me encontré con un país desastroso, con duras y largas jornadas en trenes muy incómodos y abarrotados, con ciudades con construcciones propias de un desarrollismo sin control, contaminadas, feas, sucias, con enormes poblaciones luchando por sobrevivir en esta miseria a base de comercios cutres y transporte de gigantescos fardos con mercancías.”

—Yo siempre digo que sé cómo será un mundo postapocalíptico porque he estado en China —concluye rotundamente.

Sigamos.

—Mongolia.

—Una extraña combinación de urbanismo soviético con la constante estepa habitada por la mitad de la población, aún nomada, como desde hace miles de años.

De Mongolia también me cuenta Asier que allí sufrió la primera, y prácticamente única, enfermedad grave de todo el viaje: una cadena de afecciones gastrointestinales y digestivas que lo debilitaron y desmoralizaron hasta el punto de hacerle plantearse regresar a Bilbao. “Finalmente me recuperé y desde entonces me encontré mucho más resistente a la enfermedad, quizás por no haber tomado ningún medicamento para superarla. Supongo que el cuerpo necesita un tiempo de adaptación a un entorno más insalubre, en todos los aspectos, que se puede encontrar en un país en vías de desarrollo, tras haber pasado toda su vida en el aséptico mundo occidental.”

Lo que no mata, hace más fuerte, que reza el refranero.

—Laos.

—Un país cuya amable y sonriente población vive mayoritariamente en pequeñas casas unifamiliares en pueblos tranquilos, junto a ríos y selvas, con un desarrollo turístico moderado.

—Tailandia.

—Mucha playa y mucho occidental irrespetuoso en el sur, el paraíso hedonista, aunque Bangkok sea una ciudad modernista y relativamente organizada, y el norte del país sea un refugio cultural.

—Birmania.

—Un país que ha estado aislado del mundo por su junta militar gobernante, pero que guarda grandes joyas de autenticidad asiática.

—Malasia.

—Una atractiva mezcla de tres culturas (malaya, india y china) con un fuerte regusto colonial y poco turismo.

—Singapur.

—Una ciudad-estado dominada por una cultura china tradicional, venida del sur de China hace cien años o más, y con un poderoso toque londinense.

—Camboya.

—Un país cuyas cicatrices aún son visibles, muy pobre y desorganizado, que sigue viviendo a la sombra de su mayor gloria, que fue Angkor Wat.

—Vietnam.

—Tradicionalmente bajo la esfera de influencia de China, es sin duda la parte más china de Indochina, aunque su cultura y lengua sean mestizas.

—Tíbet.

—Un santuario de paz en una tierra de gente muy pobre y espiritual, una tierra yerma e inhóspita ocupada por el ejército chino y cientos de miles de colonos.

—Turquestán Oriental.

—El corazón de la Ruta de la Seda, con gentes que han vivido de bazares en oasis durante generaciones y generaciones, al son de la quejumbrosa dombra —un tipo de laúd propio del lugar—, hoy en día marginalizados, invadidos y colonizados por China.

—Kazajistán.

—Un claro exponente de la antigua Unión Soviética que se lanza veloz hacia el futuro gracias a sus recursos energéticos; una especie de Rusia con rostros orientales.

—Uzbekistán.

—La otra mitad de la Ruta de la Seda, que ha estado marcada por su época soviética, en tanto que hoy sufre un régimen ademocrático de carácter laico antiislámico y muy nacionalista.

—Kirguistán.

—La Suiza de Asia central, todo montañas y lagos alpinos, con una cultura pastoril nómada y antiguas zonas de turismo soviético.

—Azerbaiyán.

—Apasionante combinación de historia persa, turca, rusa, soviética y caucásica, todo ello sazonado con un apogeo decimonónico y un desarrollo actual promovido por las reservas de gas.

—Irán.

—Un gran país, interesante cultural, histórica y socialmente, con vocación occidental, que sufre un régimen absurdo que la mayor parte de la población ya no apoya.

