La senda constitucional

por Pablo Batalla Cueto

Dibujen un comerciante de armas. Si les cuesta trabajo, inspírense en mi caricatura, a la que no gravo con derechos de copyright, porque ella también es fruto de un despreocupado amontonamiento de ideas ajenas. Toquen con una aparatosa chistera al empresario. Colóquenle unas gafas de sol de lentes redondas delante de los ojos. Imagínenle una ancha sonrisa maliciosa, y péguenle un grueso habano humeante a los dientes. Vístanlo de negro y ubíquenle un orondo saco con el símbolo del dólar en una mano y un revólver en la otra. Háganlo todo con el trazo simple, sin concesiones al manierismo, de Chumy Chúmez.

Bien. No abandonen el formato tebeo y comiencen a dar forma a la siguiente viñeta de la tira. Cojan al comerciante que acaban de dibujar —llamémosle, qué se yo, Pedro, o Don Pedro; es español— y sitúenlo al lado de una de esas máquinas de producción industrial que en los dibujos animados están formadas por una larga cinta en movimiento que sale de una boca como de túnel y una palanca que acciona el aparato, que nuestro Don Pedro agarra. Háganle producir bombas de racimo y subrayen el retorcido sadismo de éstas serigrafiando una calavera pirata en cada una de ellas.

En las siguientes viñetas, arréglenselas para condensar en unos pocos trazos la firma, por parte del gobierno de la nación de Don Pedro, de un convenio internacional contra las bombas de racimo, la consiguiente rabieta de Don Pedro al respecto, y a Don Pedro denunciando al gobierno por romper el acuerdo pactado entre ambos de vender el uno y comprar el otro una cantidad dada de esas malignas bombas ACME. Y después, dibujen otra viñeta que explique al lector el posterior cambio de gobierno vivido en el país de Don Pedro, y cómo Don Pedro es nombrado ministro de Defensa.

En la penúltima viñeta, dibujen a Don Pedro pasando por debajo de una mesa un voluminoso saco, esta vez no con el símbolo del dólar sino con un letrero que diga «Indemnización», a un segundo personaje caracterizado con referencias similares a las del principal: chistera, puro, etcétera. En el sombrero, préndanle al cobrador uno de esos cartelitos tipo periodista clásico que, en vez de decir «Press» diga «ACME».

Y llegamos a la última viñeta. Ésta, llénenla sólo de texto. Escriban una breve explicación al modo de las que suelen cerrar las películas corales, desgranando qué fue de cada personaje después del tiempo transcurrido en el filme. Revélenle al lector que el tal Don Pedro se apellida Morenés y no dejen de comentar que la piel del rebosante saco ministerial del final estaban a punto de desgarrarla siete mil millones de las futuras pesetas.

Una vez hecho todo esto, marchemos todos, y yo el primero, por la senda constitucional.

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