Cero grados Kelvin

por Pablo Batalla Cueto

Me interesa cero el caso de los niños de José Bretón. Me interesa un cero absoluto, gélido, antártico, kelviniano. No lo he seguido en absoluto y no conozco los detalles. He procurado, de hecho, evitarlo, pasando inmisericordemente las páginas de los periódicos referentes al asunto y cambiando de canal cada vez que los telediarios pretendían informarme sobre el particular. Por lo demás, no es una inquina personal hacia este caso concreto lo que me impele a declararme en rebeldía: hace años que procuro hacer lo propio con cada una de esas tragedias mediáticas con que, de tanto en tanto, todos los medios de comunicación en contubernio se empeñan en agarrarnos de las solapas de la camisa, elevarnos sobre el suelo y zarandearnos burdamente las conciencias. Me interesó un gigantesco dónut lo de Rocío Wanninkhof, me interesó -273,15ºC lo de Madeleine McCann y me interesó -459,67ºF lo de Marta del Castillo. Nada, nulidad, nulo, ausencia, carencia, inexistencia y demás posibles sinónimos de la palabra «cero». Nothing. Rien. Res. Ná. Jamás ha salido de mi boca el preceptivo «hay que ver cómo está el mundo» ni he observado el sacrosanto deber hispánico de erigirse de vez en cuando en experto jurisconsulto y proponer sustanciosas y audaces reformas legales que a buen seguro acabarían con el problema X en menos de lo que canta un gallo. No he suscrito ninguna campaña a favor de la cadena perpetua, de la pena de muerte, de los chain gangs o de la inmediata reinstauración de los tornos de tortura del Santo Oficio. Tampoco he dedicado ninguna mañana a apostarme a las puertas de ningún juzgado a abuchear en andaluz al asesino de moda.

Hace algún tiempo leí, creo recordar que en El País, un interesante reportaje sobre la historia del periódico El Caso, muy popular durante el franquismo. Venía a decir aquel artículo que este diario, especializado en crónicas de sucesos, gozó de la absoluta permisividad del régimen porque hacía a éste un servicio utilísimo: el de desviar la atención pública hacia informaciones no peligrosas para el establishment. Las crónicas de sucesos, al mismo tiempo que contienen una pesada carga morbosa que las hace extraordinariamente atractivas para el público medio, están, en cambio, despojadas por completo de cualquier potencialidad como armas políticas, en tanto son fatalidades genéricas e inevitables, de las que, en todo caso, crean alarmas sociales falaces que llaman al ganado bovino más a clamar por recrudecimientos autoritarios —el orden— que por aperturas democráticas.

O sea, lo que viene siendo una cortina de humo, una más, y lo que viene siendo un instrumento de manipulación. Lo triste es que, cuarenta años después, todavía sigáis picando.

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