—Georgia.

—Un país en la encrucijada, entre las áreas de influencia de EE.UU. y Rusia, ambas notables en el terreno, al que le queda mucho por hacer y cuyo fanatismo religioso, como seña de identidad, no me atrae para nada.

—Turquía.

—Un país moderno y preparado, de visita necesaria, que es muy mal entendido por Europa, a la que tiene mucho que aportar.

La lista de medios de transporte utilizados no es menos kilométrica:

—Tren, mashrutka, autobús local, autocar, autobús-litera, taxi, ferry, tren bala, autostop, pie, metro, jeep, moto-taxi, speed-boat, tuk-tuk, bicicleta, catamarán, barco, kayak, tranvía, trolebús, avión, taxi compartido/savari y caballo.

Como los montañeros de élite que, antes de emprender uno de esos grandes y temerarios proyectos himaláyicos que dan sentido a toda una vida deportiva, se preparan degustando insignificantes aperitivos como ascender al Aconcagua o coronar el Mont Blanc, Asier también se entrenó para afrontar satisfactoriamente su peregrinaje transcontinental. “Hice varios viajes en 2010 planteándome retos. Por ejemplo, inicié viajes con el mínimo equipaje necesario y que fueron travesías transfronterizas por tierra: Grecia-Macedonia-Albania-Grecia; Bilbao-Uarzazat, en Marruecos, enteramente sin volar.”, cuenta. “Mi objetivo era hacer todo el viaje sin volar”, añade.

Le propongo algunas citas famosas sobre viajes, pidiéndole su opinión y su experiencia.

—“Aquél que quiere viajar feliz, debe viajar ligero”, dijo Antoine deSaint-Exupéry. ¿Qué se lleva en una mochila para dos años de viaje? —le pregunto.

—Estoy totalmente de acuerdo con la frase. El equipaje es motivo de preocupación, cansancio y sufrimiento. Cuanto menos se lleve, mejor. Es cuestión de saber vivir el día a día con lo imprescindible, cambiando hábitos. Al final de mi viaje me sobraba prácticamente todo lo que llevaba conmigo, porque me había habituado.

Asier desglosa con calma pertrechos, arreos y adminículos. Necesitó ropa que le sirviera para afrontar tanto el invierno siberiano y tibetano como el verano tropical indochino y el duro sol de los desiertos de Asia central e Irán. Como calzado, sólo botas de montaña, para resistir el frío, la nieve y la lluvia y poder caminar por todo tipo de terreno, así como unas sandalias con suela de trekking para temporadas más cálidas. Varios pares de calcetines de montaña. Mallas térmicas. Pantalones de montaña para el ámbito rural y vaqueros para tener una presencia normal en el urbano. Un jersey. Un abrigo con forro polar. Camisetas varias, dos de ellas térmicas. En Kuala Lumpur hubo de hacerse con unos pantalones cortos de vestir para soportar el calor húmedo que le abatió “hasta límites insospechados”, deja caer sin especificar. “Cosas que he ido necesitando las he comprado o conseguido en diversos lugares; no hay por qué llevar todo con uno mismo”, comenta.

—En cuanto a herramientas, lo más útil con diferencia ha sido el frontal luminoso, que usé muchas veces en zonas despobladas o ciudades sin alumbrado público —refiere—. El papel higiénico, o unos kleenex, es algo fundamental que nunca me faltó en el bolsillo, ya que es muy poco habitual encontrarse con servicios públicos en condiciones en ninguno de los países que visité, especialmente en China —añade.

—“Nadie debe viajar hasta que no haya aprendido el idioma del país que visita. De lo contrario se convierte voluntariamente en un bebé, tan indefenso y ridículo.” (Ralph Waldo Emerson) ¿Cómo fue tu experiencia idiomática en general? ¿Qué idiomas utilizaste? ¿Tuviste algún problema o percance derivado de malentendidos lingüísticos o incapacidad de comunicación?

