Ecce Hispania

por Pablo Batalla Cueto

El llanto desconsolado de un niño pequeño desvalido goza de la reputación de ser la estampa más terrible, más devastadora, que puede contemplar una persona sensible. A mí, en cambio, siempre me ha emocionado considerablemente más el llanto de los viejos. Esta disposición mía me ha sorprendido siempre; hay en los niños —también en los animales—, y no hay en los ancianos, esa inocencia, ese no comprender los motivos de su dolor, esa imposibilidad absoluta del «algo habrán hecho», que parece imponer un plus de atrocidad a las lágrimas infantiles con respecto a las seniles, y, sin embargo, a mí las que me conmueven son éstas, y no tanto aquéllas. El llanto de los viejos provoca invariablemente el mío. Lloré con Up y con Dejad paso al mañana,y aseguro al lector que el que esto escribe no es persona de lágrima fácil. Mi único talón de Aquiles es ése. Lloré con el final de Los miserables y lloré, también, con una fotografía que jamás he olvidado y que me topé, hace muchos años, en un libro recopilatorio de imágenes de National Geographic. Tanto me impresionó el llanto como contenido al tiempo que rabioso de la mujer yugoslava retratada en ella que, a pesar de no haber sido nunca capaz de volver a encontrar su fotografía, aquel día fijé en mi memoria, y aún hoy recuerdo con toda exactitud, su nombre completo: Dragica Kostadinović. Suelo explicarme que se trata de una cuestión de edad. Que hoy veo a mis dos abuelas en todas las abuelas desgraciadas del mundo tal como algún día habré de ver a mis hijos transmigrados en todos los niños. Peut-être.

Ayer escribí la penúltima entrada de este particular currículum emocional mío. También la motivó una fotografía, la que acompañaba, en la edición digital de El Mundo, a la noticia de que Cecilia Giménez permanece encamada de resultas de un ataque de ansiedad provocado por la extraordinaria repercusión internacional que ha tenido su desafortunada «restauración» del Ecce Homo de Borja. La imagen muestra a Cecilia angustiada al borde del llanto: las cejas arqueadas, la boca abierta en una mueca de desesperación, los ojos vidriosos. Desbordada por los acontecimientos.

Cecilia parece una mujer buena y sencilla.

Lo inquietante de las fotografías de personas llorando es que uno siempre adivina, fuera del encuadre, la presencia, más o menos cercana, de un responsable oculto. En la de Cecilia no aparece el cura del pueblo, aparente y más que probable instigador sibilino del destrozo —en casi todo latrocinio hispánico hay siempre involucrado uno o varios representantes del clero—, cuyo silencio de puta permite al universo mundo escarnar peligrosamente al mensajero y hacer mofa y befa de una octogenaria.

Ecce Hispania. Pues sí.

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