…ca, ca, ca…

por Pablo Batalla Cueto

Me cae bien Fernando Sánchez-Dragó. Pronuncio esta afirmación a las siete de la mañana, arrellanado en el sofá del salón, tenuemente iluminado por la luz áurea que despide una pequeña lamparita. La siesta de la tarde se me fue de las manos, y como siempre que la siesta de la tarde se me va de las manos, lo cual ocurre con cierta frecuencia, mis desquiciados biorritmos me hacen el envenenado regalo de una noche toledana. La noche confunde, que decía no recuerdo qué espantajo de la chismocracia, y la noche debilita los corazones, que cantaba Ismael Serrano. Tal vez sea eso. Pero lo cierto es que en este momento mi convicción es firme: me cae razonablemente bien Fernando Sánchez-Dragó. He ido conociéndole a pedacitos en noches como ésta, sumergido para pasar el rato en las procelosas aguas de la red de redes.

Tiene sus cosas, el hombre, qué duda cabe. Sus boutades y sus alharacas. Sus tauromaquias, sus neoliberalismos, sus paridas y sus gilipolleces. Su cierta fusilabilidad. Pero más allá de esta cáscara de nuez me he encontrado a un hombre extraordinariamente culto y desprejuiciado, y me ha agradado descubrir a un magnífico entrevistador, audaz a la vez que elegante, incisivo a la vez que sutil, divertido sin aspavientos. He visto en YouTube su entrevista a Ortega Lara en Telemadrid y un magnífico encuentro literario, del año 2003, con Gustavo Bueno y Santiago Carrillo. Bueno, Carrillo y Dragó (be, ce, de de mi alfabeto de querencias inconfesables en el que la a es de Anson y la o es de Otegi) son tres personajes a los que, por motivos diferentes, he detestado mucho. Sin embargo, me doy de narices con un debate vivo, estimulante y de encomiable hondura intelectual —¡en televisión!—, en el que se menta a Bismarck, a Marcuse, a Hegel, a Platón, al papa, se pondera octubre de 1934, se rastrean las raíces del nacionalismo y del Estado del bienestar y se teoriza al respecto de la crisis de la izquierda.

Después enlazo con la última edición de Salvados. «Los políticos han organizado un sistema democrático pero que tiene al ciudadano como un kleenex: vota cada cuatro años y después no se le necesita para nada.» La simpleza pueril y perroflautesca de apreciaciones como ésa, pronunciadas, para mayor despropósito, con un tono solemne como de verdad revelada, me sonroja y me avergüenza. Dialéctica mentecata de «los de arriba» versus «los de abajo». Éstos son los míos, rediós, me digo. Vuelvo a Dragó. «Lamento profundamente haber nacido español», espeta.

«Yo no tengo ideología; tengo biblioteca», he leído hace apenas unas horas a Arturo Pérez-Reverte en su encuentro semanal de Twitter. Con esta sentencia rasguñándome las meninges me voy a la cama. Biblioteca, biblioteca, biblioteca, ca, ca, ca, repite el eco.

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