El olor del pasado

por Pablo Batalla Cueto

En alguna parte leí o escuché o me contaron hace tiempo que, de nuestros sentidos, el más poderoso evocador de recuerdos es el olfato. Ningún experto me lo ha confirmado jamás y quiere sonarme que descubrí el dato en un capítulo de Hospital Central, por lo que cabe coger el asunto con pinzas, pero lo cierto es que mi experiencia me sugiere que el aserto es correcto. Me ha sucedido en numerosas ocasiones que, de pronto, al doblar una esquina, la repentina caricia nasal de un aroma diferente al resto consigue como abrir alguna espita oculta en las profundidades recónditas de la memoria, liberando así un difuso humo de recuerdos entremezclados. Sucede todo muy rápido, como un violento cañonazo que disparase muy lejos y sin avisar un manojo de fotografías viejas cuyas imágenes uno sólo pudiese ver, mientras vuelan ante sus ojos, durante una fracción de segundo, insuficiente para apreciar las estampas en toda su nitidez pero no para intuir con casi total seguridad de qué álbum proceden. Pasados unos segundos, uno no sabría decir en qué lugar concreto de Inglaterra y en cuál del par de veranos que estuvo allí olió antes ese olor a patatas cocidas, pero sabe, y no sabe por qué lo sabe pero una voz se lo susurra con un convencimiento inquebrantable, que fue, sí, en Inglaterra, y no en ningún otro cocedero de patatas donde lo olió.

Lo curioso y lo mágico de estos recuerdos acarretados por el sentido del olfato es que suelen ser químicamente puros, es decir, que no están entreverados de las fotos que uno ha visto o de las historias que le han contado acerca de la vivencia en cuestión. Suelen ser, en cambio, aparentemente triviales, la clase de cosas que, como un insulso e intrascendente comedor inglés, uno nunca se ha parado a evocar, pero que por alguna razón han permanecido durante años hibernando en algún trastero de la memoria. Y, para mayor asombro, pueden ser extraordinariamente remotos. Ayer lo pude comprobar al olisquear un tarro de harina. En su interior, agazapado, invisible, encontré, dormido, el viejo molino en el que nació mi abuela, en el que vivieron y murieron mis bisabuelos y que dejó de pertenecer a mi familia cuando yo tenía cinco años. Traté entonces de tirar del hilo; inútilmente, pues durante el par de segundos que tardó el viento en deshacer dentro de mi cabeza el montoncito de harina, sólo conseguí atisbar una neblinosa versión infantil de mí mismo correteando por la angosta galería de un hórreo con los barrotes azules, y un póster con la cara de Juan Pablo II colgado de una pared de azulejos blancos.

Mi infancia huele a harina de maíz, y ahora, encogido por un pequeño acceso de melancolía, no dejo de preguntarme a qué olerá mi juventud cuando ya no exista.

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