La caja de cereales de Billig

por Pablo Batalla Cueto

A primera vista, quien esto les escribe encuentra poco o nada que ver entre él mismo y Martí Gasull. Era Gasull un temerario aventurero; yo, impenitente sedentario. Licenciado en filología clásica él; servidor, licenciado en historia. Independentista catalán Martí; español sin aspavientos pero sin complejos yo. Cuarenta y tantos tacos de almanaque el catalán; apenas veinticinco este asturiano. Dos vidas diferentes.

De las escuetas informaciones incluidas en la prensa, pueden deducirse algunos datos biográficos más. Por edad, Martí Gasull debió de hacer el servicio militar, jugar a pídola, vivir la Movida, ver Verano azul y excitarse imaginando los pechos de Sabrina Salerno. Por edad, Pablo Batalla no ha tocado un Cetme en su vida, recuerda como juego predilecto de su infancia el Age of Empires II, considera a Loquillo un oldie, Verano azul lo vio cuando lo vio repuesto por sexta o séptima vez y vivió los albores de su pubertad excitado por las interioridades imaginadas de la joven Britney Spears.

Aun compartiendo una mutua afición al montañismo (desmedida la suya, modestita y de andar por casa la mía), a éste que les escribe le habría resultado difícil trabar conversación sobre el particular con Martí Gasull: estoy razonablemente seguro de que Gasull no había oído hablar en su vida del Vau de los Llobos, del Jitu Escarandi, de Vega de Ario ni de la Canal de Dobresengos, tanto como yo no sabría mentar uno solo de los colls, congosts y puigs del Principat, que a buen seguro debían de formar parte del inventario de paisajes amados —verde pino y amarillo genista— de su vida.

Por supuesto, esta desconexión no me ha impedido lamentar el trágico fallecimiento de Martí Gasull, devorado por un alud en las alturas del Himalaya. Sin embargo, a diferencia del Tony Blair del chiste de Bush, el dentista y los diez millones de iraquíes (—Vamos a matar a diez millones de iraquíes y a un dentista. —¿A un dentista, George? —Sabía que nadie preguntaría por los moros…), yo no puedo evitar preguntarme qué hay de los otros ocho seres humanos decedidos en el mismo accidente, de los que la información periodística en que he conocido la desgracia no incluía ni tan siquiera el nombre, aunque sí la nacionalidad (pero sólo la de los siete europeos, y no la del noveno integrante de la expedición, asiático). ¿Eran lepenistas, sarkozystas, hollandistas o nacionalistas bretones, vascos o corsos los cuatro franceses? ¿De ciencias o de letras el italiano? ¿Sabía el alemán preparar un buen Sauer-kraut? ¿Tenía Ostalgie? ¿Coleccionaba mariposas?, me pide el Principito de Saint-Exupéry que pregunte.

La caja de cereales de Michael Billig, una vez más. (Échenle un vistazo al artículo de Wikipedia titulado «nacionalismo banal».)

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