—La necesidad de comunicarse se vuelve mucho más fuerte que el desconocimiento de la lengua local: ésa ha sido mi experiencia. Más allá de las dificultades, el esfuerzo por hacerse entender se realiza sin darse uno cuenta, usando todos los recursos disponibles, las pocas palabras que te vengan a la mente que alguna vez supiste de esa lengua, lenguaje gestual de amplitud desconocida, etcétera. El ridículo o la vergüenza no tienen cabida cuando dependes exclusivamente de tu habilidad para obtener información de una forma u otra, puedes estar jugándote el dormir bajo techo esa noche tras una agotadora y larga jornada, o conseguir algo de comida caliente por primera vez en veinticuatro horas.

»En el noreste de China lo pasé bastante mal en la comunicación con la gente. Supongo que era la primera vez en mi vida que me encontraba en una zona del mundo en la que la gente no sabía ni lo más básico del inglés, tipo time, money, where o cosas así. Acabé usando mi conocimiento de “kanjis” japoneses (el sistema ideográfico de signos heredado de la cultura china), muchos compartidos con el chino aunque no todos, escribiendo significados básicos en trozos de papel, y fui tirando con eso. Muchos chinos usan esa comunicación escrita en persona cuando no entienden muy bien qué palabra quiere decir exactamente otro chino, casi siempre por hablar dialectos distintos.

»Una prueba interesante fue la que hice con la continuidad dialectal túrquica en Asia central. Tuve la suerte de encontrar un manual de la lengua uigur en Urumqi, capital del Turquestán Oriental, y lo que aprendí de vocabulario y gramática me valió para entender y preguntar bastantes cosas en Kazajistán, Uzbekistán y Kirguistán. Se dió la circunstancia de que fui capaz de entenderme medianamente con la población local uigur bastante bien, pero siguió siendo imposible comunicarme con los colonos chinos en esta región.

»Eso sí, en todos los países aprendí a decir “hola” y “gracias”, aunque ya he olvidado muchos. Me parece un gesto mínimo y sencillo que cualquier viajero puede hacer, y es generalmente agradecido por los locales.

Asier tiene, explica, “el castellano como lengua materna, aunque domino perfectamente el euskera y el inglés, lenguas ambas en las que he escrito sendos blogs durante el viaje (el blog en euskera, perteneciente a la versión digital del periódico Berria, el único en publicar íntegramente en euskera, resultó premiado por el ayuntamiento de Bilbao). Además, a lo largo de mi vida he estudiado oficialmente otros idiomas, tales como latín, francés, alemán, japonés, hebreo o ruso, a los que habría que añadir otros tantos que he estudiado ocasionalmente por mi cuenta.”

—“He descubierto que no hay forma más segura de saber si amas u odias a alguien que hacer un viaje con él.” (Mark Twain) En tu caso, al haber viajado solo, ¿qué opinión tienes de ti mismo después de dos años de viaje en tu compañía?

Es totalmente cierto que conoces muy bien a la gente con la que viajas. No es ningún misterio: te pasas las veinticuatro horas con esa persona en situaciones generalmente nuevas y complicadas en un entorno extranjero.

»Partí solo de viaje, pero me he ido encontrando con otros viajeros solitarios a los que he acompañado en algunas temporadas. Del mismo modo que una relación previa puede romperse por viajar en su compañía, una nueva amistad puede ser forjada de forma duradera como compañero de viaje. Así me pasó en varias ocasiones, conociendo y viajando con gente con la que hasta hoy sigo en contacto y aprecio mucho. En Tibet conocí a un irlandés interesante que estaba embarcado en una aventura euroasiática mayor que la mía (y que aún prosigue), y volví a coincidir con él en Kazajistán meses después.

