Leovigildo y la marquesina

por Pablo Batalla Cueto

¡Sinvergüenzas! ¡Incompetentes! ¡Hijos de puta!

Me giro para verificar la procedencia y, si es posible, la razón de tales imprecaciones. Estoy sentado en una de las marquesinas de autobús de la Acerona gijonesa. Es domingo, nueve de la noche.

—¡Cabrones!

Es un hombre mayor, impecablemente trajeado. Está sentado a apenas unos metros de mí.

—¡Sinvergüenzas! —repite.

No se dirige a nadie; sus apóstrofes son retóricos, aunque clava la mirada, ávida de atención, alternativamente en cada una de las dos o tres señoras que componen una exigua audiencia que le observa con indiferente curiosidad.

—¡No hay derecho! —ruge.

—¿Pero qué le pasa, hombre? —pregunta finalmente una de las señoras.

—¡¿Que qué me pasa?! ¿No lo ven?

Señala, con furioso ademán, el pequeño marcador electrónico de que está dotada la marquesina desde hace tres o cuatro años. Normalmente, el panel indica el número de minutos que falta para que pare allí cada línea.

—¿El panel? ¿Qué tiene?

—¿¡Pero cómo que qué tiene!? —brama, enrojecido de pura rabia—. ¡Qué no funciona!

Efectivamente, el panel no funciona. Es decir, sí funciona, pero sólo exhibe la fecha y la hora del momento, y no la habitual retahíla de líneas y minutos.

—¡Panda de incompetentes! ¡Sinvergüenzas! —sigue farfullando el hombre—. Tras la perplejidad inicial, una de las señoras comienza a darle la razón y a acompañar su sonsonete de interjecciones. Habráse visto, tiene usted razón, etcétera. Finalmente, como Henry Fonda en Doce hombres sin piedad, el tipo acaba convenciendo a todo el jurado. Todas las señoras se han contagiado de su cólera. Sí que es una vergüenza, sí. ¡Para esto pagamos nuestros impuestos, ya ve usted!

—Hay que ser subnormal. ¡Ni que fuera un derecho constitucional que le digan a uno el tiempo que falta para que llegue su autobús! Domingo de noche, coño. Eso lo hará alguien, digo yo, y un domingo de noche tendrá tanto derecho a cenar en casa con su familia como usted, tonto de la pepitilla. ¡Mire que no habrá cosas de las que quejarse, como para ponerse como un basilisco por semejante gilipollez! Y si tanta ansia viva tiene por saber lo que falta para su autobús mírelo en los horarios impresos, joder —esto lo pienso para mí, pero no lo digo.

Cuando llega, finalmente, el autobús, el comité de indignados se abalanza sobre el conductor y le sepulta bajo un tremebundo alud de protestas escupidas. Exigimos el libro de reclamaciones, y tal. «¿Qué he hecho yo para merecer esto?», debe de pensar el autobusero.

«El español es conformista, y lo mismo se adapta a Leovigildo que a Franco o Felipe González», leo que dijo un tal Pablo Castellano. «Pero que no le toquen la marquesina», añado yo. Acto seguido, me echo a llorar.

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