Los clásicos de Cañete

por Pablo Batalla Cueto

Tengo dicho, y si no lo tengo dicho lo digo ahora, que cualquier desempeñador de cualquier cosa que quiera llegar lejos en lo suyo debe, siempre, comenzar por leerse a los clásicos. Ensillar, por decirlo de otra forma, su caballo con ellos, para garantizarse así un galope cómodo. En toda ciencia, en toda profesión, hay clásicos. Uno no puede, por ejemplo, ser un historiador que merezca tal nombre sin contar entre sus lecturas la Historia de los heterodoxos españoles de Menéndez Pelayo, tanto como uno no puede ser un psicólogo que merezca tal nombre sin tener en su biblioteca y en su currículum La interpretación de los sueños de Freud. El progreso humano en general y cada progreso de cada oficio en particular es una paciente acumulación sedimentaria, elevada por centenares de hombres en una fascinante carrera de relevos a lo largo de los siglos; y antes de arrellanarse en su cumbre y comenzar a levantar el siguiente estrato es de rigor, para ir más rápido y llegar más lejos, conocer cómo construyeron los suyos quienes vinieron detrás. Cómo se enfrentaron a sus obstáculos, como solucionaron sus dilemas, qué novedades técnicas aportaron, cómo se defendieron de sus detractores, los Menéndez Pelayo o los Freud de cada actividad humana. La generación espontánea de la genialidad no existe: para que existiera un Napoleón, tuvo antes que existir un César; para que existiese un César, tuvo que parirlo un Alejandro, y aun éste nacer de una costilla de un Sargón de Acad. Guardiola no sería Guardiola si Cruyff no fuese Cruyff, y tal vez me ciegue mi fe sportinguista, pero nunca me he resistido a encontrarle algo que ver al relativo fracaso de la carrera futbolística de Bojan Krkić con el hecho de que, hace dos o tres años, esta joven promesa catalana del balompié jamás hubiera oído hablar de un tal Enrique Castro, Quini.

Pruébenos Miguel Arias Cañete lo que digo. A diferencia del bueno de Bojan, Miguel Arias Cañete sí ha triunfado en lo suyo. Criticado por acudir a una corrida de toros mientras la agricultura, la alimentación y el medio ambiente del país del que es ministro de agricultura, alimentación y medio ambiente ardían pasto de las llamas, este hombre replicó ayer a sus acusadores explicando que se le había ordenado estar presente en la plaza de toros.

Conclusión uno: si Arias Cañete no se hubiese leído a sus clásicos, y no hubiese nunca oído hablar de la «obediencia debida», ayer se habría visto metido en un serio aprieto.

Conclusión dos: para que exista Arias Cañete tuvo que existir Jorge Rafael Videla, que existió porque existió Núremberg. Ésta me da más miedo.

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