»Está claro que también he conocido facetas de mi mismo que no pensaba que había, o que en circunstancias normales estaban atenuadas. En el lado negativo, he visto los límites de mi paciencia varias veces (me considero una persona paciente), y en algunas temporadas he andado bastante irritable. Por mi forma de ser, no soy una persona que naturalmente acepte de buen grado los imprevistos al momento, sobre todo cuando éstos provienen de irracionalidades o de razonamientos absurdos. En el lado positivo creo que he avanzado muchísimo en mi desenvolvimiento a la hora de conocer a nuevas personas en todo tipo de ambiente y en mi disposición a aceptar modos de vida diferentes. Me veo más capaz de llevar a cabo cualquier proyecto vital que me proponga, tras haber superado tantos obstáculos en este viaje.

—“Caminante, no hay camino: se hace camino al andar.” (Antonio Machado) ¿Llevabas un planning? ¿Hasta qué punto lo cumpliste? ¿Qué parte de improvisación hubo en tu viaje?

—Llevaba un planning. De hecho la planificación de la ruta fue a lo que me dediqué durante el 2010, inmediatamente antes del viaje, pero tengo que aclarar que los sitios concretos que voy a visitar en un país es algo que nunca planeo antes de llegar al propio país (o hasta un par de semanas antes), leyéndome una guía de viaje. Previamente a llegar al país tan sólo me planteo una idea del recorrido cartográfico a seguir, esto es, si empiezo por el sur y voy subiendo por el oeste hasta el norte, para bajar de nuevo por el este, o algo así. Me gustan las rutas circulares que me permiten salir del país por donde entré y que no me obligan a volver a pasar por sitios en los que ya he estado.

—“Viajar sólo sirve para amar más nuestro rincón natal.” (Noel Clarasó)

—No “sólo” sirve para eso, pero sí sirve, si no para amar más, sí para apreciar desde otros puntos de vista el propio lugar de origen, con la perspectiva que la distancia y el tiempo otorgan para valorar las cosas adecuadamente, y además con la oportunidad de compararlo con muchos otros sitios hasta entonces desconocidos.

»Te hace tener una perspectiva distinta de tu país. También está la morriña, que nunca es despreciable. Aunque yo me vi poco afectado por ella, siempre hay un poso. Para mí ha sido fundamental mi identidad vasca, para entender a mi manera todo lo que he visto por el mundo. Es algo que nunca he olvidado y que, en mi opinión, me ha hecho sentirme más cercano a, por ejemplo, coreanos, japoneses, mongoles o uigures, que a chinos, tailandeses o malayos. Y con esto no quiero decir que compare culturas o sociedades en ningún tipo de escala; yo establezco parecidos y puentes entre lo que yo llevo y lo que los demás me aportan en el camino, de igual a igual. Soy tan fanático de la cultura japonesa, de las tradiciones de Mongolia o de las lenguas túrquicas como lo puedo ser de esos elementos de mi país. No tengo en eso perjuicios que me digan que tenga que poner lo de casa antes que lo de fuera.

»Es curioso, por ejemplo, que mi amigo viajero irlandés me confesó que antes de su viaje euroasiático no le gustaba la música tradicional irlandesa, pero que ahora le encanta.

—“Se viaja no para buscar el destino sino para huir de donde se parte.” (Miguel de Unamuno) ¿Fue ése tu caso?

No puedo negar que habitaba en mí una inconformidad con respecto a mi vida en aquel momento, que llevaba todos los indicios de volverse tan vulgar como aburrida, pese a todas mis inquietudes culturales. Una falta de relaciones sociales fructíferas en mi lugar de origen era otra de las carencias que me facilitaron la decisión de partir en este viaje. El deseo de conocer otras realidades surge de la disconformidad con la tuya propia, naturalmente.

