Épater les épateurs

por Pablo Batalla Cueto

Despegó con cuidado el papel de la pegatina que acababa de fijar al cristal de forma vagamente triangular de la puerta de atrás de su coche. Debajo, fueron apareciendo dos nombres asociados a dos pequeñas banderas, al modo de los de los pilotos que se graban en los coches de rally. Los nombres eran Edmundo, por Edmundo Dantés, y Emma, por Emma Bovary. Una de las banderas consistía en un pelícano negro recortado sobre un fondo amarillo: era la del reino de Sildavia. La otra, un mosaico de colores, la del Tahuantisuyo.

Después de permanecer unos segundos admirando, satisfecho, la calcomanía recién grabada, se subió al coche. Lo primero que hizo fue buscar, bajo el asiento del copiloto, el grueso archivador negro repleto de cederrones piratas. Escogió un disco y lo introdujo en la ranura del reproductor. Bajó todas las ventanillas del vehículo, y subió el volumen hasta más allá de los últimos confines de la salud auditiva. Pasó inmisericordemente las cuatro primeras pistas del álbum; se detuvo en la quinta. Comenzó a sonar estruendosamente la segunda canción de la Cantata de Santa María de Iquique, la que empieza «Vamos mujer, partamos a la ciudad…» El coche vibraba, y toda la calle parecía vibrar con él.

Volvió a sonreir con satisfacción maliciosa, aferró el volante y pisó con firmeza el velocitátor, haciendo al motor rugir violentamente y al coche salir como disparado. Mientras enfilaba la avenida a toda velocidad, reparó en una señora, gruesa y algo chepuda, que en la acera agitaba, furiosa, su bastón mirando hacia él, y parecía farfullar alguna procacidad sobre Franco, la juventud y los valores perdidos. El conductor detuvo el vehículo pisando bruscamente el decelerátrix y, sin apagar el sonido del reproductor, que seguía bramando que «como que hay Dios, allá en el puerto todo va a ser mejor», berreó en dirección a la vieja, que ahora le miraba encogida y con ojos aterrados: «¡Señora! ¡Llevo conmigo un bolsillo de respetos y un costal de faltas de respeto; el respeto inmoderado crea en el alma gérmenes de servidumbre!», y acto seguido arrancó de nuevo.

La señora no se había dado cuenta de que nuestro amigo iba ataviado con un impoluto uniforme de la Guardia Suiza. Sí lo hizo la pareja de guardias que, advertida de que un sujeto de comportamiento extraño estaba causando alarma en el vecindario, le ordenó detenerse y soplar en un alcoholímetro. Lo hizo bufando aparatosamente después de proferir, mientras hacía aspavientos como de rapero con las manos: «Viva la Erredeá, viva el camarada Honecker, viva la dictadura del proletariado y la gestión colectiva de los medios de producción.»

«No te jode», no escuchó la Benemérita que añadía en voz baja.

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