Ruido de cántaros

por Pablo Batalla Cueto

{Escrito para el taller de articulismo del curso de verano la UNED «Grandes nombres del periodismo literario»)

Decía Alfonso X, a quien la historia no recuerda con el sobrenombre de “el Sabio” por azar, que los cántaros, cuanto más vacíos están, más ruido hacen. El ruido de cántaros asusta menos que el ruido de sables, y es menos incómodo de padecer que el ruido de tripas, pero es, en cualquier caso, un ruido desagradable. Lo bueno del ruido, del ruido en general, es eso que, en un antiquísimo debate, aseguran algunos filósofos: que si un árbol cae en medio del bosque sin que nadie esté presente en las cercanías para escuchar su sonido, no suena. Con el ruido de cántaros de los tiempos del rey de las Cantigas sucedía algo así: existía, pero existía muy puntualmente, pues en aquel universo poco poblado y mal comunicado, salvo en ciertas reuniones sociales en un pequeño puñado de ágoras, los propietarios de cántaros vacíos y los propietarios de cántaros llenos se cruzaban poco. Cuando un cántaro vacío sonaba, lo más habitual era que nadie estuviese allí para escuchar su sonido, o que, en todo caso, el escuchador fuese dueño de otro cántaro vacío, y estuviese tan acostumbrado al ruido hueco y panzudo de los cántaros vacíos que no le molestase en absoluto. La contaminación auditiva provocada por el ruido de cántaros no suponía, pues, un gran problema o una gran preocupación en las sociedades de entonces.

No hace falta mencionar que las cosas han cambiado mucho desde el siglo XIII: hoy, no sólo sucede aquello de que el aleteo de una mariposa en Tokyo pueda provocar horas o días más tarde un devastador huracán en Eslovaquia, sino que, gracias a o por culpa de las tupidas telarañas de información que se han adueñado del planeta, ese aleteo japonés puede ser escuchado por el internauta eslovaco casi mientras está teniendo lugar, y ese ruido de cántaro vacío español puede no tardar más que unos segundos en convertirse en trending topic de Twitter. El ágora, el inmenso Gran Bazar que es Internet ha ido creciendo vertiginosamente sobre el trazado de la ciudad, y es cada vez más imposible de sortear callejueleando sus inmediaciones. Todo es un amasijo promiscuo de sonidos diferentes descolocados, un puré de ingredientes distintos indistinguibles entre sí. Un Youtube endiablado en el que, en la columna de recomendaciones dispuesta a la derecha del vídeo que uno está viendo y que puede ser una entrevista a Bertrand Russell, puede aparecer sugerido otro en el que un grupo de adolescentes incendia pedos con un desodorante y un mechero, o uno de un mono oliéndose el culo.

Internet no es, como denuncia Umberto Eco en una reciente entrevista, un peligro. El peligro es una sociedad desorganizada que fabrica más cántaros de los que puede llenar. Eso y que nadie, ni tan siquiera los afortunados propietarios de cántaros craneales llenos, está libre de que le haga mucha gracia y le llame la atención un mono oliéndose el culo. Inmerso en el maremagno de estímulos que es el Gran Bazar, tener un mapa en la mano no es ninguna garantía de no perderse.

 

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