»En varias etapas del viaje practiqué una huída hacia adelante desvergonzada, abandonando lugares cuando me sentía incómodo en ellos. Pero el problema es que cuando el itinerario es circular una huida hacia adelante equivale a una eventual vuelta al punto de partida. Creo que en todo viaje largo la vuelta es tanto un éxito como un fracaso. Es ambos y no es ninguno. Es un éxito por haber conseguido superar todos los obstáculos y regresar, y es un fracaso porque en su interior esconde el hecho de que ese algo que se buscaba lejos de casa no se encontró realmente.

—“El que emplea demasiado tiempo en viajar acaba por tornarse extranjero en su propio país.” (René Descartes) ¿Qué sentiste al regresar a tu tierra después de casi dos años fuera?

—No del todo verdadero, pero sí que al volver a tu entorno anterior, después de una ausencia tan prolongada, te sientes extraño en la sociedad que abandonaste. Se adoptan muchas costumbres foráneas involuntariamente cuando se viaja tanto tiempo, y uno se habitúa a lo que se encuentra día a día en otros países, y ambas cosas no tienen por qué siquiera estar presentes en tu lugar de residencia. Uno no es consciente de las cosas normales que deja de hacer fuera de su lugar de origen; sólo una vez regresado, al ver cómo funcionan las cosas, uno tiene un vago recuerdo de haber tenido esas cosas como habituales anteriormente. Se pierden unas rutinas y se ganan otras. La rutina del viaje es muy particular y exigente.

»Al volver, se echan de menos cosas de otros países también. No estamos preprogramados para aceptar con mayor gusto los hábitos de nuestra propia sociedad que los usos de sociedades ajenas; cada uno tiene su propia personalidad que puede provocar que nos sintamos más próximos a prácticas distintas a las del entorno en el que crecemos. Esto es esencialmente bueno, de tal forma que un viajero puede llevar a otros lugares cosas de su país, que pueden ser dadas a conocer allí, trae con él otras tantas que enriquecen mucho su entorno, actuando así como canal de comunicación directo entre culturas cercanas y lejanas.

»Yo creo que el viajero tiene que ser más que un mero observador, y al mismo tiempo que se empeña en integrarse en la cultura local, saber cuándo puede aportar algo valioso a ésta. De todas formas, hace dos meses ya que volví y aún sigo buscando mi nuevo lugar en el mundo, aquí o allí. La vuelta es dura, no cabe duda.

—Para acabar, recomiéndanos, por favor, un libro, un disco, un cómic y una película.

Un libro, El proceso, de Franz Kafka, porque me lo leí después del “proceso” burocrático al que fui sometido en Kazajistán y me pareció muy divertido a la par que triste, con ese surrealismo que se me hizo tan real. Un disco, Cançó de Dona i Home, de L’ham de foc; este grupo valenciano fusionó durante años las tradiciones musicales del Mediterráneo con los sonidos de países lejanos, unidos de algún modo por la Ruta de la Seda. Una película, The last Emperor, de Bernardo Bertolucci, porque me parece una representación muy completa y acertada de la decadencia del imperio manchú, del equilibrio de fuerzas entre China y Japón y de los comienzos de las ideas revolucionarias que han llegado a dar lo que hoy es la República Popular. Un cómic, Vagabond, de Takehiko Inoue, porque es sobre un aprendiz de samurái itinerante que va creciendo como persona, tomando todo encuentro como una enseñanza.

—Por cierto, una pregunta tal vez indiscreta y quizás un poco tonta; ¿se liga más después de un viaje como ése?

—Bueno, yo la verdad es que no ligo. No me preguntes por qué, quiero decir, que no voy a ligar, porque no creo en ello, en que uno deba buscar abiertamente suplir las carencias propias estableciendo una conexión temporal con otra persona. Por otra parte, yo mismo no doy importancia al haber realizado este viaje, y a no ser que surja el tema por algún motivo, no voy por ahí contándolo. A mí me parece que cualquiera es capaz de hacer un viaje como éste si se lo propone. No espero ser una inspiración para nadie, pero que se sepa que hacer lo que yo he hecho está ahí al alcance de casi todos.

Tomemos nota.

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