El puto lobby

por Pablo Batalla Cueto

Quienes han leído El conde de Montecristo o han visto El secreto de sus ojos saben que, contra lo que sostiene la mojigatería cristianoide y mingafría en boga, una buena venganza no es un acto reprobable sino todo lo contrario: una dimensión épica del ser humano y un arte digno de alabanza y hasta de cultivo. Al joven Vito CorleoneRobert de Niro de El Padrino II, cuando, mirando fijamente a los desconcertados ojos del asesino de su padre, le espeta «Mi padre se llamaba Antonio Andolini, y esto es para ti» mientras lo abre en canal, el Gandhi de turno tal vez le pondría la mano en el hombro, ladearía ligeramente la cabeza y, mirándolo con compasión paternalista y condescendiente, le adoctrinaría alguna insulsez feliz sobre el perdón tipo «ojo por ojo y el mundo acabará ciego». Yo, que creo saber que la ceguera del mundo no es coyuntural sino atávicamente estructural, o sea, que el mundo ciego es porque ciego nació y que el problema carece de remedio, pateraría en el culo al Mahatma y aplaudiría entusiasmado a Don Vito. Olé tus huevos, y tal.

Así que no. No es una inexistente compasión por los criminales lo que me impulsa a despreciar airadamente a Antonio del Castillo, a José Luis Cortés y a demás lidercillos meridionales accidentalmente erigidos en lobbistas en pos de la cadena perpetua y otros retrocesos históricos. En el universo paralelo n.º 3459, un Pablo Batalla tal vez rubio e imberbe está ahora mismo ovacionando a un Antonio del Castillo tal vez temerario que, habiendo agarrado una recortada o un cuchillo cebollero, justicia en mano, le acaba de descerrajar cuatro tiros en la cabeza o cuatro puñaladas en el pecho al asesino de su hija. No hace falta ir tan lejos: en este mismo universo paralelo, el Pablo Batalla que soy no ha dejado de alabar fervorosamente a aquel iracundo euskaldún que destrozara hace unos años a mazazos la herrikotaberna de su barrio después de que una bomba etarra le destrozara el piso. Era justo y necesario, además de, y sobre todo, rabiosamente comprensible.

Lo que revienta a este humilde fan de Edmundo Dantés es el lloriqueo demagógico, la sensiblería cutre y hortera elevada a los altares, la turbamulta ultramanipulable ávida de catarsis colectivas en las que por nada del mundo perderse la oportunidad de clavar su navaja o encender su cirio o hacer ambas cosas. La más que discutible pero indiscutida estupidez de llevar indefectiblemente a misa todo lo que tenga a bien salir del corazón o de las tripas de un padre desolado. La necedad troglodita de olvidar que en la elaboración del código legal de una nación avanzada y democrática, Antonio del Castillo es el último de los cincuenta millones de españoles que debiera tener voz y voto.

Me revienta el lobby, el puto lobby. Y la gente.

Anuncios